JOSÉ MARÍA CASIELLES AGUADÉ
Desde hace poco más de un mes mi fraternal amigo Juan Luis se quejaba resignadamente de pertinaces molestias reumáticas. Yo que también padezco los dolores asiduos de una hernia lumbar le consolaba con estas optimistas consideraciones: «Hermano, si después de los 70 años no nos duele nada, hay serias posibilidades de que estemos muertos y no nos hayamos enterado». En resumen: el dolor es una garantía de supervivencia.
Hace unos diez días nuestro común y querido amigo José María Bances me informaba por teléfono de que Juan Luis se acababa de operar en una clínica de Navarra. Hablo con su esposa Pilar mientras él permanece en la UCI, y días después con él mismo: posteriores llamadas caen en el silencio electrónico.
Esta misma mañana, José María Bances se pone en contacto conmigo para comunicarme que Juan Luis ha muerto por un fallo cardiaco inesperado.
Siento la profunda consternación de haber perdido a un hermano.
Juan Luis fue un hombre ejemplar: buen hijo, buen esposo, buen padre, buen profesor, buen político. Huérfano temprano de padre catedrático, estudió firme y rigurosamente en tiempos difíciles. Licenciado y posteriormente doctor en Derecho, opositó y ganó plaza en el cuerpo de secretarios municipales y posteriormente de catedrático universitario de Derecho Administrativo. Fue presidente de la Diputación de Asturias y posteriormente director general de Administración Local, cuando los secretarios e interventores de los ayuntamientos todavía ponían orden legal y económico en la gestión municipal. Ocupó también escaños en las Cortes, ganados en elecciones libres, durante casi todas las legislaturas, tanto en el Congreso como después en el Senado. Hombre patriota y religioso, de formación sólida, ideas claras, valores firmes y amistad leal. Apreciado y respetado por sus amigos, valorado y reconocido por sus adversarios. Su marcha al encuentro de Dios nos ha sorprendido más a sus amigos que a él mismo, porque siempre estaba listo para esta discreta despedida.
Los colegas de la Universidad, sus compañeros de la Asociación de Amigos de la Catedral de Oviedo, de la que era vicepresidente, los militantes de su partido, como los de otras formaciones, todos sentimos profundamente su irreparable pérdida. Yo lo lamento desde muchas de esas perspectivas, y aún más entrañablemente, desde la cordial y fraterna amistad que nos unía, porque realmente he perdido un hermano.