FRANCISCO GARCÍA
Cabe preguntarse si los casquistas son marianistas o no profesan otra fe que la del mesías. Obviamente, la duda ofende: los partidarios de Cascos, en cuanto que fiel escuadrón aleccionado, sólo atienden a la consigna del «general secretario». Como el soldado que camina hacia la muerte con fe ciega a las órdenes del jefe del pelotón, los casquistas con pedigrí no tienen más señor que Francisco Álvarez-Cascos. Para ellos, Rajoy se antoja una entelequia, una figura decorativa incapaz de arañarle a Zapatero un punto en las encuestas. Una rémora y un candidato en suspenso. Esos casquistas de primera línea de fuego han heredado de Cascos la máxima clásica: «Qui non est mecum contra me est». O conmigo o contra mí. A lo que parece, no soportan la neutralidad. Ni siquiera la de Rajoy, Salomón al que ahora apelan para que resuelva el grave contencioso que amenaza con engangrenar de nuevo al PP asturiano, que puede salir de ésta sin piernas y sin brazos.
Pensaron los jaleadores y los muñidores de firmas y homenajes -algunos amarrados como posesos a los palos de la carreta del supuesto ganador- que iban a sacar ya en agosto a su candidato a hombros por la puerta grande. Pero el tiro va camino de la culata: el «anticasquismo» llenó los diques de sacos de arena de la playa de San Lorenzo y ahora los casquistas fían la suerte de su patrón a que Rajoy levante el pulgar en favor de quien fue compañero de gabinete o ponga el dedo para abajo y ordene decapitar a la joven candidata de Gabino. En cualquiera de los dos supuestos, Rajoy hace el papel de tonto útil del casquismo. Si les valiera, pondrían a su líder no en el cartel electoral de Asturias, sino con los pies sobre la mesa del despacho principal de Génova.
Cascos, como Aguirre y otros nostálgicos del aznarismo, no le hace la ola a Rajoy, pero su otoñal futuro político ya sólo está en manos de la esfinge del gallego.