P. RUBIERA / E. GARCÍA
Herminio Sastre Andrés (Villar del Yermo, León, 1952), el que será nuevo consejero de Educación del Principado, es hombre de grandes orgullos y alguna que otra vanidad que no acaba de disimular del todo, suponiendo que quiera hacerlo.
Sastre gusta de reivindicar su procedencia familiar modesta, con unos padres agricultores que se esforzaron para que el niño estudiara; cuenta su experiencia personal de formación y posterior docencia en el extranjero, en universidades y centros de investigación alemanes, noruegos, americanos y canadienses, y proclama su vocación por la química.
La política parece en él algo colateral, aunque a ella se dedica intensamente, lejos del campus de El Cristo, desde hace años, convencido por la dialéctica de Vicente Álvarez Areces en el verano de 1999. Primero como consejero de Medio Ambiente, y más tarde como viceconsejero de Ciencia y Tecnología. Entre uno y otro puesto, apenas mes y medio en su Universidad, la de Oviedo. Aceptó lo que podría interpretarse entonces como un paso atrás porque el reto era apasionante, ayudar a consolidar una estructura regional de investigación. Y por pura solidaridad con el presidente. ¿Arecista Herminio Sastre? Pues sí.
Este catedrático de Tecnología del Medio Ambiente se movió siempre en el mundo de los equipos de investigación, y está obsesionado con la aplicación de la ciencia, esa asignatura pendiente que España no logra aprobar ni a la de tres. Está casado con una gijonesa, de profesión docente, y tiene dos hijos de 26 y 24 años. Vive en Gijón y es, entre otras responsabilidades, presidente de la Fundación para el Fomento de la Investigación Científica, la FICYT.
Lleva años Herminio Sastre diciendo que se va, que quiere retornar a sus investigaciones químicas y a las clases, pero aborda ahora un nuevo reto, probablemente no del todo convencido. Hay unos cuantos sindicatos y varios miles de docentes que tienen cosas que decirle, y algunas de ellas se las van a decir en la calle. Y mañana mismo.