08 de septiembre de 2016
08.09.2016
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Texto íntegro del discurso de la ceremonia de entrega de las medallas

El discurso de Javier Fernández: La pluralidad enriquecedora de Asturias

Cada septiembre ampliamos la orla institucional con quienes consideramos nuestros mejores

08.09.2016 | 09:24

La noticia del periodista que se convirtió en noticia saltó la mañana del 3 de agosto, cuando el Consejo de Gobierno decidió conceder la Medalla de Oro de Asturias a José Manuel Vaquero. La historia, buena historia, que tenía el Ejecutivo en sus manos la completaban seis nombres, galardonados con plata: las cooperativas El Orrio y Campoastur, el pintor Alejandro Mieres, la Fundación Banco Sabadell, la Asociación de Ayuda a Personas con Parálisis Cerebral y Laureano Víctor García Díez, presidente de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago Astur-Galaico del Interior.

Éste es un discurso de agradecimiento. Cada verano, el Gobierno señala a unas cuantas personas con el índice. Las fuerza a endomingarse, a guardar asiento un rato largo en un escenario horneado de focos e incluso a apurar el trago de hablar en público. Son quienes decidimos que merecen las medallas de Asturias, la orla institucional que ampliamos cada septiembre con los retratos de los que consideramos nuestros mejores. Así que las primeras palabras son gracias por su ejemplo; gracias, también, por estar aquí.

De la acción de gracias a la injusticia. Cada año perpetramos una, premeditada. Nos obligamos a una elección que jamás será plena. Nunca podremos distinguir a todos los hombres y mujeres dignos de protagonizar este acto. La estadística calcula el margen de error. El desconocimiento y los olvidos también nos desvían al fallo.

Esa certeza de la injusticia inevitable nos impone la obligación del esmero: ser escrupulosos, deliberar desguarnecidos de anteojeras y sin echar cuentas a provecho propio. Cumplidos esos requisitos, afirmo que quienes comparten este escenario se han ganado que les reconozcamos como personas y colectivos ejemplares.

José Manuel Vaquero, les conté al principio, es periodista, circunstancia que quizá alguien, alienígena o no, ignore en este salón. No se rían: nunca den un dato por supuesto. Y no es un detalle menor. Un periodista tiene el deber de incomodar al poder, sea político, religioso, judicial, militar, parroquial o, añado, mediático, que también manca. Si pregunta, molesta y si informa, molesta. Vaquero ha sido, es, periodista muchos años y por lo tanto ha molestado mucho. Si vale mi testimonio, como un tábano o una mosca, sin posarnos en más partes. En este caso, por saludarlo como no manda la buena educación, el gusto era suyo y la molestia, mía.

¿El Gobierno de Asturias otorga la Medalla de Oro a un periodista incómodo? Pues no, ése no es el titular, halagador para el gremio. En el periodismo uno puede ser molesto y malo, una combinación espantosa, o molesto y bueno, que es peligrosísimo para el interrogado. Vaquero representa la segunda categoría, la de alto riesgo. Ahora bien, tampoco aquí está la noticia. Que haya sido buen periodista incómodo tampoco es la noticia de esta medalla.

¿Se preguntan dónde está? Pues la noticia está en LA NUEVA ESPAÑA.

La medalla de oro premia al hombre que acertó convertir LA NUEVA ESPAÑA en uno de los mejores periódicos nacionales. Que Vaquero no lo logró solo es obvio; que lideró ese proceso durante tres décadas y que lo personifica como nadie, indiscutible.

Los sentidos se acomodan rápidamente a lo bueno, se regalan la vida muelle y se vuelven de un exquisito insoportable. Los sentidos, unos picajosos, no valoran aquello a lo que se habitúan. Por costumbre de años, quizá no calibremos el mérito periodístico y empresarial que supone que una Comunidad Autónoma con un millón raspado de personas cuente cada amanecer con uno de los diez diarios más importantes de España (también vale la pantalla, pero convengamos en que ésta es, sobremanera, una historia impresa: huele, entinta los dedos, quiere codos desplegados en la barra del bar para afincar la posición sobre las páginas manchadas de café). El capitán de esa aventura empresarial y periodística –¿qué es una aventura sin capitán?– es quien recibe la Medalla de Oro de Asturias.

