¡Adiós, "Pelle"!

Necrológica de un gato gris atigrado, fiel a sus costumbres, amante de la lectura y que pese a su delicada salud disfrutó de correrías

16.04.2016 | 11:39
"Pelle", dormido en el regazo del autor, Ignacio Gracia Noriega.

Hace seis o siete años, José Luis García Delgado encontró un gatín gris atigrado con el vientre amarillento y ojos enormes, que debía de tener mes o mes y medio de edad; le hizo una gracia y el gatín le siguió hasta su casa en Muros de Nalón. Allí le bautizaron "Pelle", por la película "Pelle, el conquistador", porque les encantó. En verdad era un gatín lleno de encanto. José Luis me lo regaló y desde entonces vivió en Sevares. La primera vez que le vi dormía sobre un almohadón y era un gatín muy pequeño; nunca creció demasiado y su salud no era buena. Pero pronto aprendió a vivir como un gato que habita en una casa rodeada de campo. Sabía cómo salir del jardín y cómo volver, cómo correr más que la perra de Bernardo, nuestro vecino, cómo saludar cuando había visitas y después retirarse para no resultar pesado, y mantenía una batalla campal con las pegas, que se alborotaban cada vez que le veían. Si escuchábamos un gran alboroto de pegas en el bosque, era "Pelle" que se acercaba, con paso señorial, sin darse prisa ni concederles demasiada atención, tan sólo alguna fugaz mirada hacia arriba. A veces permanecía cuatro o cinco días fuera de casa, lo que me sacaba de quicio: ¿Qué habría sido del pobre "Pelle"? Y "Pelle" siempre volvía, llamando discretamente a la puerta del porche, en mejores o peores condiciones, a veces hecho un desastre y otras sin grandes perjuicios. Supongo que en una pelea con otros gatos o por forzar a una gata recibió un tajazo en la nariz, del que le quedó la cicatriz mientras vivió. Tuvo varios hijos: la "Diana"; el "Rubio" (cuyos hermosísimos ojos hacían juego con su piel); "Pepe Avello", que era y es muy bueno; "Panza Arriba", gordo y pacífico, en total conformidad con la vida y el mundo, de cuya manera de saludar le viene el nombre. Pero "Pelle" no miraba para ellos, los trataba con la máxima indiferencia, procurando que no le causaran problemas, como si tuviera que comprarles zapatos y pagarles la factura del colegio.

Era uno más de la casa, que tenía sus costumbres y lugares preferidos: en invierno, cerca de la calefacción; en verano, echándose sobre la hierba. Por las mañanas se metía en mi cama y leía conmigo; deja a la mitad su lectura "La tregua", de Primo Levi. Al afeitarme, se subía sobre mis hombros y lamía el jabón. Después daba un reconfortante paseo por el tejado. En invierno, muchas tardes las pasaba leyendo sobre mi manta; por la noche veía la televisión con nosotros y se acunaba en mi brazo derecho como si fuera un bebé. Cuando cansaba, iba al regazo de mi mujer a dormir profundos sueños en technicolor.

Hace un año le diagnosticaron una enfermedad muy grave. Pero continuó haciendo una vida normal, menos encantador, más enfurruñado. Para comer había que darle conversación y para esto se las arreglaban muy bien mis cuñadas Marichu y Carmen. Entonces "Pelle" comía, dolorosamente, pero yo creo que intuía que le pasaría si dejaba de comer. Hace tres o cuatro días todavía hizo su última salida nocturna. Que la haya disfrutado.

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