Francisco L. JIMÉNEZ
La costera de bonito, la más tradicional del verano asturiano junto con la de sardina, va de mal en peor. Si durante la campaña pasada arreciaron las quejas por la escasez de ejemplares, este año, y apenas transcurridos dos meses de temporada bonitera, las expectativas son pésimas. En medios pesqueros consultados por este diario, y a falta de la confirmación oficial del dato por parte de la Dirección General de Pesca del Principado, el mes de julio se cerró con descensos de desembarcos de bonito estimados aproximadamente en el 50 por ciento. Las consecuencias del desplome de capturas tienen un primer reflejo en los barcos de bajura, que prácticamente sin excepción se han dado de baja de una costera en la que en vez de ganar dinero, según los patrones, lo pierden.
«¿La costera de bonito? Fatal, un desastre. El primer día que salimos trajimos 3.000 kilos; el segundo, 300 kilos; el tercero, 200 kilos; y ayer, 50 kilos. ¡Cincuenta kilos de bonito después de una semana en la mar! ¿Cómo no vamos a abandonar la costera? Si seguimos yendo nos arruinamos», comentaba ayer en el puerto avilesino Jesús Galindo, patrón de la lancha «El Cisne de». El marinero, junto a otros hombres, se afanaba por la tarde en desmontar los aparejos propios de la cacea (arte pesquera utilizada para capturar bonitos) y preparar el barco para otras actividades.
Los pescadores no tienen muy claro por qué los bonitos han dejado de visitar la costa asturiana. Entre los argumentos están el calentamiento del agua del Cantábrico, las variaciones en las corrientes marinas, la escasez de alimento... Muchas elucubraciones pero ni un solo estudio científico elaborado al respecto. Ése es el panorama.
Los pocos ejemplares que acaban en las bodegas de los barcos boniteros del Cantábrico que siguen en la costera -la mayoría vascos y gallegos- nadan en aguas próximas a Irlanda, a más de 450 millas de la costa asturiana, demasiado lejos para que a los barcos de bajura asturianos les compense la travesía y menos con los actuales precios del gasóleo. «El otro día llegó a puerto un barco con cien piezas de bonito; habían estado en el mar doce días: dos para llegar al caladero, ocho pescando y dos más para regresar a puerto. Palmaron dinero, claro», relata el patrón de pesca ya jubilado Maximino Serrano.
¿Y qué busca el bonito en aguas de Irlanda en vez de acercarse a las costas del Cantábrico, como hizo toda la vida? El biólogo y director de la Coordinadora para el Estudio y Protección de las Especies Marinas (Cepesma), Luis Laria, es de los que creen que parte de la culpa del declive bonitero tiene que ver con la temperatura del agua, más cálida en el litoral peninsular que en el sur de la «isla Esmeralda». Por su parte, el patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Cudillero, Salvador Fernández, opina que el bonito, pez voraz donde los haya, va allá donde encuentra alimento y si éste emigra al Norte, el bonito va detrás.
No obstante, Laria apunta a otro factor que, a su juicio, explica mejor que nada la escasez de bonitos: la sobrepesca. «Hubo un tiempo en que pensamos que el bonito, como el resto de los peces, era un recurso inagotable. Y no lo es, como evidencia la evolución de capturas. Años de sobreexplotación del bonito, y no sólo por parte de España, tienen las consecuencias nefastas que ahora vemos», comenta el biólogo.
No es el único que piensa así. Hace un año, otro biólogo, Alejandro Aguilar, profesor de la Universidad de Barcelona, avalaba la tesis de Laria en los cursos de verano de La Granda: «Si hay poco bonito no es por el cambio climático, sino por las excesivas capturas. Los organismos europeos ya recomendaron hace años al Gobierno español que vedara la pesca de algunas especies, pero nadie hizo caso». También la organización ecologista Greenpeace tiene al bonito del Norte en su «lista roja» de especies marinas amenazadas.
Así las cosas, a los pescadores sólo les queda el consuelo de que las pocas capturas que traen a puerto alcanzan precios insólitos: ayer se «rularon» en Avilés 25 toneladas de túnido y el precio medio resultante rozó los 6 euros por kilo, un 60 por ciento por encima del precio medio pagado por el bonito el año pasado, que fue de 3,73 euros.