S. FERNÁNDEZ
El patrimonio arqueológico de Ensidesa tiembla de miedo. La piqueta amenaza con hacerlo desaparecer sin remisión. Avilés ya no disfruta de ninguno de los cuatro altos hornos con que contó durante algo más de cincuenta años de producción, humo y chimeneas. La central térmica ya pasó a la historia y el archivo (la documentación que recoge el paso de la metalúrgica por la comarca) corre el peligro del traslado. Y todo sucede sin que ningún responsable político lo impida. La memoria de la industria sólo tiene hueco en los libros de historia.
Conscientes de la vinculación de la industria con sus trabajadores, el gobierno mexicano dio un paso adelante. En 1998 empezó a recuperar los restos de la empresa Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, la primera compañía de Iberoamérica en manufacturar acero. Se fundó en 1900, por iniciativa de Vicente Ferrara, León Signoret, Eugenio Kelly y Antonio Basagoiti. Llegó a producir hasta 100.000 toneladas anuales de acero. A mediados de los setenta la empresa pasó a manos públicas y en 1986 quebró definitivamente.
Sin embargo, de sus cenizas nació el parque Fundidora, en la ciudad de Monterrey. El parque cuenta instalaciones deportivas, de ocio, culturales (museos, cinematecas)... Todo, por iniciativa del propio Gobierno de México. El presidente Miguel de la Madrid ordenó la cesión de los terrenos de la empresa al estado de Nuevo León y los terrenos se declararon de utilidad pública, en total de 1.137.836,58 metros cuadrados -una superficie similar es la que tiene el polígono de la ría de Avilés-. Así fue como nació el Parque-Museo Tecnológico-Centro de Exhibiciones, sólo dos años después de la quiebra de la compañía. El desmantelamiento de equipos y talleres ofreció amplios espacios para sembrar árboles. A la recuperación ecológica se sumó la económica -un centro de empresas- y a ésta, la de la vida social.