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El fierro del diablo Historia de un carretero de los que ya no quedan

 
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JAVIER GANCEDO De nuestro corresponsal,

Falcatrúas


Un día estaba Pepe el Ferreiro trabajando en su fragua con audiencia de gente menuda alrededor. Antes de que empezaran a disgregarse para explorar los rincones del taller y originar problemas o accidentes, Pepe les lanzó una pregunta: ¿Sabéis lo que pasó entre el diablo y el sabio Salomón? Los críos negaron conocer el asunto y adoptaron inmediatamente la postura de escuchar con atención una historia. Menos mal que aquellos paisanos de antes, a los que no molestaba contar cuentos a los rapacinos, no tenían que competir con ninguna «pleisteixon».
En Bildeo había contadores de cuentos especializados: el Ferreiro, experto en cuentos donde interviniese algún invento, algún adelanto de la ciencia; Francisco Colasa explotaba la infinita gama de los cuentos fantásticos, a veces algo verriondos, pero bueno, los rapacinos indígenas asumían que el toro montaba a la vaca, el burro a la burra y encontraban bastante natural que los paisanos de los cuentos se pusieran algo necios corriendo detrás de alguna muyer en pulguina; José Bruno era el de los romances y lo mismo te soltaba una andanada de Gerineldos que te recitaba las estrofas de la loba parda, que marchó con una oveja al hombro; Francisco el Taberneiro dominaba las historias de los vecinos de Bildeo y países limítrofes, vivos, muertos y en prevengan.

Si el público natural de Pepe el Ferreiro, Francisco Colasa y José Bruno eran los rapacinos, los incondicionales de Francisco el Taberneiro eran los guardias civiles y el Pingarato, el cura, que bebían los vientos por conocer las historias particulares y cruzadas de cada bildeano con tantos pelos y señales como sabía el astuto cantinero.

-Pues el diablo y el sabio Salomón eran ferreiros en el mismo pueblo, pero no se hablaban, se llevaban fatal y mientras al sabio Salomón todo le salía bien, los fierros soldaban sin mayores dificultades, al diablo se le despegaban, todo le salía mal, no acababa de dar con el quid de este asunto que es fundamental en la fragua. Entre profesionales del mismo ramo, puede y debe haber colaboración, pero entre rivales, como era el caso, al enemigo ni agua. Menudo era el sabio Salomón, que se cerraba a cal y canto para no revelar sus métodos de trabajo y no permitía a nadie entrar en sus dominios. El diablo trataba de averiguar cómo soldaba Salomón los fierros a la calda, porque en aquellos tiempos no existían otros procedimientos para soldar como hay actualmente. Una mañana, viendo a la chiquillería salir de la escuela para jugar en el recreo, alborotando el valle entero, tuvo una idea, así que llamó a los críos y les propuso un trato:

-Os doy un saco de caramelos para repartir entre todos si a partir de mañana vais durante el recreo delante de la fragua del sabio Salomón y empezáis a cantar «¡El fierro del diablo, soldó! ¡El fierro del diablo, soldó!» Nada más que eso, pero sin parar.

Los chiquillos aceptaron encantados el ofrecimiento y al día siguiente, al salir al recreo, fueron todos corriendo a cantar el sonsonete dando vueltas alrededor de la fragua del sabio Salomón, que trabajaba con la puerta y las ventanas cerradas. El concierto duró la media hora larga del recreo. No pasó nada. Al otro día, al otro y al siguiente, la misma canción. A los pocos días, el sabio Salomón, harto ya de la serenata, abrió una ventana y gritó muy cabreado:

-Ya está bien de armar tanto jaleo: si el fierro del diablo soldó, fue porque arena y escoria le echó.

Los chiquillos fueron corriendo a la fragua del diablo y le contaron lo que había pasado. De modo que era ese el secreto, dijo para sí, y se puso manos a la obra.

El Ferreiro, mientras contaba el cuento a los críos no dejaba de trabajar.

-El diablo cogió una piedra de arena como ésta y la machacó hasta hacerla polvo.

Y Pepe el Ferreiro deshacía la piedra con el martillo, reduciéndola a arena sin gran esfuerzo. Luego escogió un pegote de escoria ya frío, de los que salían del fogón amalgamando carbón y restos de acero, y repitió la operación de triturado. Mezcló una porción de ambas moliendas, sacó del fuego las dos piezas que tenía que soldar, estaban al rojo blanco, las colocó sobre el yunque y extendió una capa de la mezcla por la superficie de contacto entre ambas, dando unos martillazos secos, que sonaron apagados, al estar el acero pastoso por el calor.

Volvió a meter al fogón las dos piezas sujetas con las tenazas y dejó que agarraran más calor dando una serie de tirones a la pértiga que hacía soplar el fuelle; instantes después volvían al yunque como un avispero del que salían disparadas chispas en todas direcciones a cada martillazo. El Ferreiro trabajaba entonces dando la espalda a los críos, que estaban avisados, para protegerlos de la lluvia de chispas. Al cabo de unos minutos, se volvió hacia la chavalería:

-¿Veis? El fierro del diablo soldó, y el mío también. Sin soldadura eléctrica, ni sopletes, ni nada. Se sigue haciendo igual desde hace muchos siglos.

Los chiquillos no aplaudían, pero casi. Tenían al Ferreiro por un hombre de ciencia y alguno ya soñaba con tener una fragua algún día.

-¿Por qué no me enseñas a ser ferreiro?, preguntó uno.

Pepe lo miró sonriendo y se acordó de cuando él era un aprendiz, con quince años, en casa de un buen ferreiro, en otro pueblo, donde estuvo dos o tres años, hasta que su maestro le dijo que no podría enseñarle más, que el resto lo aprendería mejor sólo. En sus inicios como aprendiz, cuando no le salía nada, quemaba carbón en vano, con lo caro que era, y se desesperaba. El viejo ferreiro trataba de consolarlo y le contó otra historia, la de uno que quería ser ferreiro.

-Se trataba de un hombre casado, ya no era ningún crío, y le dio por vender casi todo el ganado que tenía para instalar una fragua y dedicarse al oficio de ferreiro. Al principio tampoco le salía nada, como a ti, se cabreaba, tiraba el martillo y salía de la fragua disgustado, pensando que había hecho una tontería metiéndose a machacar fierro. Su mujer trataba de consolarlo, pero no había modo. En una ocasión en que él, desesperado, arrojó contra la pared el hierro al rojo vivo que estaba forjando y se quitó el mandil de cuero jurando que no se lo pondría más, su mujer le llamó la atención sobre el hierro caliente tirado en el suelo, que había quedado torcido como un gabito:

-¡¡Mira, Lolo, ese fierro quier ser fouz!!

El frustrado ferreiro reparó en ello, volvió a ponerse el mandil de cuero, se aplicó en calentar y machacar la pieza sin perder la curva inicial, producida por casualidad, y acabó por obtener una fouz, algo tosca, pero empezaba a ser un ferreiro. Por eso en cualquier oficio lo primero es querer aprender, ser constante y que alguien te apoye, aunque sea moralmente.


Nota: Una fouz ye una fouz, no hay mucho que explicar, una hoz, en este caso de las que llevan un mango largo, como de un metro, adecuadas para cortar varas de avellano para las fabas. Hay otras con una curva muy amplia y mango corto que se utilizaban más en la huerta y para hacer banderas del Partido Comunista, ambas actividades en desuso.


Seguiremos informando.

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