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Fallece Jorge Jardón, el gran cronista del Occidente asturiano

El que fuera corresponsal de LA NUEVA ESPAÑA durante un cuarto de siglo, deja un magistral legado periodístico en el que retrató cómo era la vida en la comarca más aislada de Asturias

12.01.2016 | 04:29
Jorge Jardón.

El Occidente de Asturias perdió ayer a su gran cronista, Jorge Jardón, quien a través de las páginas de LA NUEVA ESPAÑA relató durante más de un cuarto de siglo la vida de la que, por entonces, era la comarca más aislada de la región; lugares bellísimos y remotos que, en algunos de sus memorables reportajes, quedaban envueltos en un halo de deslumbrante realismo mágico.

Jardón, que este año cumpliría 71 años, falleció en la residencia de ancianos de Luarca a causa de una infección respiratoria que se sumó a la muy avanzada insuficiencia circulatoria que padecía desde hace tiempo. Ahora queda la obra periodística de un naviego tan culto como peculiar, que se convirtió en todo un personaje en el Occidente, enlazando incansable un cigarrillo detrás de otro. Llegaron a caer cuatro cajetillas diarias. Siempre había una colilla imposiblemente suspendida junto a su boca.

En su despacho del cine Fantasio de Navia, el negocio familiar que regentó durante años, se amontonaban periódicos, tabaco fumado y por fumar y cuadros firmados por su gran amigo Álvaro Delgado. El destino se lo ha llevado muy pocos días después de que muriera el pintor madrileño, un enamorado del Occidente asturiano. Les unía la sensibilidad, la cultura y una cierta extravagancia en el ser y el estar. No hay personaje más perfilado por el genial trazo de Álvaro Delgado que su amigo Jardón, de quien quedan una docena de retratos para la posteridad. Viajó con el pintor y su familia a Londres y de la mano de Álvaro Delgado, Jardón recordaba que conoció a Piñole. De aquel encuentro, el corresponsal de LA NUEVA ESPAÑA contaba que habían paseado por el puerto de Ortiguera. Mirando al mar, Delgado dijo: "Tiene el color de la tinta china". "Tiene usted razón, nunca lo hubiese pensado", admitió Piñole. Delgado fue, según propia confesión, la persona que más le influyó en la vida.

Jardón, licenciado en Derecho y en Filosofía, parecía tan huraño como capaz de meterse en el bolsillo a cualquier dignatario. En ese momento nadie diría que la timidez fue siempre su gran peso vital. Sus amigos, como el médico Venancio Martínez, presidente de la Sociedad Española de Pediatría, resaltan de él su carácter valleinclanesco, que desataba los juicios más dispares, pero también el cariño y la atención que siempre dispensaba a los más cercanos. Jardón compaginaba esa ternura hacia el amigo con el comentario acerado, impregnado en humorada, que tenía siempre a mano para quien le desagradaba. "¡Y tenía una memoria prodigiosa! Se sabía el censo electoral de Navia con nombres apellidos y año de nacimiento", apunta Martínez. Hubo alguna vecina impertinente a quien él puso en su sitio recitándole el nombre completo, desconocido para muchos, y el verdadero año de nacimiento, que ella creía guardado bajo siete llaves.

Tan prodigiosa memoria le servía para absorber el contenido de todos los libros que caían en sus manos. Sus amigos le recuerdan como suscriptor de la colección de libros de bolsillo de Alianza Editorial, cuyos envíos leía puntualmente, sin discriminar contenidos. Hermann Hesse era su autor predilecto. En una entrevista concedida a este periódico en marzo del año pasado, dentro de la sección "Arquitectura personal" de Javier Cuervo, Jardón relataba que su primer encuentro con las letras fue la lectura de "La subida del monte Carmelo", de San Juan de la Cruz. Pero no fue sólo por su valor literario, en esta misma entrevista reconocía que fue la espiritualidad de San Juan lo que le deslumbró. "Hoy mantengo esa espiritualidad", indicaba. Así era Jardón, el lector, el dueño de un cine que confesaba disfrutar con las películas de guerra pero, puestos a elegir, afirmaba sin dudar que su preferida era "ET".

Su primera colaboración en LA NUEVA ESPAÑA apareció en 1978. En ella, Jardón informaba sobre las inundaciones de los bajos de El Sotanillo y del Café Martínez a causa de la crecida de la ría, de las lluvias continuas y de la rotura de las tuberías. Pero de las 10.000 piezas periodísticas que ha dejado en la hemeroteca de LA NUEVA ESPAÑA, Jardón se enorgullecía especialmente de sus reportajes en Los Oscos. En el último rincón de Asturias su pluma brillaba como ninguna. De lo más cotidiano, por donde pasaba Jardón podía brotar una genialidad literaria. Su historia de Servando el de Anleo aún se recuerda en la Redacción: Servando no tenía nada, sólo a su vaca "Pinta". La llevaba a pastar en las cunetas. Le daba seis litros de leche diaria que vendía y de eso vivía Servando. "Como todavía no estoy lo bastante loco como para encontrar plaza en el manicomio, pienso continuar haciendo la vida de siempre", anotó Jardón de labios de aquel hombre indescriptible.

Jardón conectaba muy bien con estos personajes, excéntricos como él, con un punto de desdén hacia la vida del común. Pero también se manejaba entre obispos y cardenales. Con especial cariño recordaba el viaje que hizo como enviado de LA NUEVA ESPAÑA a Roma para cubrir el nombramiento como Cardenal del asturiano de Llanera Franciscos Álvarez. Aquel viaje lo hizo en compañía de Jesús Farpón, fotógrafo de este periódico y también recientemente fallecido. Se movía bien Jardón en la montaña y también entre báculos: el corresponsal de LA NUEVA ESPAÑA en el Occidente adelantó el nombramiento de José Sánchez como obispo de Sigüenza-Guadalajara. El prelado insistía en que sólo él y el Papa de Roma conocían la designación. Pero Jardón también estaba al tanto de lo que se cocía en El Vaticano.

Los últimos años de su vida, marcados por la enfermedad, fueron duros. Sus amigos no encontraban ganas de vivir en aquel hombre inteligente y socarrón. Su mejor época, según propia confesión, fueron los años que pasó como corresponsal para LA NUEVA ESPAÑA. En marzo del año pasado respondía así a las preguntas de Javier Cuervo:

-Lo pasó bien de corresponsal... ¿le gustó vivir en Navia?

-Sí. El Monolito es mi sitio preferido. No sé definirme. Soy más triste que alegre, más de pensar que de actuar, más de querer que de odiar. Sigo llevándome bien con Dios. Nos vemos igual que antes y está estupendo. Ya no le pido nada. Le pedí salud y me dio una salud razonable.

-¿Echa de menos algo?

-No.

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