JOSÉ MARÍA LEÓN PÉREZ
EX ALCALDE DE CASTRILLÓN
A principios del siglo XX, varias personas ilustres, entre ellas algunos Catedráticos de la Universidad de Oviedo descubrieron un pueblo en el Concejo de Castrillón que gozaba de un encanto especial pero, lo que más les llamó la atención fue su admirable playa; un extenso arenal de fina y dorada arena rodeado de un frondoso pinar rematado por unas dunas que, como verde aureola enmarcaban su playa: La Playa de Salinas.
Ante tal maravilla, a escasa distancia de Oviedo, decidieron trasladarse en la época estival a Salinas, y algunos como los Catedráticos Adolfo Álvarez-Buylla, Aniceto Sela, Adolfo Posada o el militar Genaro Alas Ureña, construyeron allí sus casas de veraneo y era frecuente en los estíos ver reunidos disfrutando de la playa a personalidades como Armando Palacio Valdés, Leopoldo Alas Ureña (Clarín) que venía desde Carreño, Gerardo Diego desde Gijón, José Francés, Ramón Pérez de Ayala y el político Manuel Pedregal, cuñado de Adolfo Posada, todos ellos acompañados por su anfitrión Benito Álvarez-Buylla, según nos cuenta su nieto Plácido Prada Álvarez-Buylla. Era entonces Salinas un lugar habitado por un grupo de personas dedicadas a diversas actividades, en su mayor parte trabajadores de la RCA de Minas; en el año 1900 estaban censadas 474 personas viviendo en 74 casas.
La excelente calidad de su playa y el carácter de los vecinos, animaron a los ovetenses y más tarde a gran cantidad de personas procedentes de León, Madrid y otros lugares, a trasladar su residencia veraniega a esta localidad.
Solamente había elogios para Salinas y su playa, glosada continuamente en los medios de comunicación de la época y así, el periódico El Carbayón de fecha 21 de Agosto de 1930 publicaba diversas loas a Salinas y el poeta ovetense Silvio Itálico, seudónimo del Catedrático de Química de la Universidad de Oviedo D. Benito Álvarez-Buylla, terminaba una de sus crónicas con los siguientes versos:
«¡Estos y otros más honores/ guarda la playa hechicera/ para sus adoradores! Conque: ¡Animarse, señores/ que Salinas os espera!·
Los que hemos nacido y nos hemos criado en Salinas, hemos disfrutado desde la infancia de su playa que entonces se llamaba de Salinas (ahora, de El Espartal) y al decir de los antiguos, no había en toda la playa más rocas que las de la península de Bellavista que era como antaño se conocía a lo que ahora se denomina La Peñona, aunque existió siempre La Peñina, cerca del Balneario.
Hemos conocido las altas dunas del Espartal desde cuyas cimas nos lanzábamos a la playa y hemos conocido los primeros toldos de madera que por el día cubrían las «bañeras» con lonas blancas para evitar los rayos solares. Más tarde llegaron los toldos tipo "»haima», de vivos colores pero, en todo caso, los toldos permanecían en el arenal durante toda la temporada estival, salvo cuando llegaban las mareas de San Ramón o San Agustín a finales de Agosto en que, por llegar la mar hasta más arriba de lo habitual, era preciso retirarlos hacia atrás pero sin sacarlos de la playa; a los tres días, volvían a ponerse en primera línea de playa. Se extendían en dos filas desde la altura de la calle Miramar o actual Casa de Servicios, hasta más allá del Balneario hacia el oeste.
Durante el invierno, en ocasiones, podía ocurrir que los temporales arrastrasen arena descarnando algo la playa y tomábamos como medida la aparición de los cimientos o «pegoyos» del antiguo Balneario pero, al llegar la primavera, la mar devolvía la arena depositada a poca distancia mar adentro.
