04 de mayo de 2018
04.05.2018
Opinión

La Asturias real y su lengua

¿Qué pasó con el asturiano? ¿Por qué no mereció el mismo trato que el gallego, el mallorquín o el aranés? ¿Habremos de contemplar de brazos cruzados su desaparición?

05.05.2018 | 15:15

Conozo un país onde´l mundu llámase Zarréu Grandiellu Picu la Mouta Paniceiros
Un mundu que perdéu l´aldu los caminos
Xerusalem llevantao na palma la mano d´un nenu€

Paniceiros, de Xuan Bello

Desde el punto de vista de una persona crecida y educada en la meseta castellana, reconozco que mi posición inicial respecto de las lenguas del estado español distintas del castellano es equidistante.

De pequeños aprendíamos que en muchas regiones de España había lenguas propias, en aquella época llamadas dialectos. No suponía ningún problema reconocerlas, cada una con su nombre, como una característica más, junto con sus ríos, sus montañas, su población o sus monumentos. Todo ello se estudiaba en los libros de texto.

Cuando se fue configurando el Estado de las Autonomías, las regiones se redefinieron, se convirtieron en Comunidades Autónomas, establecieron sus propias identidades mediante la aprobación de sus Estatutos, se pusieron en marcha los Parlamentos y los Gobiernos autonómicos€ y algunas de ellas llegaron a otorgarle a su lengua el estatus de oficialidad.

Sólo algunas de ellas. Asturias quedó pendiente.

Asturias siempre ha tenido su color, su idiosincrasia, su identidad y su lengua propias. Todos lo sabíamos y lo reconocíamos, con simpatía desde fuera y con orgullo desde dentro.

Pero, mientras sus recursos naturales y humanos se mantienen vivos, sus recursos económicos se encuentran en crisis y su lengua está agonizando.

¿Qué pasó con el asturiano? ¿Por qué no mereció el mismo trato que el gallego, el mallorquín o el aranés? ¿Habremos de contemplar de brazos cruzados su desaparición?

Demanda social siempre la hubo. Una demanda paciente y tranquila, basada en la ternura que inspira a los jóvenes oír las expresiones que escucharon de sus abuelos y la sensación reconfortante que esas palabras suscitan a quienes se encuentran lejos de su tierra.

Quizás algunos de sus hablantes son aún demasiado tímidos para reivindicar con suficiente energía aquella lengua que en sus años de escuela arrancaron a golpe de cachetes los maestros fieles al régimen, y otros sencillamente continúan esperando con paciencia que llegue el momento oportuno.

Pero el momento oportuno, al fin y al cabo, depende fundamentalmente de la voluntad política del Gobierno y de la aritmética parlamentaria. Y hasta ahora lo único que se ha puesto de manifiesto es la dejadez, por una parte, y la beligerancia, incluso, por otra, para emprender la necesaria reforma estatutaria.

Mientras tanto, un puñado de escritores mantienen con dignidad el estandarte de la literatura en asturiano, dentro y fuera de nuestras fronteras, unos docentes no reconocidos ejercen su papel casi invisible de transmisión a los escolares y la Academia de la Llingua lucha contra viento y marea por una defensa inquebrantable de este patrimonio de todos.

En el transcurso de las numerosas sesiones de comparecencias celebradas en la Junta General en el seno de la Comisión de Estudio sobre la protección y promoción del Asturiano, puesta en marcha a propuesta del Grupo Parlamentario de Izquierda Unida, tuve la ocasión de oír a expertos de todos los ámbitos explicando su posición respecto de la Llingua.

Comprendí así las razones técnicas de lingüistas y académicos universitarios, los argumentos de tipo social de representantes de numerosas organizaciones, los lamentos de artistas que chocan con barreras infranqueables a la hora de intentar exportar su arte o de optar a premios nacionales e internacionales, incluso las quejas de empresarios que encuentran impedimentos para darle una impronta particular a sus productos.

Todas y cada una de las voces reclaman la oficialidad del asturiano y del gallego asturiano en su ámbito. Voces cargadas de razones, de argumentos, de lamentos o de quejas, pero todas en la misma dirección, exigiendo de nosotros, sus representantes políticos, que ejerzamos nuestra responsabilidad para llegar a un consenso sobre la Llingua.
No es el momento, pues, de disonancias, de extrapolaciones ni de confrontación. No es el momento de agoreros, de catastrofistas ni de cavernarios profetizando desastre y destrucción.

Es el momento de la negociación y de la sensatez para llegar a acuerdos sobre una oficialidad acorde a las expectativas de nuestra gente, con sosiego, con prudencia, pero también con la valentía y la confianza de saber que podemos conseguirlo y que seremos capaces de hacerlo bien.

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