Por armarse de inteligencia

El fiscal aseguró en el proceso contra el rector Alas, de cuyo fusilamiento se cumplen hoy 75 años, que había «envenenado la conciencia española» con su cultura y capacidad

 18:09  
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JAVIER RODRÍGUEZ MUÑOZ La entrada de las columnas gallegas en Oviedo puso fin a los tres meses de aislamiento en el que habían estado los sublevados en la capital asturiana, pero no mejoró sensiblemente su difícil situación militar. El ejército republicano siguió manteniendo muy buenas posiciones en torno a la ciudad. Como escribe el general Salas Larrazábal en su «Historia del Ejército Popular de la República», «el cerco de Oviedo había quedado levantado, pero sólo a medias. Era un débil cordón umbilical lo que le unía al resto de la zona nacional, y el pasillo, estrechísimo y largo, resultaba tan vulnerable que su defensa era sumamente problemática y difícil y todo parecía aconsejar renunciar a la defensa de Oviedo y retirarse a la línea del Nalón-Narcea una vez salvadas las tropas que habían resistido un estrecho cerco [?]. Sin embargo, la decisión del mando nacional fue la de sostenerse en Oviedo a toda costa, y la del mando republicano, conquistarla fuese como fuese. La batalla por Oviedo no había concluido, sólo había terminado su primer acto. Para ambos contendientes parecía tener un valor carismático».

Cuando las columnas gallegas entraron en Oviedo estaban tan desgastadas, pese al continuo aporte de refuerzos, que no pudieron tomar ninguna iniciativa y llevar a cabo lo que en términos militares se denomina «explotación del éxito», tal y como ordenaba el general Mola el 19 de octubre de 1936: «Conseguida la liberación de Oviedo [?], se impone aprovechar el éxito obtenido persiguiendo al enemigo de una manera incesante, hasta conseguir asegurar, de una manera firme, una línea que partiendo de Gijón siga a Oviedo por El Berrón, protegiendo la carretera y el ferrocarril minero y el que une ambas poblaciones [?]. Entre Gijón y Oviedo se hará fuerte hasta que, ocupado Madrid, se reanuden las operaciones en ese frente para conseguir la total ocupación del norte de España».

Muy al contrario, fueron las fuerzas republicanas las que emprendieron la ofensiva en los días y meses siguientes. Los sublevados tuvieron que conformarse con sostener Oviedo y el débil y estrecho «pasillo de Grado» que les comunicaba con parte de la Asturias occidental que ya había caído en poder de las tropas franquistas. No pudieron recuperar tan siquiera las posiciones que tenían antes de la ofensiva de octubre de 1936, aunque en su favor actuó la ocupación del monte Naranco, cuyo pico Paisano se convirtió en una posición muy dominante.

En los dos últimos meses del año 1936, la atención del mando franquista estuvo fijada obsesivamente en la conquista de Madrid, y a este fin concentró todos sus esfuerzos. Su propósito era mantenerse a la defensiva y procurar evitar en la medida de lo posible cualquier operación de alcance que obligase a distraer fuerzas del objetivo que se consideraba fundamental para una pronta solución de la contienda. Una vez conquistado Madrid, se pensaba desde el alto mando franquista, sería la hora de acabar con la resistencia republicana en el Norte.

El mando republicano, que nunca renunció a su objetivo de tomar Oviedo, fue consciente del interés nacional por mantener esa plaza. De esta forma, los continuos ataques emprendidos contra las comunicaciones, y la misma capital asturiana, hicieron las veces de operaciones de desgaste, que impidieron al mando sublevado reunir los suficientes efectivos para pasar al ataque o retirar fuerzas para llevarlas al frente madrileño.

Algo que sí cambió radicalmente, tras la entrada de las columnas gallegas, fue la situación de los numerosos presos que había en la cárcel de Oviedo. Desde la publicación del bando que declaraba el estado de guerra, el 20 de julio de 1936, había comenzado la detención de personas afiliadas, simpatizantes o supuestamente proclives a las organizaciones del Frente Popular. Entre los detenidos en los primeros días había personas tan destacadas como el gobernador civil, Isidro Liarte Lausín; el diputado socialista Graciano Antuña; el secretario provincial del PCE, Carlos Vega, y el rector de la Universidad, Leopoldo Alas Argüelles. Hasta entonces, se habían ido acumulando presos en la cárcel, al punto de encontrarse ésta al límite de sus posibilidades, obligando a soltar a alguno de los detenidos, que posteriormente fueron de nuevo encarcelados.