La construcción del paseo sobre la playa a partir de 1955, comenzó a alterar el nivel y la distribución del arenal en su zona de influencia y en unas ocasiones llevaba arena al chocar el agua contra el muro y en otras, la acumulaba hasta el punto de invadir el propio paseo.
Más tarde, a principios de la década de los 60, coincidiendo con la construcción de un dique o «espigón emergente» en el extremo oriental de la playa, en San Juan, aparecieron cambios en las corrientes que afectaban en dirección Este-Oeste al extremo occidental de la playa comenzando a aparecer rocas que siempre habían estado cubiertas, y notándose una apreciable disminución de la arena entre el Club Náutico y las rocas.
Se continuó con la prolongación del muro del paseo en dirección hacia San Juan y cada vez se notaba mayor falta de arena en la playa a pesar del aporte que hacían las dunas que la mar iba erosionando al llegar con mayor fuerza.
Más recientemente, se derribó el espigón emergente de San Juan y se construyó un dique algo más hacia el oeste para evitar, según los técnicos, la acumulación de arena de la playa en la entrada de la ría de Avilés.
De algún tiempo a esta parte, es tremenda la falta de arena no ya en la zona occidental de la playa sino en todo su frente desde las rocas hasta el final del muro del paseo. En anteriores ocasiones, a las duchas instaladas por el Ayuntamiento de Castrillón para todos los usuarios -¡Saludos, Excmo. Ayuntamiento de Avilés!- se les acumulaba arena en sus bases hasta el punto de que era preciso agacharse para su uso y en otras, como actualmente, es imposible alcanzar sus mandos a más de tres metros de altura y sobre descarnadas rocas.
La fuerza de la mar es tan intensa que no solo es agresiva en su momento de flujo al chocar contra el muro al que va socavando y debilitando, sino que las olas, tras el choque, en un fuerte movimiento de reflujo vuelven a chocar con las nuevas que llegan y en esa lucha, se llevan más arena aun. Aunque no soy técnico, pienso que al llegar la pleamar con mar en calma, la mar aporta a la playa la arena que está depositada algo más adentro y ese aporte sosegado de una ola amortiguándose, va creando una plataforma en pendiente en ascenso y cuanto más alta es esa plataforma o plano inclinado, va constituyendo un mayor obstáculo a las nuevas olas que van depositando la arena primero y aumentando el arenal. Al ir disminuyendo esa defensa natural, el oleaje llega con mayor ímpetu cada vez y es más agresivo e invasor.
La situación actual es realmente preocupante para la playa, para el paseo y para la seguridad de todos los edificios cercanos, altos y bajos, como ya se ha comprobado.
Si unimos esta situación-debida o no a los diques construidos- con la falta de control en la realización de las obras que afectan a la playa y que ha permitido el abandono en el arenal de todo tipo de residuos sólidos, hierros, cemento, ladrillos, rocas, etc. tenemos un desastre que no puede solucionarse con chapuzas y zapatas hormigoneras. A la Dirección General de Costas no le gustan las viviendas ni los coches cerca de las playas pero tampoco deberían gustarle los escombros ni las ruinas en las mismas. Alguien debería tomar en consideración y seriamente este desaguisado y abandono que entraña graves riesgos y es, además un pozo sin fondo donde se pierden grandes cantidades de dinero junto con la arena de Cabo Vidio y no estoy refiriéndome a la Administración Municipal sino a organismos superiores cuyo intermediario en nuestra región es el Señor Delegado del Gobierno.
Desconozco si esta situación se debe a la famosa globalización, al deshielo de los polos o a la Coca Cola, pero opino que lo que en su día hizo la Naturaleza, o sea, la concha de la playa de Salinas como todas las demás, fue resultado de siglos de actuación del mar, del viento, del terreno y otras circunstancias y merece actualizarse la frase de que «La Naturaleza imita al arte» y no es nadie el hombre para corregir tan magnífica y artística obra. Como dijo la poetisa inglesa Mary Wortley: «La Naturaleza raramente se equivoca. Los hombres y sus costumbres, siempre».