SAÚL FERNÁNDEZ
La tradición de los dramaturgos franceses se cimenta sobre un presupuesto incuestionable: los personajes tienen que hablar mucho, se tienen que sentar en un sofá y meditar sobre el ser y la nada. Pero eso ya se ha superado; ya pasó la convicción que tenían los escritores de que el teatro era un servicio público que ayudaba a los espectadores a contemplarse ante un espejo. Era puro Aristóteles, catarsis de más de veinticinco siglos, pero pensaban que habían descubierto el funcionamiento de la rotación del mundo. El griego dijo que sobre la escena se encuentra la explicación de la propia naturaleza... Pero la tradición francesa es pertinaz y se mantuvo en el diálogo de sofá porque así se forzaba el debate en los años de la década prodigiosa, cuando todo lo francés seducía, cuando la reflexión gala amortizaba prodigios ideológicos antiburgueses, cuando ser rojo en España era un peligro.
La impetuosa manía de los dramaturgos franceses por desentrañar el alma humana ha dado en parodias y en chistes más que fáciles. El genuino sale en la película «La noche se mueve», de Arthur Penn. La mujer del detective le dice a su marido que esta noche van al cine. «¿Qué ponen?», pregunta. «Una de Rohmer», anuncia la esposa. «¿Vamos a ver crecer la hierba?». Es lo que tenía el arte francés... Pero, como digo, todo eso ya pasó. La dramaturga francesa actual más preclara es Yasmina Reza. Con sólo siete obras se ha hecho imprescindible en todos los circuitos teatrales. En los franceses y en los del resto del planeta. ¿Por qué? Quizá porque supera el refinamiento galo tradicional. Y es que, cuando escribe, lo hace de cosas que conciernen verdaderamente a los espectadores; se vio anoche y antes de anoche en el teatro Palacio Valdés. Las tablas del odeón local acogieron «Un dios salvaje», la última comedia de Reza, un festival ácido con íntérpretes extraordinarios, historia de la violencia sumergida en ron.
Yasmina Reza presume de realismo extremo. Y cree que el mejor modo de practicar esta manera de entender la dramaturgia es cediendo la palabra a los actores. O sea, que lo importante es lo que piensan y dicen los personajes. La acción externa no existe. Y, en esto, Reza es de lo más neoclásica: cuatro personajes, un sofá y un río de violencia oculto. La acción se inicia con gritos africanos. Luego, un oscuro. Y, después, un salón de un matrimonio de orden. El drama, pues, viene de la ruptura de ese orden. ¿Y cómo se consigue? Acudiendo a los instintos más bajos. La educación se olvida cuando de lo que se trata es de defender la propia vida, el honor perdido. Y es que todo empieza con un lío de dos niños.
No es la primera vez que Reza acude al niño como llama que enciende el diálogo. Pasó en «Tres versiones de la vida», la obra que se estrenó en el Palacio Valdés no hace mucho tiempo. Los niños descuadernan lo cotidiano.
El espectáculo contó con un cuarteto interpretativo superlativo, inigualable. Si el texto tuvo forma fue por el trabajo superior de Maribel Verdú, de Aitana Sánchez-Gijón, de Pere Ponce, de Antonio Molero: dos parejas, dos; un cuarteto dorado que se erosiona a medida que el alcohol sumerge lo aprendido... Los cuatro componen un proceso de decadencia sensacional: la borrachera del personaje de Maribel Verdú intentando mantener las formas y el histerismo pijo del de Sánchez-Gijón se llevaron todos los aplausos. También el personaje cínico de Pere Ponce, o el calzonazos de Antonio Molero.
Sin embargo, «Un dios salvaje» debe casi todo su ser a una dirección escénica sobresaliente, el trabajo de Tamzin Townsend, la de los espectáculos más aplaudidos de los últimos años.