ARTURO ROMÁN
La única Valencia amable a oídos del presidente del PP, Mariano Rajoy, era Valencia de Don Juan (León) hasta que el pasado domingo se convirtió en Valencia de Don Francisco (Álvarez-Cascos, paisano del año), en un acto casquista, esta vez de cuerpo presente.
Hasta el domingo pasado el casquismo se expresaba en espichas con sidra y sin Cascos, espichas de nueva expresión política. La espicha parecía un apéndice que le había salido a la dirección del PP, un órgano directivo exógeno.
Descartado el rosario, se apostaba que lo siguiente en movilización de las bases hasta la pleamar fuera la güija en la que hablaría el espíritu casquista, la «cascofonía» parapolítica de la política parapsicológica, pero al final apareció Cascos en persona para vivir sin vivir y decir uno y otro, que ni era sordo ni era ciego, que nada había buscado ni nada había pedido. Y Mariano, rumbo a sus vacaciones sin cinturón de seguridad y sin ninguna Valencia que le sea amable. Génova tuvo que contestar desde Marbella en la persona de Javier Arenas.
Mientras tanto, los socialistas asturianos eran todo cohesión en La Camperona (San Martín del Rey Aurelio), donde el secretario general de la Federación Socialista Asturiana y próximo candidato a la Presidencia del Principado, Javier Fernández, se dirigía a los fieles descalificando la falta de unión del PP y prometiendo que el año que viene hablaría allí mismo el presidente del Principado.
En un acto también parapsicológico, de adivinación del futuro, Javier Fernández se refería a sí mismo en 2011, pero dejaba en el aire una pregunta: ¿por qué no estaba este año el presidente del Principado hablándoles en La Camperona, a ellos y a él? La razón es que Vicente Álvarez Areces había dado el «txupinazo» de su abandono de la carrera a la requeteelección del Principado el día de San Fermín y una cosa es cohesión y otra arrancar los pelos.
En Asturias y en León, en el PSOE y en el PP, todo es cohesión.