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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES Desde que te conozco, ella, la antorcha del republicanismo, siempre fue contigo. Nadie mejor que tú para llevarla. Nadie mejor que tú para dar cuenta de la dignidad y la decencia de un discurso, el republicano, al que la izquierda de siglas de este país cerró bajo siete llaves en un desván que decidió no visitar jamás. Nos dejas solos, muy solos, Macrino. Sin ti se pierde la conexión con aquel republicanismo que, con su dolor, represión y destierro, supo y quiso transmitir siempre el legado de un tiempo y un país que un 14 de abril pudo comprobar que las utopías a veces se hacen realidad, volviéndose tangibles. Sin ti estamos más lejos aún del albacea del republicanismo español, de don José Maldonado. Sin ti es más difícil recuperar la palabra de un discurso al que el franquismo quiso exterminar, al que el PSOE traicionó, al que esta segunda restauración borbónica quiere seguir obviando.
Tu singladura, Macrino, es un ejemplo admirable de una lucha que nunca cesó por la libertad, por la igualdad y la fraternidad, desde el convencimiento de que se trata de conquistas no sólo irrenunciables, sino que además nunca se alcanzan lo suficiente. Tu singladura, Macrino, representando de modo insobornable y digno el republicanismo, no sólo es una referencia inexcusable para el presente y para el futuro, sino que se trata también de un asidero para el valor y el coraje en busca de sueños irrenunciables en unos tiempos como éstos marcados por las renuncias y por los renuncios de una izquierda de siglas cortesana y dinástica a la que trayectorias como la tuya se oponen sin necesidad de estridencia alguna, simplemente con unos hechos que son la elocuencia en estado puro.
¡Qué solos nos dejas, Macrino! ¡Qué orfandad vive con tu pérdida este occidente asturiano en el que naciste, que, como bien sabes, fue uno de los principales viveros del republicanismo español! Tengo para mí, Macrino, que tú fuiste el último gran representante de esta estirpe de la que te vengo hablando, que se remontaría a Flórez Estrada y a Riego, que continúa con Augusto Barcia y Álvaro de Albornoz, que llega hasta don José Maldonado, el albacea de la República, tal y como lo definió hace poco, haciendo justicia histórica y poética, Leopoldo Tolivar.
Quiero creer y creo, Macrino, que esa antorcha nunca se va a apagar, la que tú llevaste, la que sufre en este momento la misma orfandad que tus familiares y amigos. Tu recuerdo la mantiene viva y ardiente. Y no podemos permitir que se apague, por decencia, por dignidad, por memoria.
Macrino, la congoja recorre este artículo desde la primera hasta la última palabra. La congoja por tu muerte. Pero no está menos presente la satisfacción por haber tenido la oportunidad de conocer tu trayectoria, marcada de principio a fin por la dignidad y la decencia.
Discurso republicano, Macrino. Discurso republicano español, el de aquel Estado que se proclamó un 14 de abril de 1931, y al que apenas dejaron gatear. El de aquel Estado, cuya antorcha seguiste portando hasta el último suspiro, en esta Asturias que en su momento estuvo en vanguardia de todo, también de republicanismo al que tan dignamente representaste, sin ruido, sin furia, sin egocentrismos, con convicción.
Y siempre que te evoquemos serás el alma de esa consigna de nuestra antorcha. Consigna que dice, sin titubeos:
¡Salud y República!
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