JOSÉ LUIS ARGÜELLES
Veintitrés años después de la reñida asamblea que los socialistas gijoneses celebraron en la Laboral, pocos son los que niegan a las palabras «arecismo» y «arecista» entrada propia en el diccionario no escrito de la política asturiana. Era marzo de 1987 y Vicente Álvarez Areces, político de dilatada trayectoria que había abandonado el PCE en 1978 tras la no menos controvertida conferencia que los comunistas celebraron en Perlora, se vio aupado a una cotizada peana: sería el candidato del PSOE a la Alcaldía de la mayor ciudad del Principado. Fue una doble victoria. Por un lado, ganaba la partida a José Manuel Palacio, vencedor de los dos comicios municipales anteriores, el de 1979 y el de 1983 (en aquella segunda convocatoria, por mayoría absoluta); por otro, congregaba en torno a su persona a un nutrido grupo de militantes que, salvo sonadas excepciones, le sería fiel durante casi un cuarto de siglo: la base de un creciente poder que sólo ahora, tras su renuncia a optar por cuarta vez a la Presidencia del Principado, empezará a declinar.
El arecismo nació oficialmente en 1987 como el revulsivo de un sector del socialismo asturiano, con fuerte implantación en Gijón, frente al control político que tradicionalmente venía ejerciendo el SOMA sobre la FSA. Areces, cuya habilidad y paciencia para las relaciones personales y el proselitismo pocos niegan -virtudes cultivadas tenazmente en su prolongada etapa de dirigente comunista clandestino-, supo convertirse en el líder de un muy activo grupo de militantes y cuadros socialistas. Los llamaban un tanto despectivamente «la tribu», aunque contaban con el apoyo de «históricos» como Marcelo García, ahora presidente de PSOE de Gijón. En aquellas «conspiraciones» destacaron políticos que han estado, desde entonces, en la primera línea del arecismo, desde Francisco Villaverde hasta María José Ramos. Otros, como José Manuel Sariego, secretario general de los socialistas gijoneses y primer teniente de alcalde, han ido templando aquella devoción en busca de un discurso de integración con las posiciones de quienes se identifican con Javier Fernández, secretario general de la FSA y, salvo sorpresa, la persona que sucederá a Areces como candidato a la Presidencia del Principado. Hubo un momento en el que Villa, aguerrido guerrista, ironizó con aquella hueste de renovadores. Para el veterano sindicalista no eran otra cosa que «relevadores», expresión muy a cuento en un dirigente minero.
El arecismo tuvo su momento de gloria en 1999, cuando su artífice fue designado por primera vez candidato del PSOE a la Presidencia de Asturias. El villismo, que aún poseía mayoría en la FSA, dejó hacer ante un personaje cuya sombra e influencia se habían alargado tras doce años de gestión al frente del Ayuntamiento de Gijón. Areces, que había salido por la puerta de atrás en la conferencia de Perlora desbancado por un Gerardo Iglesias que contaba con las bendiciones de Horacio Fernández Inguanzo, «El Paisano», veía así abierto un horizonte a la altura de su trayectoria. También quienes lo acompañaban desde aquella revuelta asamblea de la Laboral e, incluso, los que lo hacían desde antes, cuando mandaba en el PCE y era una de las caras más reconocibles del principal partido de oposición al franquismo.
Tini, como llaman al presidente sus amigos, sus conocidos y hasta sus adversarios, ganó aquellas elecciones y, desde los despachos de Presidencia en la ovetense calle Suárez de la Riva, pudo ampliar la red de sus influencias, sumar acólitos y burilar con los rasgos de su propio perfil un proyecto político que podía concretar a través de un creciente batallón, muchos de cuyos efectivos se adherían a la causa conforme progresaba la propia carrera de Areces.
Para la derecha asturiana, que ha convertido a Areces en la diana de sus venablos más envenenados, el arecismo no sería otra cosa, sin embargo, que un complejo entramado de relaciones egoístas al servicio del personaje y no de los intereses generales del Principado. Y los arecistas -un elenco en el que hay desde empresarios hasta catedráticos, desde artistas con robusto caché hasta pobretones de la tinta-, una tropa de estómagos agradecidos que se lucra de los Presupuestos regionales.
Pero tras aquel momento de esplendor vivido en 1999, cuando Areces se atrevía incluso a presentar en rigurosa exclusiva su programa para Asturias en Mieres, el feudo más fiel de Fernández Villa, la praxis del ejercicio del poder hizo ver al Presidente que no todos sus deseos eran órdenes y que no todo estaba ganado en la FSA, donde había quien le vigilaba cada movimiento en falso. La derrota que sufrió tras su golpe de mano para controlar Cajastur, donde su Gobierno quedó sin el apoyo del Grupo Socialista en la Junta, o el congreso a cara de perro que la FSA celebró en noviembre del 2000, cuando su candidato, Álvaro Álvarez, salió derrotado frente a la alternativa villista, que encabezaba Javier Fernández, supusieron notables revolcones que contribuyeron a rebajar ambiciones y voracidad política.
Hace tiempo que la FSA tenía tomada la decisión de presentar a Javier Fernández como candidato a la Presidencia del Principado en mayo de 2001. Aunque también es cierto que Areces pudo complicar esa operación si hubiera escuchado los cantos de sirena que le han llegado desde su propia orilla y, también, desde riberas más alejadas. Una parte de las filas arecistas quiso ponerse en marcha para crear, como en ocasiones anteriores, una plataforma de apoyo electoral al Presidente. Areces abortó esa breve revuelta y, poco después, el pasado 8 de julio, anunciaba su renuncia a entrar en competición por un cuarto mandato, una decisión de fajador astuto que le permite mantenerse en pie en el cuadrilátero de la política, donde la toalla también cae, muchas veces, desde la propia esquina.
Areces se marcha, pero aún no sabemos adónde ni por cuánto tiempo. Y, además, quienes han comulgado con sus posiciones desde hace casi un cuarto de siglo se quedan, al menos, en el partido. Más difícil será que todos ellos conserven sus puestos, en el caso de que los socialistas ganen las próximas autonómicas, en la Administración asturiana o en los consejos de administración donde el arecismo ha infiltrado a muchos de los suyos, desde la EBHI, la empresa de la terminal de graneles sólidos de El Musel, hasta el ente público RTPA.
Parece evidente que Javier Fernández, si logra ser elegido al frente del Ejecutivo asturiano, formará equipos en los que tendrán un peso importante quienes han estado más cerca de él en los últimos años (dicen, por ejemplo, que María Luisa Carcedo estaría llamada a tener un papel de la mayor importancia en ese hipotético gobierno), pero también conservará a arecistas que le pueden ser útiles en la gestión política. Ésa es, al menos, la opinión de algunas personas próximas al secretario general de la FSA. El javierismo, la nueva palabra a codificar, se ha ido construyendo, en realidad, como un intento de síntesis entre el villismo que surgió desde el sindicato minero y el arecismo que, abrazando la bandera de la renovación, creció desde Gijón, la mayor agrupación socialista de Asturias. Seguro que su secretario general, Sariego, no tiene inconveniente en decir que también es javierista.