Con la muerte de José Manuel Buján no sólo perdemos a una persona insustituible, a un ser humano de una integridad difícil de igualar, sino también a un referente de primera magnitud de nuestro sindicato, donde ejerció como abogado laboralista entre los años 1976 y 2000 y al que seguía estrechamente vinculado. La profunda huella que deja en CC OO se acrecentará con el paso de los años. Porque son hombres como José Manuel Buján los que hacen historia. Historia de verdad, historia con mayúsculas.
Es indudable que su biografía marcó el carácter de Buján: su padre, minero, acabaría muriendo víctima de una enfermedad tan cruel como la silicosis. Su madre había perdido a su primer marido asesinado al poco de iniciarse la Guerra Civil. Por eso supo pronto que la vida estaba hecha de lucha y que la libertad podía costar algo más que sangre, sudor y lágrimas. Y enseguida sintió la necesidad de prepararse para hacer frente a la vida y sus adversidades. Tenía que estudiar. Sería abogado. Defendería a los más débiles, a los humillados por condiciones de trabajo infames y patronos déspotas, a una clase trabajadora que en los años setenta, en plena dictadura, luchaba por alcanzar las libertades democráticas y los derechos laborales que se disfrutaban al otro lado de los Pirineos.
Por eso, tras licenciarse en Ciencias Políticas y Derecho por la Complutense de Madrid, inició su dura -y en ocasiones peligrosa- carrera como abogado laboralista en Comisiones Obreras. Primero en Madrid, aún en la clandestinidad, en un despacho vinculado al PCE, luego en la Unión Comarcal de CC OO en El Bierzo, posteriormente en la dirección provincial del sindicato en León y a partir de 1979 en la Unión Regional de CC OO de Asturias, hasta marzo de 2000, en que sería nombrado magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Asturias.
Durante esos años tuve el privilegio de compartir la actividad sindical con Buján (y aprender mucho con esa experiencia), primero desde el cargo de secretario general de la Unión Comarcal de Avilés y más tarde como responsable de organización de la dirección regional. En ese tiempo cientos, miles de trabajadores, asesorados y defendidos por él y amparados por el sindicato, pudieron hacer valer sus derechos en tiempos especialmente complicados para cualquier exigencia, por razonable y obvia que fuera. No era fácil arrancar lo que era de ley ante unos dirigentes políticos criados en la dictadura y unos empresarios acostumbrados demasiadas veces a imponer condiciones de trabajo indignas, sueldos miserables, y a saltarse las mínimas normas de funcionamiento y seguridad en el trabajo. Y ahí estaba Buján, haciendo frente a la adversidad, luchando contra la injusticia, siempre al lado de los trabajadores.
Por eso nuestro sindicato y los miles de trabajadores y trabajadoras a los que defendió durante décadas, de manera admirable y entregada, le estaremos agradecidos toda la vida. Porque no somos pocos los que le debemos mucho a Buján.
Su mujer Maite y su hijo Sergio saben que estamos con ellos.