La Granda (Gozón),
Saúl FERNÁNDEZ
La ciencia y la ciencia ficción se cruzan con sorpresa. Según el profesor Santiago Grisolía, «en cinco años y por mil dólares podremos tener un mapa genético privado». ¿Y para qué? «Es el principio básico de la medicina predictiva y preventiva», aseguró el científico en la inauguración del curso «Bases moleculares del futuro de la salud» que se celebra en el chalé de La Granda hasta el próximo viernes. «Todos los hombres somos iguales y somos diferentes, con el mapa genético privado podremos saber por qué un fumador tiene cáncer y a otro, sin embargo, eso no le afecta. Cuando sepamos las causas, lo siguiente será curar cualquier patología», añadió el prestigioso investigador, que preside el Comité de Coordinación del Proyecto Genoma Humano para la UNESCO.
Santiago Grisolía vaticinó el avance científico partiendo del presupuesto que se invirtió en su día para la realización del mapa genético de la especie humana: «Si aquel primer paso se dio gastando 3.000 millones de dólares y hace pocos días se ha conseguido un nuevo mapa con menos dinero, lo normal, creo yo, es que en cinco años podamos contar con nuestro propio mapa del genoma», explicó el bioquímico minutos antes de sentarse a la mesa y abrir un nuevo seminario a la orilla del pantano de La Granda.
El profesor Grisolía repasó en su charla los grandes hitos relacionados con el desarrollo de la bioquímica. A su juicio, el mayor avance, el que sustentará las bases de la ciencia posterior, lo dio el doctor Craig Venter, que logró sintetizar el primer cromosoma en el laboratorio. «Lo que ha hecho ha sido crear vida desde la nada», explicó el profesor Grisolía. «Eso, desde luego, es un avance», sentenció.
La conferencia del profesor Grisolía recorrió la historia de la bioquímica con el objetivo, dijo, de «aventurar predicciones». Grisolía retrasó el origen de la ciencia que practica a la Biblia, «al descubrimiento de la fermentación alcohólica». Tras la mención bíblica, la historia dio un salto enorme hasta la corte de la reina Cristina de Suecia y, poco después, a Lavoisier, en el siglo XVIII, que estableció las bases de la química tras, como dijo Grisolía, «la consecución del acero fundido». La charla se trufó de anécdotas, como la del agua caliente en las rosas de la esposa de Lavoisier. Pero no sólo anécdotas leídas. Recordó sus propias relaciones con Severo Ochoa, su maestro. Aprovechó para reivindicar los trabajos de Chain, como uno de los descubridores de la penicilina. «Se le veía muy molesto, en todas las ciudades hay una calle de Fleming y nadie se acordaba de él», comentó durante su repaso científico.