Recién desembarcado de la lancha que lo sacó del hospital, con el agua cubriendo medio cuerpo de los operarios que empujaban la zódiac, el paciente Fermín del Corro relataba que su consulta era a las ocho y media de la mañana y que llovía y que el río ya bajaba muy crecido por las inmediaciones del centro sanitario, pero que aun así pudo aparcar su vehículo junto al edificio. Una hora después el agua ya no le dejaba salir y el coche apenas se veía en el aparcamiento. Fue cuestión de minutos, coincidían los comentarios a las puertas del centro sanitario, lo peor de la lluvia, entre las cinco y las seis de la mañana, y la gran riada en torno a las nueve. Más allá, en el centro de la villa, cientos de escobas empujaban el agua y el barro fuera de los bajos comerciales, el barrio de San Antonio tenía canales surcados por las canoas que habitualmente se alquilan para bajar el Sella y en el colegio el agua había reventado lunas y había obligado a sacar de allí también a los escolares. «Sólo se salvó la plaza de Venancio Pando, la del Ayuntamiento», señalaba el alcalde de Parres, Manuel Millán Amieva, a las puertas del hospital.
«Es la peor riada que vi», aseguraba el regidor parragués, que llegó a la «zona cero» del desastre justo después de que una lancha hiciese el camino inverso de la puerta al aparcamiento para llevar adentro a la gerente del Servicio de Salud del Principado (Sespa), Elena Arias. «El Piloña era el que bajaba con más fuerza», afirmaba Amieva.
En la villa, mientras tanto, el corte de fluido eléctrico, por la inundación de la estación de Hidrocantábrico, duró prácticamente todo el día y estaba en proceso de restablecimiento a última hora de la tarde de ayer, pero a cambio la traída principal de agua quedó cortada por la rotura de una tubería. Lo que sí quedó abierto a lo largo de la mañana fue la comunicación por carretera, toda vez que la N-634 había quedado cortada a la altura de Arriondas desde primeras horas. «Esto es la ruina, para completar la crisis», decían algunos. A media mañana los vecinos de la capital parraguesa no daban crédito mientras contemplaban atónitos la villa prácticamente anegada.
Ángel González, vecino de la calle Argüelles, a sus 83 años jamás había visto nada semejante, comentaba. González rememoraba que hace años tuvo ganado en los terrenos que hoy ocupa el hospital y casi todos los años había una pequeña riada que desbordaba y anegaba parte de los terrenos, «pero como esto», recalcaba, «no». Él coincidía con otros habitantes de la villa al achacar parte de la responsabilidad del suceso a lo poco limpios que están los cauces de los ríos. Ayudado por algunos de sus vecinos, Ángel González consiguió sacar de los garajes de la calle Los Castaños todos los coches, menos uno, porque no le dio tiempo, se lamentaba. González tenía claro cómo estaría en esos momentos el vehículo dentro del garaje mirando con pavor el río que pasaba por la calle.
Rafael Laruelo Santos, de la calle Los Castaños, consiguió salir de su casa en el número cuatro hacia las nueve de la mañana, cuando ya estaba entrando el agua en el portal de su edificio. En torno a las doce del mediodía, con su mujer y unos vecinos, contemplaban atónitos como la crecida ante su casa superaba el metro. Tampoco Laruelo, a sus 73 años, recordaba haber visto jamás nada parecido en Arriondas, aunque puntualizó, hecho que todos corroboraban allá donde se preguntaba, que hacia el año 1981 se registró aquí la última gran riada, aunque no llegó a alcanzar la calle principal como ayer. También comentaba que su familia le había dicho que hacia el año 1939 hubo otra parecida a ésta.