09 de julio de 2017
09.07.2017

Discurso de Javier Fernández al recoger la Almuravela de Oro

Fernández ha admitido definirse como moderado pese a ser consciente de que esta actitud "carece de atractivo en la política porque no da titulares",

09.07.2017 | 18:26

En primer lugar, proclamo que me gusta Cudillero. Me gusta desde arriba y desde abajo; el de las postales y el que se empina y despeña por las calles. Me gusta visitarlo y me gusta también estar aquí hoy con ustedes.

En segundo lugar, quiero decirles que hay gente en política para la que lo importante es que hablen de ellos, aunque sea mal. No es mi caso: tengo que confesar que sí me gusta que hablen, pero bien.

Gustavo Suárez Pertierra ha hablado mucho de mí. Ya supongo que no se lo irán a creer todo, porque hasta los prudentes se exceden con el elogio. Muchas gracias por tu afectuosa semblanza, Gustavo: por un momento pensé que por fuerza estabas hablando de otra persona, que habías elegido alguna biografía del santoral. No obstante, has destacado algo que voy a aprovechar. Has subrayado mi pasión por la lectura.

Lo cierto es que si como lector no soy bueno, al menos sí soy asiduo.

Eso tiene su importancia, porque para cualquiera, y por supuesto para los políticos, la afición a la buena literatura no es una pérdida de tiempo, sino un ingrediente fundamental de la pasta que los conforma. La comunicación sólo es posible mediante el lenguaje y el lenguaje se adquiere por impregnación. Por eso creo, como Vargas Llosa, que la literatura es tan importante para los políticos: porque debemos, deberíamos, ser capaces de hablar un lenguaje que la gente pueda entender. Para que a partir de ese entendimiento, de esa comprensión de lo que queremos decir, la gente decida y entonces apruebe o repruebe, acepte o rechace, elija o reelija. De ahí que cuando el lenguaje político se desviste de matices para reducirse a clichés, estereotipos y consignas la esencia misma de la política se desvanece. No sé si como quería Celaya la poesía fue alguna vez un arma cargada de futuro; desde luego la palabra es el arma más poderosa de la política, el arma de convicción masiva.

Fíjense que no me refiero a que lo que diga el político sea cierto. Hay discursos que se abren paso por razones distintas a su verosimilitud. En los últimos años, con la impagable ayuda de la red, donde las mentiras más pesadas se balancean con plena seguridad, como los elefantes en la tela de araña de la canción infantil. Digo que no me refiero tanto a la certeza como a que si el lenguaje no cuenta con la suficiente contaminación literaria las opiniones sobre el bien y el mal, lo legal y lo ilegal, lo público y lo privado, lo propio y lo ajeno, quedan en escuálidas dicotomías sin matices, repetidas por políticos formados en la escuela de muñecos ventrílocuos que evitan con eslóganes y sambenitos las facetas inconvenientes de la realidad.

Imagínense la muela de un molino, a vueltas ruidosas sobre el eje. Eso ocurre también con algunos discursos de apariencia muy potente, pero incapaces de acercarse al otro. Los clichés son palabras que giran sobre sí mismas, inservibles para el diálogo.
No se trata de un asunto menor, porque la polarización política aumenta en la misma proporción en la que disminuye la calidad del debate. En nuestro país, el debate está monopolizado por el eje izquierda-derecha tanto en lo económico, lo social, lo cultural y lo moral como en lo territorial. Y tal es el dominio de ese monopolio que quienes han querido introducir planteamientos más transversales –por ejemplo, en términos de vieja y nueva política, arriba y abajo, o ciudadanía y élites- han abandonado esa pretensión para ubicarse definitivamente en la izquierda de la izquierda. Después de tanto amago, la posición en el eje izquierda-derecha sigue siendo el gps más socorrido para la localización política.

En este contexto, ustedes me distinguen con lo que denominan "un discurso conciliador y dialogante". Si se puede calificar así, será seguramente porque soy un tipo moderado, y tan consciente de serlo como de que la moderación carece de atractivo en la política porque no da titulares.

Ser moderado es saber (lo he dicho muchas veces) que la política es un aprendizaje de la decepción, porque está incapacitado para ella quien no haya aprendido a dar por bueno lo que no le satisface plenamente. No puede ser moderado ni el político de las reivindicaciones absolutas, ni el que piense que su interés se formula contra otros, ni el de la insobornable intransigencia moral.
Aclaro que tampoco se trata de hacer política a golpe de consenso universal. Ser moderado no consiste en negar el conflicto; de hecho, la política es inevitable justamente porque el conflicto también es inevitable. La firmeza y la moderación no son enemigas; tampoco la discrepancia y la moderación son incompatibles. La moderación sí se lleva mal con las categorías absolutas, con el fanatismo, el sectarismo, la confianza en la posesión de la única verdad.

Ser moderado consiste en no interpretar la política como un combate, en no achicarla a un antagonismo concreto que opone un nosotros virtuoso frente a un ellos vicioso. Consiste también en desterrar del lenguaje político el tono camorrista, el matonismo amedrentador, en renunciar a la descalificación ética del adversario al que se describe a la manera hindú como un "intocable".
No es fácil. Azaña decía que "el carácter español transforma los problemas en tormentas de pasión" y añadía que ese carácter agregaba "una violencia peculiar a todas las facetas de la vida".

No me gusta rendirme al tópico, a esa visión exaltada y romántica del carácter español, tan frecuentada en los últimos siglos por los propagandistas de nuestra leyenda negra, tan añorada también por el casticismo trabucaire para justificar el retraso científico y el desdén por la investigación.

