Instantes de felicidad, momentos de horror

02.05.2008 | 00:00
Ventanas de la parte trasera de un edificio con vistas a las vías del tren y a la ría de Avilés. Ventanas de la parte trasera de un edificio con vistas a las vías del tren y a la ría de Avilés.

Alberto del Río, avilesino de guardia, explica cómo los franceses se han marchado en esta ocasión de la ciudad antes del 2 de mayo, refiriéndose al alcalde de San Nazario (Loira Atlántico), Joel Bateaux, y a otros bretones promotores de la regata «La Barquera». En mayo de 1809, una brigada de las tropas de Napoleón se acantonó en Avilés después de pasar a cuchillo a los vecinos que les hicieron frente, «mal armados y peor dirigidos», en Valliniello. La historia ha dejado testimonio de una carga de caballería cerca del puente de San Sebastián, donde fueron masacrados 200 avilesinos. Las tropas invasoras abandonaron la ciudad dos años más tarde y de manera definitiva.
os venden un porvenir feliz, el nirvana eterno o la iluminación, cuando a lo que realmente aspiramos es a ser dueños y señores de un instante de dicha. O, en último caso, a que se vayan resolviendo los problemas cotidianos. Los políticos están ajenos a las cosas del día a día que preocupan a los ciudadanos y cuando lo hacen es para hablar de un bache. La actividad de los munícipes en Avilés se resume de un tiempo a esta parte en ese bache y el Niemeyer. No hay término medio.


La alcaldesa, Pilar Varela, invita a mirar, una vez más, a la ría. Las autoridades celebran la recuperación ambiental de unas aguas que, cada dos por tres, reciben, sin embargo, vertidos industriales en ocasiones no identificados. Todo ello produce una confusión más que razonable entre los ciudadanos que viven inevitablemente la realidad del presente, por más que el futuro lo pinten prometedor.


En la terraza de un bar, pasado el mediodía, un vecino responde con inteligente desdén al reclamo de una ría limpia. «La prueba de que no está limpia son los vertidos». Otro aclara que ya estuvo más sucia. Y un tercero replica que faltaría más, después de haberse invertido millones en el saneamiento. En concreto, 162 millones de euros.


Uno se asoma a las aguas desde la trasera del edificio «Larrañaga» y lo primero que observa es la trinchera ferroviaria, como la señora de la foto. Más allá, está la avenida Conde de Guadalhorce, mitad paseo peatonal, mitad caos de circulación. Al fondo, la ría. Salvo que queramos adivinar, da igual la ventana que se elija para mirar el paisaje.


Decía que la auténtica aspiración es el instante de felicidad que sobreviene en las circunstancias más diversas. En un primer sorbo de cerveza fría, como escribió Phillipe Delerm, durante un trago de buen vino, o esperando la lluvia bajo los tilos, que recordaba Arcadi Espada.Entonces Espada, atrapado por ese momento particular de felicidad, nos habló de un libro de tapa dura y placer largo con la mirada puesta en Montaigne. Y, también, de la consumación de la utopía que representa Ikea -«la socialdemocracia ha dejado, al menos, unos almacenes»-, que es, a mi juicio, todo lo contrario de la felicidad. Me refiero a los almacenes.


Frente a la dicha, la desdicha. Y en primer plano de la actualidad, el horror de un zulo en Austria que acapara estos días la atención de los lectores de periódicos. La maldad no siempre se percibe a simple vista. A veces permanece oculta detrás de una sonrisa o de la mismísima rutina. Nos hemos acostumbrado a escuchar o leer testimonios amables sobre los psicópatas más peligrosos. Leo que a Josef Fritzl, el «monstruo de Amstetten», su vecina Hilde lo tenía por un «tipo normal», mientras Fritzl llevaba una horrible doble vida con su hija y sus nietos secuestrados para alimentar su desmedida lujuria de pederasta. La «normalidad» espanta en Fritzl, lo mismo que las fotos que se han publicado sobre sus vacaciones en Tailandia, con el ridículo tanga y la barriguita, igual que cualquier otro veraneante guiri en las playas de Baleares, esas islas gobernadas por un inquisidor que quiere acabar con el español.


Lo más tenebroso de esta historia es que haya permanecido oculta durante todos estos años en un escenario de aparante quietud. Eso es lo más terrible, porque induce a pensar en todo el horror que pasa por delante de nuestras narices sin que nos demos cuenta. De la Alemania nazi -y continuamos con los monstruos- nos quedan los testimonios de un pueblo que decía no enterarse de lo que estaba sucediendo en los campos de exterminio donde se hacía jabón con los judíos.


Aunque ahora los casos se destapan con una frecuencia inusitada, la historia del horror está cuajada de episodios pederastas. El 22 de diciembre de 1978, Andrei Chikatilo, también conocido por «la bestia de Rostov», abordó en la calle a una niña de 9 años y la convenció con lisonjas para que fuera con él a una cabaña que poseía en las afueras de la ciudad. Una vez allí, la desnudó de manera violenta. En el fragor le hizo un rasguño del que brotó sangre, lo que le produjo una erección. Después sacó un cuchillo y se lo clavó en el vientre. Cuentan los cronistas del horror que «la bestia» con cada puñalada se acercaba más al orgasmo, por lo que no cesó el castigo hasta la eyaculación.Fritz Haarmann,«el carnicero de Hannover», otro caso espeluznante de principios del siglo pasado, perseguía a los adolescentes por los eriales para sacrificarlos y vender luego su carne en el mercado negro.


Avilés se vio sacudida el 18 de abril de 1917 por un sacamantecas, Ramón Cuervo, que acompañó a un niño hasta el bosque de La Arabuya y le abrió la garganta para beber su sangre creyendo que con ello iba a curar su tuberculosis, después de haber sido «asesorado» por un brujo antillano, el «negro Francisco», tan demente como él.


Hay también una maldad evidente que no se nos escapa y que tiene mucho que ver con el camino equivocado que en algún momento de la historia toma la política o los pueblos en su interpretación libre de la historiaÉ Por ejemplo, en Inocencia sólo hay sospechas razonables de culpabilidad y en Galparsoro,colaboración más que supuesta con la ETA. La pregunta para el juez Garzón es qué delito ha cometido últimamente la alcaldesa proetarra de Mondragón para poder enjaularla en el que no haya incurrido con anterioridad. Lo que hoy está claro lo estaba igualmente ayer, sin embargo hace un año se le permitió concurrir a unas elecciones y en estos momentos se la detiene acusada de complicidad con la banda terrorista que ha aniquilado en este país a casi un millar de personas.


La confusión es indudable. Pero los vivos, como ha escrito Umbral en su libro póstumo, somos enterradores hasta que nos entierran.

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