Sobre la capacidad de LA NUEVA ESPAÑA para compaginar la información local y global, que no es un par antagónico, se ha escrito mucho. La evidencia no necesita realce. Prefiero destacar otro rasgo muy acusado y que, extraño, se enfatiza menos. Como el oficio del periodismo tiene sus escolásticos, aclaro que no rivalizo: ofrezco una explicación simple y parcial del éxito de LA NUEVA ESPAÑA. Una empresa periodística suma publicidad, distribución, impresión y unos cuantos factores concurrentes más. Cuanto mejor sea cada uno de ellos, mejor será también el resultado del conjunto. Hasta ahí, todo puede alcanzarse con medios y la recluta de buenos profesionales. Ahora, para elevarse a la difusión y al alto número de lectores de LA NUEVA ESPAÑA es necesario algo más que sólo lo proporcionan la intuición, el olfato, la destreza para pellizcar el trigémino de la atención pública, nómbrese como se quiera. Dicho en pomposo, una comunión con la sociedad que no se alcanza sólo con un producto bien facturado. Ignoro la fórmula magistral, pero en una comunidad como Asturias, con una sociedad civil trabada y heterogénea, un principio activo básico ha de ser el pluralismo. No se trata de la línea editorial, que es cosa distinta. No confundamos: la opinión del periódico es la del periódico, y la de cada lector, la suya. Intuyo que el respeto de LA NUEVA ESPAÑA a la pluralidad, su voracidad, más que capacidad, de acogida para pedir, fomentar y confrontar pareceres para reflejar la discrepancia sin almenar al periódico en un búnker de su propio criterio es clave en su éxito. Eso también se llama ejercer la libertad de expresión. Vaquero supo utilizar esa libertad germinal de la democracia en beneficio de LA NUEVA ESPAÑA al no convertirla jamás en coto exclusivo. Hace falta habilidad para que la orientación del periódico, por marcada que esté, nunca haya degenerado en una alambrada para las demás opiniones, y ahí ha estado también la buena maña de José Manuel Vaquero.

El pintor Alejandro Mieres, Medalla de Plata de Asturias, es muestra de libertad de expresión consciente y decidida, en todos los aspectos. Para el Gobierno ha sido un honor tener la oportunidad de distinguir a este palentino que ha hecho de Gijón su hogar, también pictórico, desde hace más de 40 años. ¿Cómo se llama a quien amasa la luz, construye geometrías admirables de color? No doy con el nombre, pero digamos que las manos de Alejandro Mieres, catedrático de instituto hasta su jubilación, son artesanas de ese prodigio expresivo.

Su obra, estudiada y reconocida por la crítica especializada, está presente en varios de los museos más importantes de España. Estos días, precisamente, tenemos la fortuna de poder contemplar parte de su creación en el Museo Barjola, en Gijón. Quiero agradecerle de forma muy especial su presencia en este acto, un lugar donde debería haber estado hace ya muchos años.

Laureano Víctor García Díez es un caminante. Preside la Asociación de Amigos del Camino de Santiago Astur-Galaico del Interior y la Agrupación de Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago del Norte. La conservación, la mejora y la divulgación de los caminos de Santiago que cruzan Asturias se ha hecho en muchos casos al ánimo del paso de Laureano Víctor García. En julio del año pasado, la Unesco incluyó los Caminos de Santiago del Norte Peninsular en el listado del Patrimonio Mundial. Esa decisión culminó un esfuerzo en el que también participó quien hoy recibe la Medalla de Plata. A estas alturas, nadie discute el potencial cultural y turístico de los caminos de Santiago. Todas las administraciones e instituciones vinculadas con su cuidado y promoción hemos de esforzarnos en preservarlo y sacar el mayor provecho, porque, como bien sabe Laureano Víctor García, si en esta cuestión hay camino recorrido, aún tenemos muchísimas etapas pendientes. Si de Alfonso II se relata que fue el primer peregrino a Iria Flavia, hoy añadimos a este caminante a la gran historia jacobea de Asturias. En este caso, la compostela no se otorga por haber finalizado una vez la ruta, sino por décadas de recorrido. Esa compostela es la Medalla de Plata del Principado.