Digo que detesto el tópico, pero ochenta años después, al escuchar algunos discursos no puedo más que dar la razón a Azaña. No se trata, afortunadamente, de que otra vez a media España le sobre la otra mitad, sino que la dialéctica amigo-enemigo parece convertirse de nuevo en el eje capital de una idea de la política en la que lo que importa es ser uno de los nuestros.
Para ser justos con los tiempos del que fuera presidente de la Segunda República, la devastación de las formas alcanza un nivel inédito entonces. Hoy ni siquiera se injuria con buen gusto, quizás porque el insulto parlamentario, uno de los géneros más exigentes, requiere dosis de tacto y refinamiento intelectual de los que carece la actual clase política.

Esa aspereza de nuestra vida pública dificulta el diálogo en la medida en la que la negociación y el acuerdo precisan de un aprendizaje que sólo es posible a partir de una cierta disposición psicológica cada vez más infrecuente. En un país en el que, como decía antes, el eje izquierda derecha lo succiona todo, la política se convierte así en un limbo en el que se juega con las necesidades, las emociones, las aspiraciones, las frustraciones de la gente y las reputaciones de los políticos.

La política se convierte de este modo en un territorio en el que se ha producido un giro hacia la argumentación emocional que no puede ser replicada con lo que Hayek llamaba "la fatal arrogancia del exceso de razón".

Un tiempo en el que a los mejores les falta convicción y a los peores les sobra apasionamiento es, en efecto, el tiempo de una democracia sentimental, donde se imponen quienes confunden las realidades sociales con las redes sociales y en la que las apelaciones a la razón, antes entronizada, se desmigan al chocar con el muro de la ciberpolítica.

La política se transforma también en un lugar donde impera la sentencia disyuntiva: "me gusta", "no me gusta" que suprime de un golpe toda posibilidad de discusión, todo atisbo de duda. Y dudar es muy importante. Créanme, yo siempre tengo dudas. Se que los doctrinarios tienen el privilegio de no verse afectados por las perplejidades y la inseguridad que asaltan al resto de los mortales, pero para conciliar posiciones, para pactar, para negociar, hay que tener muchas dudas y, eso sí, unas pocas certezas. Al fin y al cabo, la duda es una actitud plenamente humana.

En la política española ocurre al revés. Los populistas no dudan. Eso sí, cambian, mutan, fluyen. Se contradicen a diario sin que nadie les pida cuentas de su autorectificación continua, porque la solidez nunca les ha importado. El populismo ya era líquido antes de Zygmunt Bauman.

Los nacionalistas tampoco dudan. Ahí siguen con sus naciones, sus soberanías, sus referendos y demás entelequias metafísicas, ese lenguaje mítico con el que preparan las tisanas que nos marean con sus vapores. Andan también en búsqueda de una emoción, la expectativa colectiva ante una supuesta parusía que inaugurará un mundo nuevo. Me dicen siempre que al independentismo no se le puede replicar sólo con la ley, con la espesa prosa de los juristas, porque es un sentimiento, el sentir propio de quienes se consideran nación. Yo respondo que ya lo sé, que tengo muy claro que hay un fortísimo componente emocional, y que precisamente mi preocupación es que no se conteste al sentimiento con el sentimiento, porque los choques emocionales tienen muy mal remedio. No sé cuál será el punto exacto de la solución, pero estoy convencido de que sólo se alcanzará mediante la razón, la política y la duda. Y si de algo carecen los independentistas es de dudas. Créanme de nuevo: tratar con gente que siempre va cargada de certeza resulta muy problemático.

A estas alturas creo que puedo proclamar que creo en la duda y en la palabra, las reivindico como requisitos esenciales para el diálogo y la acción política. Las reclamo ante la tensión independentista, ante la falta de consensos básicos como el que es necesario para ordenar la educación, ante la reforma de la Constitución, ante todos los grandes problemas que no pueden despacharse con el encastillamiento de quien se supone dueño de la única razón. Las reivindico también en Asturias, convencido de que existen desafíos como el declive demográfico, la lucha contra la corrupción o el área metropolitana que no deben ser abordados como un empeño solitario, sino como tareas que nos conciernen a todos quienes asumimos que participar en las instituciones nos exige un plus de responsabilidad, ese plus que nos obliga a quitarnos la escafandra de nuestras convicciones absolutas para favorecer el interés general. Pregunto: ¿a quién le sobra el diálogo en Asturias?

Sigo con mis dudas. Una de ellas es si dentro de dos años, cuando me retire de la vida pública, me adscribiré a una ONG. Siempre pensé que toda unilateralidad es deformante: estar solo a favor de algo, no tener otro criterio que la técnica, ser completamente de un lugar € en cambio, lo de las ONGs es distinto por lo que supone de responsabilidad desinteresada, por su altruismo y su papel benefactor. Además, la gran ventaja que tienen frente a la política es que explican la realidad y el mundo con una sola referencia, un solo objetivo y un solo problema, despreocupándose o al menos abstrayéndose de todo lo demás. Esa concentración tiene que generar una gran paz interior. Tengo dudas de si lo haré; lo que no dudo es que siempre militaré, como Camus, en el partido de los que no están seguros de tener razón.
Como tampoco dudaré en regresar a Cudillero. No sé amurar una vela, no tengo aficiones náuticas. Aunque la política está atiborrada de metáforas marineras, carezco de todas esas destrezas propias de las novelas de Salgari, ésas donde tropiezas con palos mayores, trinquetes, jarcias, barloventos y castillos de proa. Confieso que solo en una barca estaría condenado al naufragio. Pero también hubo un poeta que hablaba de la dulzura de naufragar en este mar. Sin duda, sería un buen desenlace: llegar desarbolado a la costa y alcanzar la plaza de la Marina para encontrarme con todos ustedes y recibir, como hoy, un cálido abrazo pixueto.

Muchas gracias.

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