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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Myriam MANCISIDOR
«Esta semana mi marido cumple tres meses en el trabajo. Lo necesitábamos», asegura Lourdes Benegas, una mujer natural de Paraguay que hace seis años decidió emprender un viaje sin retorno a España con un único objetivo: sacar adelante a sus tres hijos que ya viven en Avilés, a su lado. En su país, asegura, las condiciones económicas y laborales no eran las mejores. Por eso levantó vuelo en busca de un futuro mejor. Ahora tiene los dedos cruzados. Cada día le cuesta más llenar la cesta de la compra. Y se aferra a su trabajo como si se tratase de un tesoro. También al de su marido. La crisis se ceba, especialmente, en los colectivos más vulnerables. Pero ninguno de los inmigrantes consultados se plantea regresar a su tierra. Al contrario, esperan la llegada de amigos y familiares que actualmente viven en las grandes capitales. ¿La explicación? «Aquí un piso cuesta poco más de doscientos euros y en Madrid, con este dinero, no te da ni para una plaza de aparcamiento», aseguran. Ya con un techo, destacan, el resto consiste «en aprender a sobrevivir».
Benegas trabaja como empleada del hogar. Precisamente este sector así como el de la construcción son dos de los más castigados por la crisis. «Desde que llegué a Avilés estoy con la misma familia, una gente maravillosa que me ayudó incluso a legalizar mi situación», afirma la paraguaya. Su marido tuvo más dificultades. «Llegó con permiso de residencia pero no de trabajo. Ahora, por fin, está empleado», explica, aliviada, Lourdes Benegas, que convive con su pareja y tres hijos de 21, 20 y 15 años. La mediana, una chica, ingresará próximamente en un convento de monjas en Burgos. «Por este motivo no nos vamos a volver a Paraguay. Estamos felices en España», sentencia. Pese a todo, reconoce, el cinturón aprieta menos en Avilés que en su país.
Catalina Canero también es inmigrante. Vive en Avilés desde hace un año y siete meses. Tiene contadas las horas desde aquel día que dejó Brasil con un sueño en la maleta: estudiar. Licenciada en Derecho, Canero vive en un piso compartido con cuatro inmigrantes más y trabaja en un locutorio avilesino en el que la mayoría de los clientes son extranjeros. Su situación personal y su experiencia laboral le permiten analizar cómo influye la actual situación económica entre los inmigrantes. «Al locutorio vienen muchas personas que preguntan por ofertas de trabajo y es evidente que ya no se envían los mismos valores (dinero) que antes», recalca esta mujer que se considera afortunada. «En España he hecho buenos amigos y mi jefe es un sueño: me ha hecho los papeles que necesitaba», explica. Sólo tiene un pero. «Quería seguir estudiando pero aquí no me convalidan ninguna asignatura», confiesa.
El concejo avilesino duplicó en los últimos dos años su población extrajera, que pasó de ser un 1,9 por ciento del total de habitantes en 2006 a alcanzar el 4 por ciento en noviembre de 2008. Según los datos del informe de población inmigrante en Avilés, que bebe de las cifras del padrón municipal, por primera vez desde 2003 el municipio supera la cifra de los 84.000 habitantes. Y lo hace con holgura, instalándose en los 84.797 vecinos (datos de 2008), de los que 3.388 son inmigrantes. La estructura de la población inmigrante en Avilés se concentra en las edades de mayor actividad laboral, en los tramos desde los 25 a los 39 años. Por países de procedencia, las comunidades con mayor representación en el territorio avilesino son las de Rumanía, Portugal y Brasil. El responsable del locutorio donde trabaja Catalina Canero, Víctor Guardado, asegura que la mayoría de sus clientes proceden de América Latina. «En menor medida vienen rumanos y marroquíes y, de paso, tenemos a filipinos o polacos que suelen ser marineros que llegan al puerto», explica.
La mayoría, asegura Guardado, prefiere el teléfono a internet para conectarse con sus seres queridos. «Poco a poco, sin embargo, se van dando cuenta de que internet es más económico: una conferencia de una hora cuesta, aproximadamente, 15 euros». El principal problema de los usuarios del Locutorio Avilés es, a juicio de Guardado, «la falta de contratos en regla que realizan muchos empresarios». «También tiene problemas con los pisos aunque en Asturias son menos que en Madrid donde, sólo por ser emigrantes, les piden un año de fianza. Ninguno llega a aquí por casualidad, todos vienen de rebote de otras comunidades», reconoce Guardado. De ahí, augura, que nuevos inmigrantes lleguen a Asturias en fechas próximas. Los extranjeros confirman sus palabras. «Acá, aún con crisis, se vive mejor que en Madrid. Hay las mismas posibilidades de trabajo. Aquí hay montaña y mar», concluye una mujer poco antes de marcar el número de teléfono que la acercará, por unos minutos, a su tierra natal.
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