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Las cebras son un chollo: un estudio mide el valor real de la fauna africana

María Miranda y Fredik Dalerum, ecólogos de la Universidad de Oviedo, comparan el precio de venta de algunas especies salvajes y su impacto en el ecosistema

26.02.2016 | 03:49

El precio de mercado de las distintas especies animales del sur de África y su valor biológico no corren parejos. Esta es la principal conclusión de un estudio publicado en la revista "Scientific Reports" que firman los investigadores de la Universidad de Oviedo María Miranda García-Rovés y Fredrik Dalerum -ambos ecólogos, él vinculado a la Unidad Mixta de Biodiversidad y ella, al departamento de Economía- que han utilizado como referencia las cantidades pagadas por grandes mamíferos africanos (42 herbívoros y 7 carnívoros) en subastas de compraventa de animales para su exhibición en las reservas naturales de Sudáfrica. María y Fredik coincidieron durante una estancia investigadora -él en la Universidad de Pretoria, ella en la de Johanesburgo- y decidieron explorar si existía o no relación entre el valor ecológico y biológico de especies animales de la fauna salvaje y su valor de mercado. "Tenemos una sobreexplotación de los recursos naturales y hace falta buscar formas más sostenibles", plantea Miranda. A ese problema se añade la costumbre de no poner precio a bienes ambientales como la flora y la fauna, lo que dificulta la concreción sobre si existe o no vínculo entre el precio de mercado de determinadas especies y su importancia dentro del ecosistema en que se encuentra.

Sudáfrica es una de las raras excepciones donde se pone precio a ese recurso pues las reservas naturales que acogen animales salvajes recurren a subastas de compraventa con precios fijos para cada especie. "Las hay muy caras pero con un escaso valor para la biodiversidad", aprecia la joven investigadora. Tanto Miranda como Dalerum destacan que esas cuantías vienen marcadas más por las preferencias de los turistas, una dinámica que lleva a desajustes posteriores como que un ejemplar de cebra, con un valor biológico importante dentro de su ecosistema, puede salir a subasta por 546 euros (según la referencia del mercado en 2012) mientras que un antílope sable, una especie fuerte y resistente, con poderosos cuernos y gran temperamento que lucha con bravura contra sus depredadores, cuya observación es habitual en safaris, puede llegar a costar más de 10.000 euros, según los valores recientes de subasta. "Deberían encontrarse fórmulas para conseguir que los consumidores logren apreciar la importancia de los recursos naturales y su aportación a la diversidad biológica", apuntan los investigadores.

Miranda y Dalerum han estudiado la cuantía que se pagó por 42 especies de herbívoros y 7 de carnívoros durante 20 años y los cotejaron con la contribución de cada una estas especies a la biodiversidad. Los resultados son bastante llamativos: con jirafas a escasos 1.000 euros, gacelas a 87,06 euros y ñus, a 131 o elefantes y rinocerontes que, a juicio de los investigadores de la Universidad, no están suficientemente valorados en su salida al mercado cabría revisar esos precios en base a criterios ambientales.

Dos décadas de análisis

Entre las conclusiones de los dos años largos de trabajo de estos dos ecólogos se destaca que las especies más costosas no necesariamente son las más valiosas desde el punto de vista de la diversidad. El estudio publicado en "Scientific Reports" revela, además, que esta relación entre precio de mercado y valor ecológico no ha variado durante el periodo de tiempo estudiado, desde 1991 hasta 2012.

Los resultados obtenidos sugieren que las políticas de conservación y gestión del medio ambiente no deberían estar basadas en los costes económicos de las distintas especies sino en su mayor o menor contribución a la biodiversidad. Y continúan refiriéndose a la necesidad de alcanzar fórmulas "más allá de modas" donde las preferencias de los consumidores se guíen más por la importancia biológica del bien y no por las dificultades de observación de una determinada especie en un safari, concluyen los investigadores. "Si encontramos la oportunidad, podría realizarse el mismo estudio en Asturias; por qué no", plantea Miranda.

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