Con sabor a guindas

Lluvias y silencios

Tras una Semana Santa pasada por agua, confiemos en que el año próximo sea diferente

01.04.2013 | 03:28
Lluvias y silencios
Lluvias y silencios

En mis silencios pienso en ti, dirían los diversos cofrades ante la impotencia, después del trabajo anual, al no poder disfrutar de sacar a las calles en procesión a sus imágenes.


Las cruces del tradicional Viernes Santo no tuvieron su vía crucis de fuego sobre el puerto riosellano. El amanecer vino acompañado de ilusiones. Un sol suave hizo que cielo y mar se diesen un abrazo de amor y de esperanza. Su reflejo tímido en el amplio espejo de sus aguas azules duró solo momentos.


Avanza el día y las nubes lucen su traje gris que sigue mojando una constante lluvia. La tarde se esconde y llega la noche. Sobre la bahía se bañan mil focos de encendidas velas. El mar se alfombra de olas y dibuja rizos su espuma blanca. La brisa saca su abanico para ventilar su olor a salitre y yodo. Todo está a punto para recibir a la tradicional procesión.


Sigue lloviendo ante ello rezos y oraciones se quedan, un año más, bajo las paredes de sus iglesias privándolos del aire en las afueras donde el eco de una saeta nos acercaba a la emoción del encuentro.


Suspendido el acto regreso a mi aldea. Sobre el cristal de mi ventana resbalan gotas que se hacen lágrimas. La calle se hace arroyo y arrastra en su corriente los silencios de la tarde. El verde del campo lo barniza el agua de un brillo especial. Unos árboles cercanos me custodian como guardias vigilantes, mientras los montes se cubren de niebla.


Es todo un horizonte de tranquilidad. En mi chimenea se agota un tronco que de su fuego hace pavesas. Medito y siento mi soledad bajo los muros de mi vieja casa. El péndulo de mi reloj sigue oscilando resbalando sus agujas a paso lento. También mi sentimiento se llena de paciencia.


Me asomo de nuevo al exterior, tras el vidrio lloroso observo como pasan hojas volando que aterrizan sobre el césped de mi jardín. Se acompañan de pétalos de rosas que arranca la brisa. Una estrella desnuda me orienta con su luz tibia. Todo lo que me rodea me habla en secreto.


Ante los silencios brotan mis recuerdos. Sobre la pared descansa un Cristo que me mira de soslayo y me ofrece su paciencia. Sin saber por qué de mis labios surge un rezo que hace de un padrenuestro oración pausada.


El día se rompe sobre un viento frío que se esconde bajo un tono plomizo que busca ya la noche. Me voy tras ella para acompañar en su consuelo a cientos de hombres y mujeres que, desde sus cofradías, han visto como la lluvia ahogaba todas sus esperanzas.


Confiemos en el año próximo. Que así sea.

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