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Dos libros y dos discos para reconciliarse con el buen gusto y el entretenimiento

Sánchez Calvo y la incomprensión

 
Sánchez Calvo y la incomprensión
Sánchez Calvo y la incomprensión  

LUIS M. ALONSO El humo ciega los ojos, pero, en esta ocasión, aviva también la memoria. Como ocurrió en su día, aunque de manera totalmente devastadora con La Fenice, las llamas han consumido parte del templo de Karajan, la Filarmónica de Berlín, un edificio diseñado por Hans Scharoun para oír la música mejor que en cualquier otro lugar. Comparto en buena compañía el recuerdo, aún reciente, de la tarde en que escuché la sexta de Anton Bruckner, por Nagano, con la Sinfónica berlinesa, en medio de una acústica perfecta para los espectadores y los intérpretes, como bien recordaba estos días Cristóbal Halfter refiriéndose a las características de la sala destruida por el fuego. Como a un paciente querido, le deseo a la Filarmónica la mejor de las recuperaciones posibles en ese espacio casi mítico del Tiergarten y la Potsdamer Platz, donde convive o convivía con la Nueva Galería Nacional, de Mies Van der Rohe, y la biblioteca estatal.


Los verdes del Paraíso Natural se han acentuado con las peripecias sexuales de tres osos y un urogallo en celo. A todo este asunto se le ha imprimido la literalidad de un romance, en el caso de los osos, en que se persigue un proyecto de reproducción de una especie amenazada, y en el del urogallo, se exalta la confianza de «Mansín», que por eso ha recibido este apodo, en el vecindario de Tarna. La prueba de fertilidad de los osos está resultando, además de naturalmente pintoresco, un espectáculo para todos los públicos, pese a la carga sexual. El asunto se presta también a los chistes facilones y a la rusticidad de personajes, como el presidente de Cantabria, que no pierde ocasión en las televisiones, o allá donde se le pregunta, de hablar de «Furaco», el oso, al que quiere convertir en un campeón regional, como ocurría con el toro semental de Hormaechea, «Sultán», creo. Revilla presume ante el famosísimo Buenafuente de las portentosas facultades sexuales del oso macho de Cabárceno. Son los chistes de siempre contados por los mismos, pero producen regocijo en esta España de «Chiquilicuatre», no sé si se escribe así pero me da exactamente igual porque todo el mundo sabrá a lo que me estoy refiriendo.


Visto desde la óptica del humor es mucho más gracioso, por ejemplo, lo de la funcionaria de la Generalidad de Cataluña que ha venido cobrando 60.000 euros anuales por una oficina que no existe dedicada a perseguir el fraude. Todo ello durante tres años y con el consentimiento del Tripartito. El departamento se había puesto en marcha supuestamente, o sea, no se había puesto en marcha, para controlar las contrataciones a dedo, entre ellos los informes contratados con amigos sobre el murciélago nana, un estudio trascendental sobre la chufa, y otro más de la trufa del Pirineo. De haber existido, la oficina acumularía mayor número de expedientes que cualquier otro negociado, pero, ya digo, jamás llegó a estrenarse. Entre los diversos motivos, porque la propia oficina era parte activa del fraude, algo, por otro lado, bastante extendido y sobradamente conocido.


Me doy una vuelta por las calles Julia de la Riva y de Sánchez Calvo, donde los comerciantes han sido víctimas del famoso «bolardazo» (pivotes para cerrar el tránsito) y se sienten tan injustamente tratados por el Ayuntamiento y en su ciudad como podría haberse sentido el propio filósofo que le da el nombre a la última de ellas.


