Oviedo, Pablo GONZÁLEZ
«Conociendo su discreción y silencio no le agradaría que nos perdiéramos en elogios hacia su persona». Conocedor de la forma de ser de Juan Luis de la Vallina Velarde, el párroco de San Pablo de la Argañosa (Oviedo), Pedro Riera González, ofició ayer sin grandes estridencias y referencias hacia su persona el funeral por el histórico dirigente del Partido Popular asturiano y uno de los padres del Estatuto de Autonomía del Principado, además de catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Oviedo. A pesar de que De la Vallina, fallecido el jueves a los 77 años de edad tras una grave enfermedad, hubiera firmado las palabras de su párroco -«su paisaje formaba parte del paisaje habitual de esta parroquia», rememoró Riera-, su trayectoria en la política regional y nacional y su prestigio en el mundo académico impidieron que su funeral fuese uno más de los que se celebran en el templo ovetense de la Argañosa, cercano a la calle de Valentín Masip donde residía.
Y es que unas cuatrocientas personas llenaron el templo para dar su último adiós al que fuera el hombre en Asturias de Manuel Fraga, fundador de Alianza Popular, en los primeros años del partido en la región, del que fue su presidente entre 1977 y 1983. Su bonhomía y su capacidad para escuchar y hacerse oír, destacada por muchos de los que asistieron a su funeral, permitieron ver por la iglesia carbayona a políticos de todos los colores, pero claro está, fundamentalmente a miembros del PP, partido por el que De la Vallina fue diputado y senador entre 1977 y 2000. En su amplio currículo político también destacaba haber sido presidente de la Diputación de Oviedo y alto cargo en los últimos gobiernos de Franco.
«Hemos perdido a toda una personalidad en lo humano, en lo académico y en lo político. Lamentablemente la vida es así», apuntaba el alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo, que acudió a despedir a su compañero de partido junto a buena parte de la Corporación local, como, por ejemplo, los ediles Jaime Reinares, también diputado nacional, y Benjamín Cabañas. Éste último, miembro de AP, ahora PP, desde su fundación, no olvidará el papel de De la Vallina «en aquellas primeras campañas electorales que fueron muy duras para nosotros, cuando era difícil hasta pegar un cartel».
Reinares destacó «la tremenda impronta que marcó tanto en política como en su labor docente. Su amor por Oviedo y por Asturias era tal que nunca quiso irse, a pesar de que tuvo muchas y buenas oportunidades para hacerlo». De la Vallina compartió con el también diputado nacional Isidro Fernández Rozada muchas horas de «mítines y trabajo» en los tiempos en los que eran secretario general y presidente del partido, respectivamente. «Era el que ponía calma. Era una persona ecuánime, bondadosa y muy trabajadora», apuntaba Rozada, gran conocedor de la figura del político desaparecido.
Luis Martínez Noval, ministro socialista de Trabajo en época de Felipe González, tampoco quiso perder la oportunidad de dar su último adiós a De la Vallina, con el que coincidió en 1982 como diputado en Madrid. «Mi primera intervención en el Congreso fue con él para defender el cambio de denominación de la provincia de Oviedo por la de Asturias», resaltó. «Nos unía una excelente relación personal. Sabía aplicar el humor para solventar la situaciones más engorrosas políticamente», añadió. «El partido pierde a uno de los grandes elementos del partido en Asturias, de los más interesantes y con una gran historia a sus espaldas», terció Modesto González Cobas, ex diputado regional del PDP y experto en folclore asturiano.
A la síndica Mercedes Fernández, ex delegada del Gobierno en Asturias durante la etapa presidencial de José María Aznar, la relación con el fallecido le llegaba por una doble vía: la política y la académica. «Fue mi profesor de Derecho Administrativo. Sentía por él una profunda admiración desde el plano profesional y político. Tuvo un papel destacado en la historia de Asturias y en la consolidación de la democracia», repasaba Fernández. Como en el caso de Fernández, Agustín de Luis, jefe de la Policía Local de Oviedo, también conoció a De la Vallina en las aulas. «Además de una excelente persona era un gran profesional, rígido pero justo», señaló. Para la ex diputada popular Alicia Castro Masaveu con la desaparición de De la Vallina «se ha ido un gran hombre que siempre estaba en su sitio. Fue un ejemplo para los que estábamos en el partido. Aportó su gran conocimiento en asuntos legales en una época complicada». Paulino Tuñón, catedrático de Química, destacó de él «su discreción y humildad», así como su actuación «cabal» como catedrático.
Santiago Álvarez, vicerrector de Planificación Económica de la Universidad de Oviedo, subrayó que «dedicó toda su vida la función pública». Y Salvador Fuente, periodista y jefe de gabinete del ex presidente del Principado Sergio Marqués, lo calificó como «el político más brillante e inteligente que he conocido».
Además de por su faceta profesional y política, De la Vallina también fue ponderado por sus profundas creencias religiosas y su amor por la familia, en la que deja seis hijos. «Pertenecía a una familia extraordinaria en todos los sentidos», apuntaba Fermín Alonso Sádaba, presidente de la Hermandad de Defensores de Oviedo, que conoció al difunto en la Juventud Católica de la Iglesia de La Corte. Tras el funeral, el cuerpo de De la Vallina fue enterrado en el cementerio de San Martín de Salas, de donde es originaria su familia.
Oviedo
El ex vicepresidente del Gobierno, Francisco Álvarez-Cascos, señaló ayer, al recordar la figura de Juan Luis de la Vallina, que fue «diputado por el partido judicial de Gijón gracias a un recurso suyo en el que realizó una defensa brillante del escaño del partido judicial de Gijón del que nos privaba una decisión arbitraria de UCD». «Nos permitió ganar un contencioso-administrativo, lo que me permitió a mí como concejal en el Ayuntamiento de Gijón llegar a la Diputación Provincial», afirmó sobre el ex líder del PP fallecido el jueves a los 77 años.
El ex ministro de Fomento resaltó que el desaparecido que era «una persona de convicciones y un orador convincente», y defendió su recuerdo como «una referencia».
Francisco Álvarez-Cascos eludió posicionarse sobre su vuelta a la política, que el fallecido apoyaba. «Lo que me corresponde decir está dicho con precisión en una intervención pública. No quiero alimentar ningún tipo de polémica. Las cosas serias se dicen una vez y el que quiera oírlas las escucha, y el que no pues no. Me remito a lo que dije en Valencia de Don Juan», concluyó.