Arriondas, Marcos PALICIO / Alba SÁNCHEZ R.
Siete horas después del desbordamiento del Sella, a las cuatro de la tarde, una parte de Arriondas era una Venecia sucia de canales marrones y fango. En la otra había bajado el agua y quedaba el lodo. Natalia Suárez limpiaba, con los ojos llorosos, en una tienda de regalos. Era «la impotencia total» de quien ha visto llegar el agua y no ha tenido tiempo de hacer nada. El agua «atravesó el escaparate y echó a perder el negocio». Completamente. «Tengo que empezar de cero». Como ella, pero en casa, a Begoña Fernández le empezó a entrar agua «por debajo de los armarios» a eso de las nueve de la mañana. Vive en un bajo del número 2 de la calle Príncipe de Asturias, que discurre paralela al Sella y que ayer era otro río por el que pasaban canoas y lanchas con guardias civiles buscando gente que quisiera entrar o salir de casa. En el peor momento de la riada, «el agua llegó hasta la ventana» y «esos coches», dice señalando a unos de los que sólo se aprecia el techo, «no se veían». «Gran parte de la culpa la tiene la maleza acumulada en el Piloña», sentencia.
En medio del desastre, al otro lado del puente del Sella, Manolo Villarroel podía celebrar que él y sus empleados hubiesen «andado rápidos como geos» para atar las canoas de su empresa y evitar que acabasen echadas a perder río abajo. «Ya os dije que ésta era gordísima», comentaba mirando hacia el paisaje desolador del solar anejo al río completamente anegado. Ni siquiera aquí, junto al cauce, el agua se había visto nunca «a la altura del techo del primer piso» en el edificio de la empresa de turismo activo de Calo Soto. En pleno caos de limpieza e improvisación de diques, recuerda haber visto «vacas vivas» en el agua y «un corzo que salió nadando y se acostó, exhausto».
En el obrador de la confitería Campoamor, el piragüista olímpico parragués Javier Hernanz acababa de llegar desde el embalse de Trasona, donde se entrena con el equipo nacional, para ayudar a limpiar el negocio de su familia. Su abuela, mientras tanto, acababa de subirse por primera vez a una piragua. Cuando salió de casa a las ocho de la mañana para hacerse una revisión oftalmológica en el hospital, María Teresa de Diego no se podía imaginar que tendría que salir en una piragua y esperar en casa de una amiga a que bajase la crecida que había tapado el portal de su casa en el parque de la Llera. De Diego, con el susto todavía encima, se lo tomaba con humor y aseguraba que ya tenía algo curioso que contarle a Javier, «que he subido a una piragua por primera vez».
Al menos con la misma sorna se tomó el problema un vecino del barrio de Castañera, junto al hospital, que mientras los equipos de emergencia sacaban en lanchas a los enfermos decidió echar la caña al agua desde la ventana.