Oviedo, Pablo GONZÁLEZ
Prudencia, tolerancia y sentido de Estado. Éstas fueron tres de las virtudes que Rafael Fernández cultivó en sus años de presidente de un Principado que en plena Transición comenzaba a dar sus primeros pasos en la España de las autonomías, convirtiéndose en el mejor publicista de un concepto por entonces prácticamente desconocido tras 40 años de dictadura. Así lo destacan aquellos que coincidieron con él en el Consejo Regional de Asturias -órgano provisional preautonómico creado por el Gobierno de Adolfo Suárez- y como primer presidente del Principado tras cuatro décadas exiliado en México. Este abogado ovetense, fallecido ayer a los 97 años, supo comprender cuál era la misión que se le había encomendado: sentar las bases sobre las que se diseñaría el futuro del Principado evitando cualquier estridencia que alterara el proceso autonómico. Esto lo convirtió en la imagen de la concordia y en una de las figuras más importantes de la transición asturiana.
«Era muy bueno para sacar los temas adelante sin grandes choques. Tenía mucha mano izquierda», rememoraba ayer Antonio Checa, miembro del Consejo Regional de Asturias por UCD y que asumió la Consejería de Economía y Hacienda entre 1979 y 1980. En aquellos años, la preautonomía tenía gobiernos de concentración, aún no salidos de las urnas, elegidos en proporción de los votos de los grandes partidos en las elecciones generales. «Prácticamente no tenían ninguna competencia», añade Checa. Por eso la principal misión de Fernández y su gabinete «fue la de dar publicidad a lo que iba a ser la autonomía. Caminábamos a ciegas porque no éramos políticos profesionales».
El Gobierno regional de concentración (llegó a tener miembros del PSOE, UCD, PCE y AP) se convirtió en monocolor tras la victoria de Felipe González en las generales de 1982. En este nuevo Ejecutivo del Principado, el último antes de las elecciones autonómicas de 1983, tomó parte Bernardo Fernández como consejero de la Presidencia (1982-83). «Todos los miembros del Consejo de Gobierno le teníamos un gran respeto y él nos daba una enorme libertad en nuestras parcelas. Rafael sólo nos daba unas instrucciones. Nos transmitía una gran confianza», relata el actual presidente del Consejo Consultivo. «Es el símbolo de la Transición en Asturias», añade, que considera que el ex presidente del Principado aportó a aquel Gobierno «consenso y una visión conciliadora. Rafael tenía una aversión terrible al conflicto», dice.
Rafael Fernández utilizó este talante conciliador para acercarse a los sectores que dado su pasado y sus postulados políticos más podrían recelar de su liderazgo. «Supo infundir confianza a la clase empresarial y a la Iglesia», señala Bernardo Fernández. Para la historia ha quedado cómo a más de un socialista se le atragantó ver a Rafael Fernández de rodillas en la basílica de Covadonga. «Había que suturar heridas», coinciden varias voces.
Tras la alergia que Fernández sentía por las estridencias y los conflictos se escondía una pesada realidad: la fama de Asturias como región reivindicativa en el resto del país a la luz de su pasado más reciente (la Revolución del 34 y las huelgas mineras de los sesenta). De ahí que Antonio Masip, consejero de Educación (82-83) y ex alcalde de Oviedo que tuvo como concejala a Pura Tomás, la primera mujer de Rafael Fernández, califique al primer presidente regional como «un maestro de la política con un gran sentido de Estado». Masip añade otro testimonio de cómo Rafael Fernández supo tender la mano a un estamento como el eclesiástico. «Ahí están sus buenas relaciones con Gabino Díaz Merchán», explica sobre la cercanía entre Fernández y el arzobispo de la época.
Por su parte, Faustino González Alcalde (PSOE), consejero de Hacienda, destaca de aquellos años «la ilusión y el trabajo» con el que aquel equipo de Fernández se dedicó a sentar las bases «de la Administración autonómica» que más adelante se plasmaría en el Estatuto de Autonomía. «Se convirtió un ejemplo a nivel nacional de lo que había que hacer. Mucha gente vino a copiarlo», subraya.
El análisis de Xuan Xosé Sánchez Vicente, ahora líder del Partíu Asturianista (PAS) y por aquellos tiempos diputado regional del PSOE, coincide en gran parte con el de los protagonistas anteriores. Pero introduce una variante que mira hacia el presente. «Fernández regresó del exilio con la idea de hacer borrón y cuenta. Hoy se quedaría horrorizado con la generación de Zapatero», explica en referencia a la recuperación de la memoria histórica.
Ya en 1983, y de cara a las autonómicas de ese año, el PSOE asturiano decidió que Rafael Fernández había cumplido su tarea. La decisión fue mascada entre la dirección regional y la estatal, que prefirieron «el dinamismo, la juventud y la capacidad de acción» de Pedro de Silva. A Rafael Fernández se le incluyó en la lista para el Senado. «Ya no había que suturar heridas, había que construir. Y por delante venían cuestiones como las reconversiones», explica uno de los testigos de aquel cambio que supuso el abandono de Fernández. «Se quedó donde le colocaron, en un segundo plano», dicen.