ARTURO ROMÁN
Navegar por los océanos del PP asturiano tiene mucho que ver con zambullirse en la leyenda del holandés errante, ese buque fantasma condenado a vagar eternamente sin posibilidad alguna de llegar a puerto y que, de sopetón, se les aparece a los marinos en la lejanía, fantasmagórico y resplandeciente. En la mañana del sábado, Francisco Álvarez-Cascos al fin se materializó en la sede del PP de Pola de Siero para reunirse con diez alcaldes afines y tras guardar muy celosamente hasta el último momento el lugar del encuentro/aparición. Acabada la reunión, y ante los periodistas, Cascos hizo una reiteración (reiteró su disposición a eso que nunca dice) y volvió a desaparecer hasta que, por la tarde, volvió a anunciarse que iba a dejarse ver en el homenaje a Rodrigo Rato en el auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Todos estuvieron oteando el horizonte por ver si aparecía el antaño buque insignia de la flota popular y empezaba el cañoneo con el galeón De Lorenzo, allí presente con una bufandina muy guapa, pero todo quedó en calma chicha.
Algo parecido ocurrió el mismo sábado con María Porto, esposa de Francisco Álvarez-Cascos. Se la esperaba en el Rastrillo de Nuevo Futuro, en Oviedo, pero al final, por mucho que se escrutó la línea del horizonte, por allí no apareció su fina estampa entaconada. Antes de que se inaugurase el Rastrillo el pasado martes, la ex diputada popular y ferviente casquista Alicia Castro Masaveu -a ratos «gruppie» socialista en los actos del candidato Javier Fernández en Madrid- llamó por teléfono, reservó mesa e informó de que iría a comer el sábado en compañía de María Porto. El sábado la libreta de reservas de La Parrala, el restaurante del Rastrillo, no tenía ninguna reserva a nombre de Alicia Castro. Las responsables del Rastrillo no sabían si Porto y Castro acudirían a comer porque, aunque no figuraban las reservas, la mesa podría estar a otro nombre. En la libreta aparecían nombres comunes y una mesa reservada para «los tres cerditos». ¿Sería aquella la mesa en cuestión? ¿No rezaba así el cuento: «Soplaré, soplaré, soplaré y vuestra casita popular derribaré»?
A las dos de la tarde se desconocía si Porto iba a comer o no en La Parrala y, a medida que iba pasando el tiempo, descartaron que acudiese pero no que pasase a dar una vuelta por el Rastrillo. A las tres de la tarde ya se descartaba completamente su asistencia, pero nadie llamó para decir lo contrario. Todo era un poco misterioso, en plan holandés errante, ustedes se figurarán. Pero lo más intrigante ocurrió hacia las tres menos cuarto cuando una persona que nadie conocía se acercó a la puerta de la carpa del Rastrillo, preguntó si estaba María Porto comiendo en el interior y cuando le dijeron que no dejó un paquete a la entrada a su nombre. Era un tocinillo de cielo que nadie pasó a recoger. Lástima. Con lo que le gusta el dulce a Cascos...
Todos estos sucedidos son del género de la intriga y pueden ponerles a ustedes, atentos lectores, la piel de gallina, pero a otros los traen por la calle de la amargura. El jueves, durante la interpretación de la Suite flamenca a cargo de la orquesta «Oviedo Filarmonía» en el auditorio de Oviedo, el alcalde ovetense, Gabino de Lorenzo, no pudo evitar que se le saltasen las lágrimas. Quienes conocen al regidor aseguran que el debut del maestro Conti en las Jornadas de piano «Luis G. Iberni», patrocinadas por LA NUEVA ESPAÑA, tocó la fibra sensible del Alcalde al interpretar una de sus piezas musicales favoritas, la «Suite flamenca» de Pavón. Es conocida la afición del alcalde por el flamenco, no en vano es el fundador de la peña que lleva el nombre del cantaor Enrique Morente, pero, ¿quién puede asegurar que las lágrimas, en vez de nacer de las fuentes de la emoción, brotaban del caño del terror por tanta aparición de buques fantasmas?