Otros tuvieron menos suerte. El equipo de la uvi móvil de Avilés guarda los recortes de prensa de los últimos nueve años. En los titulares siempre está la palabra muerte. «En muchos de estos casos estuvimos nosotros y algunos afectan más que otros. Es muy difícil trabajar cuando los heridos son familiares, amigos o allegados», explica. Pese a todo, añade su colega Toni García, el 60% de las personas a las que atienden les resultan caras conocidas. «Es un área pequeña y hay pacientes que vemos más de una vez», aclara.
El traslado de pacientes psiquiátricos y la entrada urgente en zonas de copas también son «puntos negros» de su profesión. «Cuando la gente está bebida, no se da cuenta de que estamos trabajando. Han llegado a aporrearnos la ambulancia y a rajarnos las ruedas aunque, por lo general, la gente nos respeta bastante», manifiesta Javier Álvarez. Sus compañeros suscriben sus palabras. El equipo de la uvi móvil de Avilés se entiende por gestos. «Nos llevamos muy bien y la coordinación es excelente. Cuando estamos trabajando, no hablamos porque todos sabemos dónde tenemos que estar, el puesto que ocupamos», señalan.
Son como una familia. Susana Pascual, Mari Luz Álvarez, Toni García y Javier Álvarez comparten cuarto, baño, sala de estar, comidas fugaces, lecturas entrecortadas por el soniquete del teléfono, sueños intranquilos, juegos de mesa y confidencias. En la base están como en casa. No les faltan ni nevera, ni microondas ni una televisión. «Aquí hemos pasado muchas nochebuenas y muchos momentos difíciles de olvidar», asegura García, mientras señala una caja que guarda el árbol, las bolas y el espumillón. Mientras prepara un café, sentencia: «Ninguno de los que estamos aquí podríamos dejarlo, nos gusta». Y a la gente también. Son héroes a pie de calle y su vida transcurre en la primera línea de fuego de la medicina.
Son casi las cinco de la tarde. De nuevo suena el «busca» con un aviso del 112, de La Morgal. Javier Álvarez apunta la dirección del herido. Susana Pascual recoge la información sanitaria. Los espera un paciente grave en el centro de salud de Luanco (Gozón). De nuevo noventa segundos que quitan a una siesta intranquila antes de emprender su viaje. Encienden las sirenas y «vuelan». Por el camino, alguien los saluda con la mano. Es un superviviente, un hombre que debe su vida al equipo de la uvi móvil. Gesticula un gracias. Ahora, gracias a ellos le late el corazón.