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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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SAÚL FERNÁNDEZ La guerra, desde los tiempos de Gila, no es cosa seria. La guerra consume el tiempo de tal manera que lo termina cubriendo todo con un embozo de estupidez que se transforma en patetismo singular. Esto se desborda si de lo que se habla es de un conflicto civil. Luis García Berlanga fue el primero en dibujar la Guerra Civil como una locura absurda de todos contra todos; todos a por la vaquilla. La Guerra Civil, hasta entonces, había sido un drama de familias o una hagiografía de héroes de la cruzada. Berlanga le dio el toque realista al enfrentamiento que expulsó a España de la historia europea agrietando las diferencias de los unos y de los otros hasta extremos insalvables. Reírse de los muertos estaba prohibido, pero Berlanga dio un paso adelante: si las guerras no son serias, riámonos de las guerras. Y ahí fue cuando comenzó una nueva etapa en la historia de un país que empezaba a codearse con los grandes.
Tomando a Luis García Berlanga como autoridad indiscutida e indiscutible, el comediógrafo José Luis Alonso de Santos («Bajarse al moro», por ejemplo) escribió su particular conflicto bélico, «La cena de los generales», el espectáculo que se vio en el teatro Palacio Valdés el pasado viernes. El prestigioso director de escena Miguel Narros tomó el texto de Alonso de Santos y se rindió a los pies del autor de «El verdugo», del maestro de la realidad más real, del desconcierto cotidiano.
La peripecia de «La cena de los generales» comienza cuando un teniente franquista recibe el encargo de organizar una cena para el Caudillo y su Alto Estado Mayor. Franco quiere ir al Palace, pero el hotel no es lo que era. La cocina está cerrada, los cocineros (rojos), en la trena... un lío. Sancho Gracia (Genaro, Gabriel) entusiasmó con su «maître» profesional, incorregible, pacífico... Juanjo Cucalón (teniente Medina) dio vida a un militarote con ínfulas marciales, aunque se pierde en la bonanza que se huele entre los fogones de la gran cocina del gran hotel.
El director Miguel Narros homenajea a Berlanga y dirige los doce cuadros de «La cena de los generales» al estilo del director de cine: un tumulto sobre la escena, varias acciones a un tiempo, una batahola de absurdos que se ganó a los espectadores, enardecidos durante los aplausos.
La comedia de Alonso de Santos hizo agua en parte del elenco secundario, que más que interpretar se limitó a decir su texto. Pero la comedia, agradable y bélica, se lo llevó todo, hasta las grietas nacionales.
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