En Avilés, han existido marinos de renombre, pintores, algún que otro escritor, artistas en general y políticos que llegaron a ejercer desde las altas cotas del poder, pero lo que se dice filósofos, Estanislao Sánchez Calvo ha sido una curiosa excepción. Autor de «Filosofía de lo maravilloso positivo», como tal excepción acabó siendo víctima del olvido. Escribió una vez Ignacio Gracia Noriega que tuvieron que pasar más de cien años desde su fallecimiento, ocurrido en 1895, para que Sánchez Calvo entrase por la puerta grande de la Universidad de Oviedo por una tesis doctoral. Hasta ese momento, lo único que Sánchez Calvo recibió fueron adhesiones intelectuales desperdigadas: las de Clarín, Armando Palacio, Constantino Suárez «Españolito», Juan Cueto Alas o el propio Gracia Noriega. Avilés, en particular, Asturias, en general, no son deudoras de los suyos, a los que olvidan con frecuencia e incluso arrinconan.


Gracia Noriega definió al filósofo avilesino como un francotirador, «un lobo solitario», que no comulgaba con los krausistas ni con los escolásticos. Y en esa tesitura perseguía la pieza en medio de la incomprensión de finales del siglo XIX, como un especímen raro. Entre otros libros, publicó «El nombre de los dioses» y «Filosofía de lo maravilloso», que se reeditó en 1997 con prólogos de Manuel Asur y César García de Castro Valdés.


El polígrafo avilesino no traspasó el umbral del reconocimiento en su tierra. Nadie es profeta entre los suyos y menos un filósofo. Pero sí llegó a penetrar el «sánchezcalvismo» entre unos cuantos, que fueron quienes finalmente divulgaron la obra del pensador: sus rarezas literarias y teorías.


La incomprensión se acompaña, a veces y para compensar, de algo de aliento. No sé si en el caso de los comerciantes de la calle del filósofo incomprendido, porque los negocios o el dinamismo son cosas distintas aunque tampoco las sepan tratar con la suficiente sensibilidad quienes deberían hacerlo.

El rumano Mihail Sebastian escribió entre 1935 y 1944 uno de los mejores diarios que se pueden leer, testimonio de la ascensión del fascismo y los siguientes años en su país, sus relaciones tempestuosas con Mircea Eliade, Ionesco o Cioran. El libro editado en España por Destino es una lectura recomendabilísima. Ahora, tenemos una novela de Sebastián en las librerías, «La ciudad de las acacias», publicada por Pre-Textos, también muy recomendable, una pieza sensual sobre la adolescencia, que entronca con la mejor tradición del romance francés «fin de siecle». Bucarest era, sin dudarlo, el «París de los Balcanes».


Más literatura de primera. Reedición de «Veinte años después», de Alejandro Dumas, continuación de una de las mejores novelas de todos los tiempos, «Los tres mosqueteros». Dumas quiso teñir de melancolía esta secuencia de los mosqueteros cuarentones pero ávidos, todavía, de aventuras y servicios al rey. Conservo la vieja edición ilustrada por De la Néziere, lo mismo que en «El vizconde de Bragelonne». Esta de «Veinte años después», con prólogo y notas de Carlos Pujol, editada por Edhasa, vale los 40 euros que cuesta. Un libro gozoso y perdurable, repetible cuantas veces quiera para el que lo ha leído y un descubrimiento del placer para el que no lo tuvo en la infancia.


La sexta de Anton Bruckner a la que me refiero en el texto superior de la crónica, interpretada por Kent Nagano y la Deutsches Symphonie-Orchester de Berlín, figura o figuraba, al menos, en España, en el sello Harmonia Mundi, para el que Nagano también grabó la número tres, con la misma orquesta.


Otra recomendación musical, aunque de distinta tonalidad, es el último disco de Neil Diamond, «Home before dark», que confirma, a los 67 años, lo que siempre tuvo y no todos le han sabido reconocer por su inclinación comercial. Un puñado de canciones preciosas, acústicas, sobrecogedoramente íntimas, del autor de «Sweet Caroline». Hay que liberarse de los prejuicios para disfrutar de las cosas auténticas. Editado en España por Columbia /Sony-BMG. La espuma de las horas

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