El dilema de Rajoy en Asturias

Pactar o no pactar con Álvarez-Cascos, ésa es la cuestión

27.03.2012 | 05:25
El dilema de Rajoy en Asturias
El dilema de Rajoy en Asturias

Después de las elecciones, el dato más relevante es el que no se ve. La abstención de casi la mitad de los electores mueve a una detenida reflexión de los partidos, que no la pueden ventilar con el liviano argumento de que fue la respuesta ciudadana a unas elecciones innecesarias. Cargar a Álvarez-Cascos con el mochuelo de la abultada abstención es no querer ver la desafección de una parte notable de los asturianos hacia los partidos y su manera de regir las instituciones.


Más allá de los concretos resultados electorales, la clave está en saber si ganó la derecha. Foro (13) y PP (10) tienen provisionalmente mayoría absoluta, pero el recuento del voto emigrante puede dar un escaño más al PSOE (16+1) en detrimento de Foro (13-1), lo que arrojaría un empate a 22 diputados entre la derecha y la izquierda (17 PSOE+5 IU). Podría ser decisivo el voto de UPyD, que estrena representación en la Junta General del Principado.


El problema, como es bien sabido, es que para que gobierne la derecha no es suficiente la mayoría absoluta, ya que tienen que ponerse de acuerdo los dos partidos que la representan, Foro y PP, que han estado a la greña desde que apareció el primero en la escena política. El pacto para gobernar era ya necesario en mayo de 2011 y, si llegan a él ahora, tendrán que explicar ambos partidos por qué antes no y ahora sí, habiendo tirado por la borda un año de la legislatura. Pero resulta que en estos momentos el pacto para la derecha es mucho más necesario que antes y, paradójicamente, está en una posición más ventajosa Álvarez-Cascos con 13 diputados que con los 16 anteriores. Por el contrario, el PP tiene un dilema que antes no tenía y que debe resolver Rajoy optando entre lo malo y lo peor.


El asunto está en que con el sistema de elección de presidente del Principado el diputado vota a favor del candidato, o de uno si se presentan varios, o se abstiene. Con el resultado de mayo de 2011, la abstención del PP daba la Presidencia a Álvarez-Cascos, único candidato. Ahora, si se presenta de nuevo Álvarez-Cascos habrá dos candidatos, porque también se postula Javier Fernández y además es el que más escaños tiene. Si los diputados del PP votan al líder de Foro, éste sale elegido presidente, pero, si se abstienen, sale electo el líder del PSOE. No cabe el voto en contra, lo que permitiría matizar la decisión frente a Foro y frente al PSOE. Por tanto, presentándose como candidato, Álvarez-Cascos puede seguir enrocado en su posición nada amistosa con el PP, sin necesidad de abrir por el momento negociación alguna con sus dirigentes. Rajoy deberá decidir si hinca la rodilla y el PP le da sus votos al líder de Foro a cambio de nada o si ordena abstenerse, en cuyo caso deja la Presidencia del Principado al PSOE. Si duro es que Álvarez-Cascos te doble el brazo y se salga con la suya, más duro puede ser aceptar que las dos comunidades autónomas que celebran elecciones después del éxito electoral del PP en noviembre caigan en manos del PSOE.


Una vez Álvarez-Cascos en el Gobierno, su responsabilidad será la de llegar a acuerdos de gobernabilidad con el PP, lo cual no será nada fácil y podríamos asistir de nuevo al fiasco que hemos vivido desde hace ocho meses.


El voto de UPyD será decisivo si el PSOE obtiene finalmente 17 escaños y se produce el comentado empate entre derecha e izquierda. Puede que se decante por la derecha como precio por haberle ayudado Foro a conseguir grupo parlamentario propio en el Congreso de los Diputados. Pero sería meterse en una jaula de grillos de la que podría salir malherido y corresponsable de la ingobernabilidad de Asturias. Hoy por hoy, con todos los defectos que se le quieran atribuir, la izquierda es en Asturias más fiable para un Gobierno estable, porque tiene experiencia de pactos. UPyD deberá decidir también si es una sucursal de Rosa Díez o si tiene autonomía para elegir en clave regional.


Lo que hay que exigir a todos, gobierne quien gobierne, es una profunda autocrítica en la manera de gestionar la cosa pública, para que la ciudadanía no sienta el desamparo de los que dicen representarla.

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