CARMEN NUEVO
ESCRITORA
Recuerdo aquel primer día de trabajo en Viesques, muchas caras nuevas, presentaciones formales, nombres que se olvidan casi al instante, pues siempre queda, después de todo, el recurso socorrido de un «usted», mitad respetuoso, mitad distanciador, que a veces no viene mal, para utilizar a modo de comodín en muchos ámbitos y también en el de la administración; sobre todo, cuando se carece de demasiada memoria. Pues bien, aquel primer día, sin apenas pretenderlo, logré memorizar un nombre: el del profesor Cuervo.
-Hola -me dijo-. Me llamo Diego.
-Encantada, soy Carmen. Discúlpeme si no recuerdo su nombre en el futuro, en esta Escuela hay muchos profesores.
-Del mío no te olvidarás -respondió. Y agitando sus brazos a modo de alas, con el semblante serio dijo:
-También puedes llamarme Cuervo.
Tras lo cual prorrumpimos en una sonora carcajada.
Y no, no olvidé su nombre: Diego García Cuervo. Hace ya algunos días que Diego, Cuervo, nos ha dejado. Diego, ante todo, era un hombre de principios: su familia, los suyos, sus orígenes, sin duda, lo primero. También era catedrático de Universidad del área de Expresión Gráfica de la Ingeniería, aunque alejado del prurito académico, nunca le oí vanagloriarse de ello. Sí se enorgullecía, en cambio, de Ramón, su hermano carnicero, al que aludía con mucha frecuencia.
Diego, Cuervo, excelente profesor, poseía, por así decirlo, un don innato para enseñar deleitando. Narrador extraordinario, podría haber destacado también, si se lo hubiera propuesto, como profesor de Literatura o Humanidades. Solía comenzar su discurso de forma abrupta y siempre mostraba elocuentemente una visión distinta de las cosas.
Diego, ameno y entrañable, te echarán de menos troyanos y tirios, pues quién no desearía ser tu amigo. Cuervo surrealista, dadaísta, iconoclasta; Cuervo subversivo. Tenacidad de hierro, ráfaga de ironía, fortaleza sincera, carcajada matemática...
Pero de forma, también, abrupta llega la hora del silencio. Hoy es domingo y he querido acercarme a esas tierras gozoniegas de tus orígenes.
Veo campos verdes, muy verdes, que no intuyen ni maíz ni amarillo; eucaliptos altos, resistentes; carreteras estrechas, sinuosas, caserías grandes y algún que otro hórreo muy solo.
En estas tierras aún hay mujeres que, vestidas de negro, visitan con fervorosa devoción los cementerios.
He venido aquí porque la vida y la muerte son más de verdad.
Será por eso que, al asomarme a la costa, al divisar el faro, al sentir el viento, pienso, aunque pueda parecer extraño, que quizá, desde algún lugar, Diego, Cuervo, nos contemple, impertérrito, sonriendo.