Las cuatro restantes corresponden a cuatro colectivos. Dos son cooperativas vinculadas de distinto modo al mundo rural. El subrayado lleva intención: los problemas del campo y las dificultades de la vida en el medio rural son obvias; distinguir a quienes luchan por superarlas es de justicia. Fijémonos en la cooperativa El Orrio: integrada por mujeres, lleva 25 años dedicada a la atención domiciliaria, contribuyendo a la igualdad de género. Fundada en 1991 en Tapia de Casariego, cuenta con diez socias que ofrecen servicios a mayores dependientes, con discapacidades físicas, sensoriales, cognitivas, intelectuales y enfermedades mentales. Al igual que señalé en la primera parte de esta intervención, es probable que también en este caso nos cueste sopesar hasta qué punto es meritoria la labor de El Orrio: mujeres que se asocian en el Occidente para combatir la desigualdad de género y para favorecer la equidad en la prestación de servicios en el medio rural, una de sus carencias más notables.

La cooperativa Campoastur también recibe la Medalla de Plata. Hablamos del otro pilar que sostiene al medio rural. Uno lo argamasan las infraestructuras y equipamientos, el desarrollo de prestaciones como las de las socias-trabajadoras de El Orrio. Otro es el avance del sector primario: sin su consolidación económica, el declive sería inevitable. A eso se dedica Campoastur: a ayudar a los agricultores y ganaderos para que puedan trabajar y comercializar mejor en un mercado global y exigente. Nacida en 2012 después de la integración de seis cooperativas, cuenta con 18 delegaciones en Asturias, tres fábricas de piensos para ganadería convencional, otra para ganadería ecológica y seis gasolineras. Transforma y comercializa productos, da servicios de sustitución para profesionales y atiende sus demandas formativas. Recito esta retahíla porque las características de nuestro sector primario, ahormado por el minifundismo original, hacen que la fórmula cooperativa sea una de las más adecuadas para sus necesidades.

La Fundación Banco Sabadell recibe su Medalla de Plata por su compromiso con la Universidad de Oviedo. Constituida en 1994, su finalidad es promover la divulgación, formación e investigación educativa, científica y cultural. La concesión de becas, las ayudas a la investigación, la convocatoria anual del premio Fundación Banco Sabadell para investigadores menores de 40 años y la colaboración con el Campus de Excelencia Internacional de la Universidad forman parte de sus actividades. La medalla reconoce todo ese compromiso que, quiero resaltar, la Fundación Banco Sabadell logra hacer notar. Eso también es un mérito: su colaboración se advierte y, lógicamente, se aprecia, porque ayudar a los jóvenes, fomentar la investigación y apoyar a la Universidad de Oviedo equivale a confiar en el futuro de Asturias.

La Medalla de Plata concedida a la Asociación de Ayuda a Personas con Parálisis Cerebral no necesita explicación. Lleva el galardón en el nombre. Hablamos de un trabajo constante desde hace más de 50 años a favor de una atención integral y de calidad a quienes sufren este problema. Superadas numerosas dificultades, la asociación, constituida en 1964, gestiona una unidad de atención temprana, un centro de educación especial, otro de integración, otro de empleo y uno más de carácter residencial. Aproximadamente, hoy responde a las necesidades de ciento ochenta personas y sus familias. En este caso, no hay que añadir un adjetivo, la descripción lo dice todo. Este galardón es, más que un reconocimiento, un deber: la calidad moral de nuestra sociedad exige que Aspace reciba la Medalla de Plata.

He resumido siete medallas. Pido disculpas a los galardonados porque habré relegado méritos notables. Permitan que destaque, además, lo diferentes que son ustedes, la diversidad de trayectorias, de intereses, seguramente también de criterios. Los reúnen hoy aquí dos características: son muy buenos en lo suyo y, en consecuencia, son buenos para todos, porque las diferencias y el pluralismo son enriquecedores si coinciden en el bien común. En el Día de Asturias, la celebración que nos convoca, estemos orgullosos de nuestra pluralidad, pero sepamos allanar nuestras divergencias a favor del interés colectivo. La diversidad que se encastilla soberbia y desdeñosa, que se aísla y confunde acuerdo con rendición se convierte en fragmentación yerma. La entrega de estas medallas quiere ser un elogio a nuestra pluralidad enriquecedora, la que suma a favor de Asturias. En eso pensábamos la mañana del 3 de agosto, cuando saltó la noticia del periodista que se convirtió en noticia. A él, a todos los galardonados, a todos ustedes, muchas gracias. Feliz Día de Asturias.

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