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Arriondas y Ribadesella secan en las aceras

Los vecinos limpian sus muebles y enseres en la calle, donde los dejan para que sequen al aire tras la riada

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Balbino Fernández, intentando recuperar el somier de su cama.
Balbino Fernández, intentando recuperar el somier de su cama. lópez de arenosa
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Arriondas, Ribadesella,

B. MORÁN / R. L. MURIAS

En Arriondas pisan en blando. La villa se ha convertido en una auténtico barrizal. En cuanto el Sella se fue de las calles, el color marrón llenó todas las vías. Casi no hay por dónde andar, y las casas han salido a la calle. Los vecinos limpian las fachadas, las sillas, las mesas y las lámparas están por las aceras. Pero mucho de lo que tocó el Sella sólo está para tirar. En las ventanas no se sacuden las alfombras, se airean los cajones. Arriondas está destrozada. La mayor riada de la historia ha dejado mucho efectos secundarios, entre ellos, el miedo a una réplica. La marca de la crecida ha quedado impregnada en las paredes: el día que Arriondas tuvo miedo al agua. Muchos de los vecinos de Arriondas, ayer, respondían con lágrimas. Balbino Fernández tuvo que venirse de Gijón, de casa de sus hijos, para intentar recuperar su casa. A sus 80 años casi nada le sorprende, pero esta vez el río pudo más que él. Ayer, limpiaba el somier de su cama con un bayeta de la cocina. «Puede entrar en casa, si es que ya no me queda nada que sacar». Dentro de su propiedad, sus hijos, Moncho y Rubén, le ayudan a sacar el río de dentro. «No te sabría decir cuánto dinero se ha perdido aquí, pero la casa ha quedado destrozada». Grietas, camas hinchadas por el agua, fotos destrozadas, el barro hasta en el techo.

La vega del río Sella fue sin duda una de las zonas más afectadas por la gran crecida. Hay numerosos viales afectados en la zona rural como en Nocéu, Santianes, Vega y Calabrez. Pero muchos han perdido más que un camino por donde pasar, es el caso de Roberto Capín, agricultor que tiene desde hace 15 años una empresa de hortalizas en la Vega del Sella en el pueblo de L'Alisal. Ayer, a las siete de la mañana, Capín se levantaba tras pasar la noche sin poder conciliar el sueño. Respiraba y se armaba de valor para visitar su empresa. Tenía terror a lo que podía encontrar allí dentro. Sus presagios se cumplieron. Sus 6.000 metros cuadrados de plantaciones agrícolas e invernaderos en los que había tomates, lechugas, fabas y manzanos, ya no existen. Los sistemas de riego están destrozados, así como los cierres y la maquinaria no arranca. En su finca, el Sella alcanzó los dos metros de altura. Si la riada no hubiese pasado, Capín tendría 30.000 kilos de tomates, miles de lechugas y 4.000 de manzanas, pero ahora ya no tiene nada. «Estoy completamente arruinado, el Sella arrasó con todo mi trabajo de 15 años y si las administraciones competentes del río no facilitan ayudas tendré que cerrar mi empresa», asegura Capín.

Y mientras Capín ve cómo ha perdido la cosecha, Ana María González, maestra de Infantil del colegio de Arriondas, ha querido asomarse a su aula. Nada queda desde su última clase, sólo una pegatina de colores que cuelga de la parte alta de la pared. El rincón de lectura está ahora fuera. «Las sillas salieron disparadas, la fuerza del río rompió las cristaleras, esto es un auténtico drama», asegura emocionada. «Si el agua nos pilla en clase hubiéramos muerto todos aquí», añade.

También en la calle, Luciano Peruyero ha decidió utilizar la misma técnica para lavar el coche que para limpiar los muebles de su casa. Manguera en mano, intenta quitar el barro que se pega como barniz a todas las sillas. «Hay que intentar llevarlo con buen humor, de lo malo, no ha habido ninguna persona afectada, esto ya se irá reparando», explica. Ha sacado las fotos a secar, los libros, las agendas, hasta las tarjetas de visitas. Y a todo lo que «tiene marrón, manguera», explica. Ayer en Arriondas salió el sol, y hasta parecía que el Sella era un río que nunca podría convertirse en una riada devastadora. «Ayer fue un día muy negro», dice Balbino.

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