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Arquitectura personal 
Bartholomé
Artista plástico (y 2) 

«El mayor riesgo de vivir del arte es comercial, pintar lo que gusta para pagar la renta»

«Nunca he tenido más problemas de creación que los propios de crear; si no veo un cuadro hago un grabado o una escultura» l «La obra de Bacon me sacudió e influyó»

 11:27  
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Bartholomé, en el camino de entrada a su finca de Cesa (Nava).
Bartholomé, en el camino de entrada a su finca de Cesa (Nava). nacho orejas

Cesa (Nava), Javier CUERVO

Adolfo Bartolomé García, para el arte Bartholomé (Gijón, 1938), es un grabador de primer nivel y un pintor de largo prestigio que fue profesor de Bellas Artes de Madrid. Su tenacidad en los años cincuenta, sus premios, becas y calificaciones en los sesenta y su proyección en los setenta dieron paso a décadas de más discreción. El artista dejó las capitales europeas para vivir entre León y Cesa, una aldea de Nava.

-¿Cuánto estuvo en Roma?

-De los 24 a los 28 años. Vivía en el Gianicolo, colina sobre Roma, en un estudio del tamaño de una casa, con comedor, mayordomo para las compras y la actividad cultural y exposiciones de la ciudad. Los veranos cobraba una bolsa de viaje muy buena con la que recorrí Italia, Grecia, Austria. A cambio había que presentar una obra anual de metro y medio por metro y medio como mínimo.

-¿Cómo era usted entonces?

-Fue el tiempo de mi apertura internacional y de mi desahogo económico. Un banquero aficionado al arte me compró dos cuadros, los primeros en el extranjero. En la Bienal de Arte Gráfico de Florencia me invitaron a exponer con 10 obras y gracias a eso me dieron el premio «Kartos». El Fiorino, una empresa con sede en Suiza, editó los grabados. Por fin hacía lo que quería. Aceptaba todo con ilusión y el dinero no me modificaba.

-¿Qué le benefició de Roma?

-El impacto entre lo que hacía y lo que veía en los museos me impidió pintar en medio año. Toda Italia es un museo: asimilar Grecia, Roma, el Renacimiento. Los frescos de las ruinas de Pompeya fueron un revulsivo. Llegué a Roma con la pintura social y salí con un canto a la naturaleza de las cosas, sin caer en la pintura convencional.

-¿Qué cree que es lo que más ha expresado su obra?

-El hombre y las circunstancias. Me marcó muchísimo, positivamente, la problemática social que viví de niño. Me interesaba la ideología social, sin llegar a politizarme. El fantasma de la guerra recoge lo que vi, escuché e interpreté y me gusta reflejar por su plasticidad. También la naturaleza. Lo inicial lo mantengo porque mis circunstancias no han cambiado.

-¿Por qué marchó de Italia?

-Por mis padres. Era 1974. Mi madre tenía 66 años y mi padre era algo mayor.

-¿En España le recordaban?

-Hice una exposición en el Ateneo de Madrid que fue un éxito. El crítico del diario «Abc», Antonio Manuel Campoy, me hizo una crítica muy buena que terminaba diciendo «y me reconcilio de esta manera con la estrella de nuestros pensionados en Roma». Esa tontada tuvo una repercusión terrible: hubo llamadas de otros tan buenos como yo y hasta un anónimo en la escuela. Las envidias son malas. Había hecho exposiciones en Roma y ahora tenía dificultades para entrar en el circuito importante de Madrid. En otras épocas me llamaban al regreso; en esta ocasión, no. Tenía plaza de profesor de Dibujo en la Escuela de Bellas Artes, pero a los dos años de mi regreso, renuncié. Madrid se me atragantó. En Roma estaba fuera de la ciudad y yo quería comprar una finca y hacer una casa en el campo.

-Había estado en París.

-Casi un año, para aprender técnica de grabado con Louvrier que me enseñó una barbaridad. Regresé a Madrid, me presenté con dos grabados a la exposición nacional de Bellas Artes y me dieron la tercera medalla. Estaba Chillida en el jurado y me contaron que le encantó lo que había hecho. Tengo el premio «Castro Gil» de grabado, que es lo máximo.

-¿Hizo Gijón, Madrid, Londres, París, Roma y Cesa, una aldea de Nava?

