La alegría pese a la guerra

 
La alegría pese a la guerra
La alegría pese a la guerra  
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Lucinda Fernández es hoy una mujer alegre, optimista y fuerte. Sin embargo, la vida de Lucinda no ha sido fácil. Desde niña tuvo que enfrentarse a unas circunstancias muy duras; Lucinda Fernández fue una niña de la guerra.


La historia de las niñas de la guerra estuvo muchas veces unida al exilio. En Avilés, al igual que en el resto de España, fueron muchos los niños y las niñas que tuvieron que huir de España con sus familiares, escapando de la represión. Algunas de estas niñas fueron testigos en Francia de las atrocidades de otra guerra, la Segunda Guerra Mundial. Esta doble tragedia fue vivida por Lucinda Fernández en su infancia. Hoy vive en Avilés y ofrece la visión de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial a través de los ojos de una niña, casi una adolescente.


Tenía 14 años cuando estalló la Guerra Civil y su familia fue acusada de ser republicana; así que decidieron huir a Cataluña. Al igual que tantos asturianos y asturianas lo hicieron en una embarcación:


«Cuando estalló la guerra marchamos evacuados una hermana mía y una cuñada con los niñinos, y fuimos para Cataluña [?] En un barco marché yo también, embarcamos en Gijón para Burdeos. De Gijón nos llevaron para Burdeos y de Burdeos nos llevaron para Sant Guim, donde estábamos en Cataluña [?] Yo sé que todo el mundo andaba mareado y yo como andaba siempre con mi padre que tenía una lancha por el muelle no me mareaba, era la que cuidaba a todos en el barco, decían "esa rapacina qué valiente ye que no está mareada y ye la que nos cuida," estaban todos mareaos. También marchó gente en ese barco conmigo, gente de Candás, y quedaron en Francia viviendo».


La valentía que Lucinda demostró en la travesía que les alejó de Asturias volvió a ponerse a prueba en Cataluña, donde, a pesar de ser todavía zona republicana, no cesaban los bombardeos. A pesar de los años que han pasado, recuerda con claridad el terror que sintió al escuchar cómo caían las bombas:


«Sí, estuvimos en un pueblo de Cataluña que se llamaba Sant Guim, que estaba muy cerca de Cervera [?] Estaba en Cataluña y tenía yo en la pierna granos y vino la aviación: ¡Pum, pum, pum! y yo no pude bajar las escaleras, quedé en la cama llorando porque no podía andar de granos que tenía en la pierna, ¡madre pasé un miedo! Eso fue en Cataluña, íbamos a la estación, venía la gente de la guerra de Lérida, por ahí, íbamos a la estación y decíamos ¡hay asturianos, hay asturianos! Y cogimos uno de aquí de Avilés y cogimos mucha amistad siempre estaba con nosotros, todavía vive. Se Llama José Pañeda».


Lucinda Fernández recuerda de manera entrañable la solidaridad que en aquellos días demostraba la población refugiada en zona roja al salir al encuentro de otros que llegaban desesperados. La alegría de sentirse acompañados fue interrumpida por la ocupación definitiva de Cataluña y el final de la Guerra Civil. La huida volvió a ser el único camino para muchas personas, entre ellas la joven Lucinda Fernández y su familia.


«Después venía la guerra y fue cuando pasamos para Francia, sí y de Francia nos llevaron para Cognac, y de Cognac nos llevaron para Angoulême. En Angoulême estuvimos mucho tiempo [?] Yo no sé por qué marché porque era una rapacina, mi madre me mandó marchar con mi padre, una hermana y la cuñada que tenía cuatro rapacinos pequeños y mi madre quedó aquí con una hermana. Y cuando vino mi cuñada para Candás dice ella "cuando puedas venir, te llamo" y mi cuñada escribió diciendo que viniéremos, mi padre tenía miedo y yo con la maleta preparada "Vamos hom?" y dice él "No, no, no voy," yo llorando porque quería venir y él no quiso venir y mira para dónde fue, son cosas que pasan, porque mi padre iba de la cama para la mar y de la mar para la cama, era la vida de él, mi padre los domingos iba con una trampa que hay para coger pajarinos, una garduña , y decían que mi padre que andaba de espía y mi padre cogió miedo y por eso marchó».


En Angoulême, Lucinda y su padre vivían en un campo para refugiados. Lo que más recuerda Lucinda es la sensación de impotencia y de perplejidad ante tal absurdo. Su padre no había tenido ninguna participación política, tan sólo una denuncia infundada de algún vecino. Los motivos por los que huyó eran, en realidad, nimios, pero lo cierto era que estaban muy lejos de su casa, en un campo de refugiados. Pasó el tiempo y la situación no mejoró, más bien al contrario, Lucinda Fernández y su padre estaban a punto de iniciar un viaje hacia el horror en el tristemente conocido Convoy de los 927.


