El recodo

Topetazo

 

EUGENIO SUÁREZ «Con la iglesia hemos dado, Sancho», comentó Don Quijote cuando, en la más negra oscuridad tropezaron con la mole granítica del templo de El Toboso. La expresión, tan conocida, demuestra, en principio, que quien la utiliza no ha leído el libro e ignora lo que dice, pues difunde la suposición de que el hidalgo había disentido de la doctrina católica, lo que nunca fue el caso. Toparon con el muro parroquial al comienzo de una noche especialmente oscura, antes de que saliera la luna y le urgieran los anhelos de conocer, por fin, a la dama de sus sueños, a la friegaplatos de su locura amorosa.


Vuelve la moda de atacar a la Iglesia y a sus miembros, como si fuera un estilo recurrente, asunto en cuya pulpa no quiero entrar. Soy un creyente vulgar, tibio y perezoso. Me resulta más sencillo y económico, desde el punto de vista intelectual, creer en los milagros mejor que en los virus y cada vez encuentro menos explicable el fenómeno de la vida y su solución, para romperme la cabeza pensando en el más allá. Está demostrado que, por regla general, las personas mayores -y yo soy un rato mayor- amamos la vida, porque nos preocupa su brevedad. Sin llegar al indecente pánico de la favorita francesa, que se agarraba al verdugo aullando «¡un minuto, sólo un minuto más!» a todos se nos arruga el ombligo pensando en el tránsito y qué es lo que nos espera al otro lado del espejo que hemos de franquear. De esos pensamientos deduzco que el anciano siente mayor apego al logogrifo de la existencia que los jóvenes. La prueba es que no se tiene noticia de terroristas suicidas entrados en años.


Las religiones, como sentimiento, idea y forma de ser de muchas personas, deben ser respetadas por principio. No parece elegante, ni siquiera sensato, arremeter contra ellas desde barbacanas oficiales, allá luego cada cual con sus interpretaciones. El presente comentario rehúye lo solemne, esquiva lo grave y trascendental, aunque no excluye echar sobre la mesa un cuarto a espadas, por puro afán de tranquila polémica. Causa cierto asombro que se le reproche a los curas y prelados su actitud ante temas como el aborto, las relaciones pre y extramatrimoniales, el onanismo o el concubinato. Ya, ya sabemos que hubo papas simoniacos, pervertidos, codiciosos, sádicos e incluso blasfemos, pero no es ahí donde escarbamos, que ya vierten demasiada vergüenza en una trayectoria histórica tan prolongada.


De mi lejana adolescencia, algo que gusto referirme, porque es mío y aún disfruto de buena memoria, es el recuerdo las revistas anticlericales que se publicaban poco antes y durante la II República. Las más importantes eran «Fray Lazo» y «La Traca», de las que me interesaban los procaces dibujos. Solían mostrar orondas y apetitosas monjas, de hábitos ceñidos y arremangados, medias negras, entregadas a la salacidad de gruesos clérigos sebosos que se ponían morados con las hermanitas.


Como contrapunto, aparecían también figuras femeninas representando a escuchimizadas aristócratas de pechos flácidos, nalgas escurridas, disfrutando, asimismo de la inagotable lujuria de aquellos monjes que no parecían hacer otra cosa que fornicar. Dejaban en ridículo las bucólicas andanzas de los arciprestes e incluso las correrías libidinosas de los frailes goliardos. Alguna vez aparece su espíritu en esa revista que alcanzó notoriedad con la caricatura de los príncipes en postura extraacadémica y gubernativamente censurable, de la cual me abstengo de hacer propaganda.


Es posible que las esencias católicas se encuentren en declive, al fin y al cabo, todo lo humano, absolutamente todo, transcurre por el mismo proceso de nacimiento, apogeo y final. Dos mil y pico años de vigencia merecen, por lo menos, un respeto histórico, donde queden englobados los triunfos y también los desfallecimientos. Más semeja un truco electoral, a falta de ideas nuevas. Hoy parece un chiste la historia de los caramelos envenenados, pero en su momento -primeros tiempos de la última República- causaron trastornos públicos y más de una muerte. Achacaban a las monjitas y a las damas burguesas el insólito y estúpido delito de envenenar a los hijos del proletariado con letales chucherías. Pues las estimadas masas se lo creyeron, a pies juntillas y tomaron -o lo intentaron- las lógicas represalias: quemar iglesias y conventos, con sus habitantes dentro, si fuera posible.


El poder, efectivo durante muchas centurias, está, indudablemente, muy devaluado. Stalin, un tirano cruel y homicida, se mofaba de las divisiones que ya tenía la Iglesia de Roma, pero quizá fue su peor y más eficaz enemigo, mayor y más enérgico, desde luego, que los socialdemócratas que nunca le ganaron una baza. Ni entonces ni ahora la Iglesia posee divisiones acorazadas, pero sí tenía un empuje invencible, del que parece flaquear hoy. Incluso quienes no sentimos la fe como impulso vital, deberíamos lamentar el ocaso de aquel poderío espiritual que, un tiempo, lo fue real, efectivo y combatiente. Y después impregnó de sustancia a gran parte del mundo occidental.


Ha tenido, como todas las grandes potencias humanas, sus caballos de Troya que fueron en tiempos las herejías y desgajamientos y que hoy, conscientes o no, se disfrazan de teologías de la liberación, relajo indumentario y personal, amén de los extremismos que la flanquean: pobreza de vocaciones por un lado y fortines financieros por el otro. Lo que fue consuelo -fingido o no- de los desheredados y pobres sin fortuna, se ha desleído; apenas los inditos que nada tienen aún se postran ante la Virgen de Guadalupe suplicándole que les toque la lotería.


Sería temerario y falso pensar que es una fuerza extinguida, pero tampoco merece el tratamiento de saco de entrenamiento. Con la iglesia topó Don Quijote, pero fue el reconocimiento táctil de unas recias paredes pueblerinas. Si algún día se acaba, el mundo moderno habrá perdido algo insustituible.


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Juan Carlos De la Madrid

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