Había habido también algún asesinato, los llamados «paseos». Hay constancia de ellos en el Registro Civil, por inscripciones que no dejan lugar a dudas de que se trata de muertes violentas producto de la represión. También se infiere la existencia de paseos de las anotaciones de los sepultureros municipales. No obstante, parece que los «paseos» no debieron de ser muy numerosos antes de la ruptura del cerco, cautelosos quizá los sitiados ante el incierto futuro que les esperaba.

Con las columnas gallegas se puede afirmar que llegó el terror. Ya en su avance hacia Oviedo, estas fuerzas habían hecho ejecuciones sumarias de detenidos, sin mediar proceso judicial alguno, por muy sumario que hubiera sido. Tras octubre de 1936 comenzó en Oviedo la celebración de consejos de guerra, siguiendo las disposiciones dictadas por la Junta de Defensa Nacional establecida en Burgos, que dispuso que todas las causas se seguirían por procedimiento «sumarísimo», sin que fuera preciso para ello que el reo hubiera sido sorprendido in fraganti ni que la pena a imponer fuera la de muerte o perpetua. En el mes de noviembre comenzaron los consejos de guerra y en el período que va desde el 11 de ese mes hasta el 19 de febrero de 1937 se vieron 132 casos, según datos sacados de la prensa ovetense. Las sentencias fueron: 98 penas de muerte, 3 cadenas perpetuas, 4 penas de 20 años, 2 de 18 años, 1 de 15 años, 2 de 12 años, 1 de 8 años, 1 de 6 años, 1 de 2 años, 2 en las que sólo se indicaba prisión, sin más detalle, y 17 absoluciones. Hasta el 20 de febrero se habían cumplido, por lo menos, 46 sentencias de muerte. Los fusilamientos se llevaban a cabo en el mismo patio de la prisión provincial o en el cementerio de San Pedro de los Arcos.

Entre los sometidos a consejo de guerra estuvo el rector Leopoldo Alas Argüelles, que había dedicado sus dos últimos años a la reconstrucción de la Universidad de Oviedo, tras los daños producidos en la revolución de octubre de 1934. Leopoldo Alas compareció ante un consejo de guerra, en el salón de actos de la Diputación provincial, el 21 de enero de 1937. Los cargos contra él fueron muy variados, desde su participación en las Cortes Constituyentes hasta el desempeño del cargo de subsecretario de Justicia. El informe de la Comandancia Militar le señalaba como de «tendencia francamente extremista, perteneciendo al partido de Azaña, afecto a la organización de la enseñanza libre y enemigo acérrimo de la enseñanza religiosa». El jefe provincial del SEU declaró que con motivo del indulto a Ramón González Peña, tras la revolución de octubre, Leopoldo Alas había declarado: «Por encima de la letra fría de la ley está el corazón de los hombres». En su alegato, el fiscal, el alférez José María García Rodríguez, dijo que la represión, indudablemente rigurosa, «ha de empezar por todos aquellos que por su cultura y por su capacidad, más que suficiente para apreciar la significación de los idearios de la izquierda, envenenaron día a día la conciencia española y pusieron, sin duda alguna, las armas en la mano de muchos de los que hoy combaten contra nosotros, siendo tan responsables como ellos, y por su formación espiritual, más que ellos, de tanta nobilísima sangre española pródigamente derramada». Le acusó de «incitación a la rebelión» y solicitó para él la pena de muerte.

Fueron inútiles las solicitudes de indulto de algunas universidades extranjeras y de algunos profesores de la Universidad de Oviedo, la sentencia fue ratificada y el 20 de febrero de 1937, a las seis de la tarde, Leopoldo Alas Argüelles era fusilado en el patio de la cárcel de Oviedo. Tenía 53 años. Junto a él fueron fusilados también Manuel Martínez Fernández (jornalero de 37 años), Alfredo Villeta Rey (marmolista de 51 años), Braulio Álvarez Tiñana (barrendero de 33 años) y Francisco Vázquez Fernández (peón de 23 años), todos residentes en Oviedo.

Otro consejo de guerra señalado fue el seguido contra el gobernador civil en el momento del levantamiento militar, Isidro Liarte Lausín, que apenas llevaba unas semanas en el cargo. Liarte Lausín fue acusado de «rebelión militar», en consejo celebrado el 5 de diciembre de 1936, y condenado a la pena de muerte, que se ejecutó el 21 de diciembre de ese año. El 20 de enero de 1937 fue también fusilado Carlos Vega, secretario regional del PCE, al mismo tiempo que nacía su hijo Carlos Vega en el concejo de Sobrescobio, donde vivía la familia de su padre. Con apenas unos meses fue trasladado a la Unión Soviética, donde al cumplir los 16 años supo de su naturaleza asturiana y que su padre había sido asesinado en la capital asturiana.

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