Allí en Francia vino la orden de marchar del campo y nos montaron en un tren de vagones y pensamos ¿para dónde nos llevarán, para dónde nos llevarán? Fuimos para Alemania. Llegamos a un sitio que era una escampada, estábamos allí y? no me acuerdo qué me dieron para comer, no me acuerdo y por la tarde empezaron a coger hombres y chavalitos y venga a ponerlos en fila, y otra vez ¿para dónde los llevarán, para dónde los llevarán? y así fue [?] El caso ye que mi padre cuando estábamos en Francia, cuando nos llevaron en el tren, decía: "Mejor que aquí iremos para otro sitio mejor". Y mira para dónde fue [?] En Angoulême no estábamos mal pero bien tampoco, todo eran gente española y decía mi padre: "Bah, mejor que aquí? nos llevarán para otro sitio mejor" y mira para dónde fue el pobre. Pues así fue toda la historia de los españoles [?]. Y cuando terminaron de recogerlos todos, a chavalinos y a gente mayor y todo, pues nos montaron en el mismo tren y a mí me llevaron para Fuenterrabía para un albergue, vinimos para España todas, pero a mí me llevaron a ese albergue para Fuenterrabía. La hermana de Galo cuenta que estuvieron por ahí de mala manera, pero yo eso no lo pasé porque a mí me llevaron para el albergue de Fuenterrabía. Y de Fuenterrabía escribieron a Oviedo y me llevaron para Oviedo, y de Oviedo llamaron a Avilés y fue una hermana mía a recogerme. Que digo yo, que ¿cómo supieron que yo era de Avilés y la mi hermana vivía en Avilés? ¿cómo lo sabían todo esa gente? Porque, oye, me llevaron para Fuenterrabía de Alemania, y en Fuenterrabía me trajeron para Oviedo, y de Oviedo para Avilés, pero digo yo ¿cómo supieron que yo que era de Avilés, para ir una hermana mía a recogerme? Tenían que lo tener todo escrito. Yo me rompo la cabeza ¿cómo sabían que yo tenía familia en Avilés para venir a recogerme?»


Esta historia, vivida en primera persona por Lucinda y su padre, aparece en el libro recientemente publicado por Plaza & Janés que lleva por título «El Convoy de los 927». Montse Armengou y Ricardo Belis recuerdan este trágico momento de nuestra historia en que, en la Segunda Guerra Mundial, un convoy con 927 refugiados españoles partió del campo de Angoulême hacia el campo de concentración de Mauthausen, donde confinarán a los hombres y a los niños mayores de 13 años. Allí entró un total de 470 personas, de las cuales perdieron la vida en el campo 409. Una de ellas fue el padre de Lucinda Fernández. Las mujeres fueron devueltas en el tren a la España que las vio huir, abandonadas a su suerte en una estación en vía muerta.


Lucinda regresó a España y vivió la posguerra con resignación. Sin embargo, la ausencia de su padre impidió cualquier tipo de normalidad. No tuvo ni una sola noticia hasta muchos años después:


«Pues sí pasó eso y después nada, vine para Avilés y me puse a trabajar en una casa, vivíamos en Llano Ponte, pues ahí vivía una hermana mía y vivíamos ahí todos juntos. Después me casé, estuve en La Magdalena trabajando años y cinco duros ganaba, no ganaba para alpargatas, pero bueno, daban aquel plato de comida que no había, no había en la casa de mi hermana un plato de comida pues tuve que ir a trabajar, y después me casé y tuve cuatro hijos [?].


Yo no sabía nada de mi padre pero un día encontré a Galo en el parque, en el parque del Muelle: una sorpresa. Cuando nos vimos nos abrazamos, y fue cuando me contó toda la historia de lo que pasó en Alemania, si no ye él yo no lo sabía. Nada, no sabíamos nada, pero él me lo contó todo y seguimos la amistad con Galo. Yo como era tan joven venía con la gente que estaba en el tren: llorar lloré bastante».


Lucinda Fernández conoció la muerte de su padre muchos años después gracias al testimonio de Galo Ramos, uno de los niños que iba en el convoy; el hecho de ser varón y tener 14 años motivó su entrada en el campo de concentración junto con su padre y un hermano. Sin embargo, los ojos de Galo eran los de un niño, un niño que, al igual que Lucinda Fernández, tuvo que crecer demasiado deprisa por culpa de la cruenta guerra. Sus testimonios constituyen el mejor alegato que hoy podemos hacer a favor de la paz, para que historias como las que ellas y ellos vivieron no vuelvan nunca a repetirse.

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