Diego ROVÉS
Un olor a comida recién hecha se adueñó ayer por la tarde de la plaza Mayor de Llaranes. Si estas fiestas han estado marcadas por la tradición y el folclore desde el inicio, el final no podía haber sido de otra manera. Y es que no hay mejor modo de mirar al pasado que recrearse en las costumbres populares más cotidianas.
«¿Cómo van a salir? Pues riquísimas. ¿Qué otra cosa te va a decir la cocinera?», bromeó Maribel Granda, refiriéndose a las rosquillas que tenía que elaborar, una muestra de que la única manera de que la repostería artesana salga bien es echarle buenas dosis de paciencia.
Mientras tanto, Xuaco González se dedicaba sobre el césped de la plaza al cabruñao de gadaño o, lo que es lo mismo, al afilado de guadaña con martillo. Algunos hombres se paraban frente a él mientras comentaban con sus familiares la dificultad que tal tarea entraña. Incluso uno no pudo contener la añoranza de volver a cabruñar, según decía, por los viejos tiempos.
Uno de los oficios tradicionales que más expectación causó fue la elaboración de chorizos, a cargo de las jóvenes María José Montero y Cristina Díaz. Su tarea parecía sencilla. Amasaron el picadillo adobado para hacer bolas. Después, esas «pelotas» de carne fueron a parar a la choricera, una herramienta con manivela que las convirtió en churros de carne envueltos en la consabida tripa. Por último, María Paz González, la presidenta de la asociación cultural Maura-Xeva, separó los chorizos ayudándose de cordel. «Ahora sólo hay que dejarlos afumar un rato, y listos», concluyó.
El café de manga y el envarado de hierba fueron otras de las rudimentarias tareas que formaron parte de esta muestra de cultura popular asturiana, aunque, para situaciones cotidianas, las que representaron los miembros de la compañía local «Santa Bárbara Teatro» a las ocho de la tarde, con la obra «El boleru de Chano», del neocostumbrista asturiano Arsenio González, que puso fin a las fiestas de Llaranes.