J. C. G.
Martín salió como un bólido del aula. Había detectado a su madre, Fini Gayol, que le esperaba en el patio, y salió del encantamiento que parecía haberle producido su primer día en el «cole de los grandes». A Martín le engatusó el mandilón con el que las profesoras lo habían ataviado en clase. Quería llevárselo a casa. Luego vino su primera pequeña decepción: no podía quedárselo.
Para Martín Muñiz, ayer fue un día repleto de sensaciones. Por primera vez, sintió el aroma de otros niños que formarán parte de su vida cotidiana durante los próximos nueve años. Por primera vez oyó sus risas. Todo un entrenamiento para la existencia futura. Martín fue uno de los 615 niños de 3 años que ayer iniciaron su etapa escolar. Lo hizo en el colegio Palacio Valdés, al que también asiste su hermana, Inés. A diferencia de ella, su noche anterior al gran acontecimiento fue plácida. También la mañana. «No lloró. Al contrario, estaba hasta impaciente por ir. Quería saber cómo sería su profesora y sus compañeros», afirma la madre de Martín, Fini Gayol.
Martín ya cuenta las horas para volver al cole. Para volver a deslizarse por el tobogán, para jugar con plastilina, para sentir el calor de sus compañeros. Durante un mes estará en periodo de adaptación. Una estrategia para que los niños se acostumbren paulatinamente a estar lejos de sus padres.