-No, regresé a Gijón. Puse un anuncio para comprar una finca en la zona rural y me llamó una señora ofreciéndome una casa señorial en una aldea de Nava. Quise verla porque decía que era ideal para mí. Era una casa muy vieja con capilla, en la que luego me casé e hicieron la primera comunión mis hijos.

-¿Es usted creyente?

-Practicante. Mi padre no quería que me bautizaran pero mi madre vio los inconvenientes: en la posguerra pedían fe de bautismo para todo. Cuando mi hermana hizo la primera comunión me bautizaron. Tenía 8 años.

-Decíamos... compró la casa.

-Al principio, no porque quedaba muy fuera de mano. Pero me quedó en la cabeza y la compré. Entonces no era demasiado dinero. Pero la casa estaba en ruina y decidí hacer una nueva.

-Se casó aquí. ¿Cómo se llama su mujer y cómo la conoció?

-Nieves Hernández. La conocí en 1973. Yo tenía 36 años y ella 15 menos. Era amigo de su padre, Manuel Hernández, escultor. Se enteró de que estaba haciendo una casa de hormigón y quería que la vieran dos de sus hijos que estudiaban Arquitectura. Conocía a Nieves de vista pero después de aquella vista a la obra quedamos al día siguiente para hablar de arte. Nos citamos en el quiosco frente a la iglesia de San Lorenzo. Nos hicimos novios, nos casamos y tenemos tres hijos.

-Usted empezó a espaciar las exposiciones.

-Lo que tienen de social distorsiona la creación. No me parece serio exponer cada año.

-¿Es el artista que quiso ser?

-Estoy contento con mi trayectoria artística. No es decepcionante y nunca se sabe hasta dónde puede llegar.

-¿Qué le ha dado la familia?

-Felicidad, tranquilidad y poder superar, arropado moral y artísticamente, los momentos de dificultad.

-¿Problemas de creación?

-Sólo los propios de la creación. Si no veo una pintura hago un grabado y si no una escultura. En Italia sufrí otra sacudida al conocer la obra de Francis Bacon en la Bienal de Venecia en un pabellón que compartía con Graham Sutherland y Henry Moore. Durante un período me influyó. Lo que nos gusta nos influye y cuando lo superas te enriquece.

-Usted fue profesor hasta los 70 años (2007) en la Escuela de Artes y Oficios de León.

-Sí. Desde 1975. Fuimos a vivir a León porque en la aldea los niños no podían estudiar como queríamos. Aquí venimos en las vacaciones y en los veranos.

-¿La docencia le robó tiempo?

-Daba clases de técnica de expresión gráfico-plástica y organizaba mis dos horas lectivas a primera hora para tener luego el día libre para pintar. He vivido bien de la pintura pero conviene tener un trabajo paralelo para comprarte la libertad de creación. El mayor riesgo de tener que vivir del arte es el comercial. Con la escuela garanticé que tendría lo básico para mantener a mi familia y que nunca tendría que hacer un cuadro fácil, concesivo, vendible, para pagar la renta. Pocos artistas viven sólo del arte. Uno o dos que venden lo que hacen; los demás acaban dependiendo de criterios que imponen las galerías para vender. Conviene tener la mayor cultura posible para ser difícil de vapulear. Mozart fue un genio, su padre lo asesoraba y no por eso se libró de las dificultades y de hacer obras para mecenas sin dejar de ser él.

-¿Trabaja más en la cabeza o en el taller?

-La cabeza trabaja todo el día? al taller hay que llegar con la obra muy hecha. Pinto mucho y cuando empiezo un cuadro no lo suelto hasta que lo termino. Trabajo húmedo sobre húmedo. Lo dejo cuando no sé qué hacer, no sé si porque está acabado o porque no sé ir más lejos.

-¿Qué cree que ha trasladado a sus hijos?

-Los hijos no obedecen: imitan. Al mayor le gusta todo lo que tiene que ver con el automovilismo. La chica mayor, que hizo Filología inglesa, tiene aptitudes para el arte y empezó a pintar y no mal. Yo tenía ilusión en que continuara. La pequeña tiene 19 años.

-¿Los vio crecer?

-He estado cerca de ellos pero la que se he encargado de todo ha sido Nieves. He tenido mucha suerte. Además es una escultora fabulosa.

-Usted esculpe. ¿Compiten?

-Nuestros estilos son muy distintos. Ella es realista. Sólo esculpo esporádicamente.

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