EUGENIO SUÁREZ
Algo malo habremos hecho para ser castigados de forma tan inmisericorde. Hay azotes genéricos que afectan a la totalidad o la mayoría de los ciudadanos, como esta crisis que tanto se prolonga y que no tiene hechuras de solución, ni reacción colectiva que lleve a una salida más benévola. Nos ronda, por ahora con sigilosa andadura y efectos mínimos, la gripe porcina, que, con esa manía de disfrazar y ocultar la verdad alterando el nombre de las cosas, llamándola «gripe A». O los excesivos calores que padece la mayoría de la Península y de los que, por gracia excepcional, nos estamos librando en Asturias.
Parece que lo que atañe a todos es más llevadero y se encuentra cierto consuelo en el mal de muchos, uno de los fenómenos que con mayor propiedad podríamos definir como democráticos. Y la extendida corrupción que alcanza y salpica a todos los partidos con una pizca de poder y que degrada y envilece al mundo de la política que, aparte de las alharacas cuando no le concierne, se acepta con la mayor naturalidad, la resignación de las ratas que viven en las alcantarillas. Por cuestiones infinitamente menos importantes caen gobiernos y se desacreditan personajes, hundidos en la vergüenza pública. Hubo una escalofriante frase, que se propaló con naturalidad, en los tiempos de mayor oprobio en los últimos gobiernos de Felipe González. «Bueno, roban, ¿y qué? Ya era hora de que les tocara a los nuestros». Y le votaron por última vez, con ministros en la cárcel, directores generales estigmatizados y buen número de personajes relevantes rebozados en el estiércol.
Todo eso son gajes de la actualidad y casi estamos acostumbrados a ese vilipendio; pero si descendemos a actividades más domésticas y manejables, nos encontramos con que el pueblo español, el español de a pie, usted, yo y aquél que pasa por ahí, podemos ser impunemente pisoteados hasta en lo más reservado de nuestras vidas, el derecho al descanso.
Estamos ahora en época de fiestas, cada pueblo celebra a su patrón o patrona, como siempre se hizo, con la singularidad de que hoy, en multitud de lugares, se han instalado centros de tortura que nos arruinan no sólo el ánimo festivo, sino el propio equilibrio mental. No ocurre en todas partes, por supuesto, pero sí en la mayoría, y me refiero a los horrísonos catafalcos que se levantan para emitir un ruido insoportable, con el pretexto de esas conmemoraciones.
Hay leyes, disposiciones de orden general y expresas previsiones municipales que tasan y ponen coto al estrépito y al número admisible de decibelios en la vía pública o que a ella trascienda. Pues de todo se hace caso omiso y se somete a una perversa agresión a los ciudadanos, que nada tiene que ver con el ánimo festero de la juventud o de quienes disfruten de música de baile, incluso más fuerte de lo acostumbrado y permitido. No encuentro razón admisible para disparar la potencia de los bafles de manera tan horrísona, ni puedo admitir que haya quien lo soporte, a menos que se encuentre debidamente drogado o minusválido por el alcohol. Todo ello a lo largo de horas y horas, a las que sumar lo menos admisible: los tiempos dedicados a las pruebas de sonido, que no se hacen en un estudio, ni en lugar privado, sino, desde cualquier hora de la mañana o de la tarde, para martirio de los vecinos.
Imagino que ha habido quejas en las dependencias municipales, que han alertado a las autoridades. En la pasada noche del jueves último los rastros de porquería, detritus y restos inmundos sublevó a los vecinos de los Gauzones, en Salinas, donde se fracturaron puertas y forzaron zaguanes para convertirlo todo en un maloliente muladar.
Pero, ¡oh milagro! Se produjo la reacción, que no vino del lado de las indolentes o mal dotadas autoridades, sino que en un gesto, inmediatamente adoptado por la mayoría, ha sido buena parte de los participantes en los supuestos desmanes quienes los han corregido en unas horas. Esgrimen un argumento inteligente: nada de echar mano de la civilidad o el respeto al prójimo, sino a la propia estimación y al riesgo de perder el instaurado botellón dentro de unos límites aceptables. Los mismos jóvenes asearon y recompusieron el orden vulnerado y la limpieza atropellada. Lo han hecho público, en forma de esquelas mortuorias, fijadas en lugares discretos: «Si no colaboras en limpiar, nos quedaremos sin botellón». He ahí una muestra de sensatez casi inédita, que rehabilita y expide un crédito a los jóvenes o a quienes los dirigen en esos momentos de urbano desenfreno.
La agresión acústica, en las siguientes noches, quizás influenciada por ese brote de sensatez, se contuvo en márgenes tolerables. El ciudadano tiene derecho a denunciar las demasías, pero también hay que esperar de él la tolerancia y comprensión para el comportamiento juvenil, aunque sea en memoria de los que cada uno cometió en su día. ¿Se ha inaugurado una nueva época? Sacudiéndonos enérgicamente los prejuicios queremos creer que así puede ser. Y «tutti contenti».