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En la Feria de Muestras (y II)

n Los bildeanos se sorprenden con los puestos de calamares, de sartenes y por la ausencia de las xatas roxas

 
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En la Feria de Muestras (y II)
En la Feria de Muestras (y II)  

JAVIER GANCEDO De nuestro corresponsal,

Falcatrúas.

Decíamos la semana pasada que una expedición de bildeanos visitó la Feria de Muestras hace tres décadas, cuando todo era más casero, las familias iban a feriar como de excursión, a merendar, el recinto olía a calamares, a fritangas varias y los rapacinos volvían loco a todo Dios. Ahora, los que vuelven loco a cualquiera son los jubilados, siempre pidiendo regalos, lo que sea, pero que sea gratis. Si en un stand acaban las pijadas para regalar, la panda de jubiletas embiste a las azafatas, por roñosas. ¿Pero qué harán con tantas gorras, tantos bolígrafos y tantos pósteres? En todos estos años lo más que hicimos fue cambiar chiquillos por viejos y perros, que vengan los patriotas asturchales, los que entafarran los indicadores de carretera, para que rotulen los parques infantiles como «cagaderos para perros» y las guarderías como «centros de interpretación geriátricos».

Con treinta años más de experiencia, en lugar de aprender vamos p'atrás y olvidamos que las partes de un todo, unidas, son más que la suma de todas ellas por separado, Taifaespaña navega hacia un reino republicano de autonomías bananeras federadas que nadie pidió, pero que por lo visto es lo que más necesitamos. ¿Será otra unidad de destino en lo universal, será consecuencia de los pasiquinos que vamos dando, progresía mediante? Los del Gobiernín asturiano ya no preguntan a los ciudadanos lo que quieren, pasan de encuestas, no vaya a ser que los dejen sin empleo, y van a su bola.

Invitados por Barrabás, inventor y vendedor del pienso compuesto Tartarín, una recua de bildeanos visitó la Feria de Muestras. Plasmaron con lo de «Feria».

-¿Qué feria ni qué mi madre, sin vacas ni xatos?- gruñía Pepe Torazo- ¡La única xata que hay, ye pa una rifa!

-Vamos a ver esas tómbolas, -dijo la Fardelona a su consorte, Manolón Fardel.

-Que no son tómbolas, muyer, son «estáns».

-¿Y quién tá en los estáns?

-Estaneros especializados. En los de coches ponen carreteros, en los de sartenes, sarteneros, en los de calamares, calamareros y así sucesivamente?

Pepe Torazo seguía con su tema:

-¡Si sé que voy venir a ver sartenes y sofás en lugar de vacas y xatos, me cago en la leche que mamé?!

-Tranquilo, hombre, -intentaba consolarlo Ramón, «el Tumbao», sin mucho entusiasmo-, que luego vamos comer un costillar sangrando que te va a prestar.

Francisco Colasa armola nada más entrar, al ver un puesto de marroquíes: echó la boina hacia la nuca, con ganas de pelea, llamó a voces a la policía y vinieron dos de seguridad:

-Hay que registrar a esos moros. Esa gente siempre lleva gumías, alfanjes y cimitarras, no son de fiar.

No sirvió de nada decirle que los años veinte habían pasado hacía tiempo, no tragaba y miraba de reojo a los magrebíes, que se estaban mosqueando por momentos.

Más tarde, paró ante un mostrador lleno de libros; uno de ellos, mostraba unas fotos espectaculares sobre la Guerra de África. Francisco, aunque era de lejos, mangó las lentes de cerca y pasó unas cuantas hojas:

-¿Le interesa la guerra de África, señor?

-Algo.

-Esta edición de lujo, de seis tomos con fotos insuperables, está a precio de Feria, puede pagarlos en cómodos plazos?

-¿Estuvo usted en esta guerra?

-No, señor, no había nacido, pero he leído...

-Yo estuve tres años y maté unos cuantos moros, a lo mejor al abuelo de alguno de esos que hay ahí vendiendo alfombras.

-Lo pasaría usted mal?

-Peor lo pasaron los que engatillé.

El vendedor no sabía qué decir, incómodo, los de las alfombras estaban atentos. Francisco se inclinó hacia el librero:

-Estos libros escribiéronlos generales y gente así, que ven el peligro con prismáticos; si quiere, le cuento yo lo que pasó de verdad, porque pañé las tripas de algunos compañeros a puñaos del suelo, encañoné a un sargentaco de mierda que quería pegarle un tiro a un chaval que se acababa de mear de miedo en los pantalones. ¿A cuánto me paga la historia?

Barrabás cogió del brazo a Francisco y tiró de él hacia la salida.

-Espera, hombre -protestaba el de Colasa-, que tengo que preguntar al de las alfombras si le queda una gumía del cabrón de su abuelo?

Los calamares fueron como un oasis en el desierto. De la docena de bildeanos, más de la mitad no los habían probado en su vida. Barrabás, se dirigió a la calamarera, en plan chulo impertinente:

-Los calamares que comí aquí el año pasao, taben duros y salaos.

-Entonces no eran nuestros.

-¿Non ye este el puesto de los López?

-Sí, pero esos que dice, serían otros Lópeces.

Seguiremos informando.

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