El FAPAS, 30 años conservando Asturias

"Al oso se le quería dejar desaparecer y hemos cambiado la mentalidad", afirma Roberto Hartasánchez, presidente de la organización defensora de la Naturaleza

03.03.2014 | 01:31

"El FAPAS empezó en broma, como todas las cosas serias". La sentencia la formula ahora Roberto Hartasánchez, presidente de la Fundación para la Protección de Animales Salvajes (FAPAS), pero para entenderla conviene retroceder 30 años y un puñado de meses. La broma era entonces la preocupación desinteresada que un grupo de chavales aventureros tenían por la Naturaleza, su inquietud por la conservación del medio natural. Influidos por pioneros como Félix Rodríguez de la Fuente, aquellos jóvenes miraron a su alrededor en aquella Asturias gris e industrializada y decidieron que debían actuar para conservar un patrimonio natural que "estaba destinado a desaparecer". Y eso hicieron: actuaron. Primero trabajaron para que no se extinguieran los pocos buitres que volaban por la región. Y después se metieron con el oso pardo cantábrico, una especie entonces casi desaparecida y convertida hoy en un símbolo de la región. La lucha por la conservación de esta especie, de hecho, ha marcado y definido el éxito de la asociación.

La broma fue tan seria que unos años después de su inscripción oficial, en 1983, la Fundación se profesionalizó y hoy, cumplidos ya los 30, el FAPAS no sólo puede presumir, por sus métodos y sus técnicas, de ser una organización pionera en el ámbito ecológico asturiano sino que también celebra su condición de referente nacional y europeo. Durante todo este tiempo, el FAPAS ha contribuido a que Asturias conserve el verde radiante que tiene con su flora y su fauna, el verde que dibujan esa riqueza medioambiental que constituye uno de los pilares básicos de la región.

El FAPAS, en realidad, encontró su verdadera inspiración en Alemania. Allí viajaban en la década de los setenta chavales de instituto que volvían impresionados con el modelo que veían: un asociacionismo vinculado a la conservación de la Naturaleza perfectamente estructurado. Roberto Hartasánchez y el naturalista asturiano Benigno Varillas, cabezas visibles de una larga lista de nombres, empezaron a trabajar en Asturias en la recuperación de los buitres: recogían animales muertos y los trasladaban a zonas donde vivían aves carroñeras para que se alimentaran y no desaparecieran. Esas acciones fueron las primeras desarrolladas por el FAPAS.

Entonces sólo era un proyecto, "un hobby", nada serio. Lo hacían "por amor al arte". Sucedió que, paralelamente, se puso en marcha la revista "Quercus", una publicación de información medioambiental fundada por Varillas al espejo de la alemana "Cosmos". En su primer número, "Quercus" recogió la labor del FAPAS, y aquello sirvió de despegue definitivo. "Empezamos a recibir apoyos, correos de gente que nos quería ayudar, gente del campo. Ése fue el verdadero nacimiento del FAPAS", cuenta Hartasánchez. Era el año 1982, pero la Fundación no se inscribió oficialmente hasta 1983. La profesionalización, en 1990. Fue otra vez el ejemplo alemán: "Había unas estructuras muy grandes, gente trabajando para las organizaciones y viviendo de ellas, con dedicación exclusiva y autofinanciación. Era la manera de progresar", explica Hartasánchez. El FAPAS empezó a reunir socios, que pagaban una cuota, y comenzó a crecer. "Recibíamos cientos de cartas de niños que hasta metían la paga en un sobre para ayudarnos. Nos llamaban movimientos conservacionistas de todos los lugares. Teníamos el apoyo de los medios. Los socios nos dieron libertad, total autonomía, independencia. Hoy creo que eso no es posible", señala Fernando Fueyo, uno de los colaboradores históricos. "Las críticas fueron horrorosas", tercia Hartasánchez. "Cobrar por conservar la Naturaleza. Era lo nunca visto aquí. Pero tuvimos siempre claro que si quieres ser eficaz en esta materia tienes que dedicarte siempre a ello. Fuimos, y somos, los únicos que no vivimos de subvenciones", añade Hartasánchez.

-¿De ahí le vienen los enemigos?

-Cuanto tienes éxito, siempre hay enemigos. Principalmente del mundo ecologista, que ha vivido siempre del Estado.

"El haber mantenido independencia de los organismos oficiales nos ha permitido avanzar", abunda Monchu Magadán, que en 1991 cambió su trabajo como iluminador en Televisión Española para entrar en la organización.

El FAPAS ha alcanzado la cifra de 60.000 socios a lo largo de estos treinta años. Su lucha más reconocible es la del oso pardo, particularmente representada por las osas "Paca" y "Tola", huérfanas por culpa de un cazador furtivo y rescatadas en 1989 por personas de la asociación. Hartasánchez las tuvo en un pequeño cercado en Llanes antes de trasladarlas a otro en Barcelona. En 1996 recalaron en Santo Adriano, donde ahora pasan sus últimos años de vida. "Me considero parte de que el oso sea emblema en Asturias", reflexiona Magadán, que trabaja en el valle del Trubia, una zona donde hay más de 200 ejemplares. "La gente, antes, hablaba del oso con rencor e inquina y hemos liderado ese cambio de mentalidad; ahora se los ve con cariño. Son un valor económico, un motor de desarrollo", añade Hartasánchez. De hecho, no olvida la postura del entonces Gobierno de Rafael Fernández cuando le preguntaron, a principios de los ochenta, por los planes para el oso. "Me contestaron que no tenían planes para conservar el oso, que lo mejor era dejar que desaparecieran. Entendían que era una especie compleja cuya conservación iba a impedir un modelo de desarrollo socioeconómico en la zona rural. La Administración tenía preferencia por las personas entonces, y era normal", cuenta.

Y ése es el mayor logro del FAPAS: crear en Asturias, a través de los osos, una sensibilidad especial por la Naturaleza. "Había furtivismo, veneno, se disparaba a todo, aunque no fuera especie cinegética", explica Hartasánchez, que destaca la creación del Servicio para la Protección de la Naturaleza (Seprona). "Nace en los ochenta para crear una cara amable de la Guardia Civil. Fue clave para nosotros, una herramienta extraordinaria. Supe que la Naturaleza en España estaría salvada", señala.

Ni Hartasánchez, ni Fueyo, ni Magadán recuerdan cuál fue el mejor momento del FAPAS más allá que los múltiples reconocimientos de ámbito nacional e internacional. Sí lamentan, sin embargo, la poca implicación de la Administración. "Estamos atravesando ahora un momento crítico que puede echar por la borda treinta años de trabajo. La respuesta hoy a la problemática medioambiental es acabar con todo. Lo estamos viendo con el lobo. Si seguimos así, lo que le pasa al lobo ahora le pasará al oso dentro de diez años", se queja Hartasánchez, que sólo se arrepiente de una cosa en estos treinta años: de no haber hecho un proyecto de recuperación del urogallo. "Es una especie que tenía muchas novias y por no polemizar...", explica.

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