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Cuando el 27 de marzo de 2008 el presidente Vicente Álvarez Areces presentó a bombo y platillo el proyecto, su principal preocupación era la disputa política. «Hace falta una voluntad de unidad, como clave del éxito», dijo entonces. El mensaje estaba dirigido al Partido Popular, que había recibido con feroces críticas el Centro Niemeyer para luego atemperar su posición. Sin embargo, aquel día ningún concejal o dirigente del PP asistió al acto: se encontraban liquidando a su entonces portavoz, Manuel Peña.
Sin embargo, el temor de Areces no tuvo sustento. Los populares acogieron con inicial escepticismo el proyecto y pasaron, después, a reclamar su participación y convertirse en defensores de la agilidad en los trámites. La Isla de la Innovación nunca ha estado en severo entredicho por la oposición.
Lo que Areces no pudo prever fueron los verdaderos terremotos que han sacudido el proyecto. El primero, la crisis económica mundial; el segundo, las diferencias entre la Sociedad Estatal de Promociones Industriales (SEPI) y el Principado sobre la letra pequeña de la sociedad que debe tomar las riendas de la Isla. Estas diferencias llevaron al ex alcalde Santiago Rodríguez Vega a renunciar al puesto de gerente, para el que el propio Areces lo había considerado como la persona más idónea.
La imposibilidad de un acuerdo sobre qué correspondería a cada Administración retrasó durante meses la posibilidad de constituir la sociedad pública. Indirectamente, la marcha de Santiago Rodríguez Vega, airada y poniendo en entredicho el compromiso de la SEPI con el proyecto, sirvió para azuzar a las partes para llegar, al menos, a un consenso que permitiese dar algún paso. Así, se constituyó una sociedad gestora que, más adelante, habrá de dar pie a la sociedad patrimonial que administre el suelo que hasta ahora estaba en manos del Estado.
Pero la principal sombra sigue siendo la de la crisis inmobiliaria. Decenas de grandes proyectos de transformación urbana en España se encuentran ahora en letargo a causa de las vacas flacas. Pilar Varela, alcaldesa de Avilés, mostraba en marzo del pasado año su confianza en que el plan de la ría se autofinanciase gracias a los inversores privados. Varela afirmó que lo idóneo sería que la inversión pública se limitase únicamente al Centro Niemeyer, a la nueva estación ferroviaria y a la Escuela Superior de Arte. «El resto del suelo está destinado a usos terciarios y deberemos contar con inversores que consideren rentable la operación», señaló entonces.
Año y medio después, la prioridad de la sociedad gestora es elaborar un plan director para tratar de captar a esos inversores con los que ansiaba la Alcaldesa.
El vistoso «master plan» elaborado por Metrópoli corre el riesgo de convertirse, indirectamente, en un lastre para el proyecto. Aunque los responsables políticos se han apresurado a decir que sólo se trata de una propuesta, lo cierto es que ya ha generado unas expectativas que, con el actual panorama, resultan difíciles de cumplir, según reconocen en privado los socialistas. «Sólo es una sugerencia: el estado final dependerá de la capacidad que tengamos para atraer inversores y sus propuestas», dijo en su día Pilar Varela.
Por ahora, el interés en la Isla de la Innovación ha venido de la mano de declaraciones más o menos bienintencionadas, pero que por ahora no se han concretado. El arquitecto Norman Foster expresó en una reciente visita al Principado su interés en elaborar un proyecto de edificio singular para la margen derecha de la ría avilesina. Semanas atrás, el actor Brad Pitt, que promueve un estudio de arquitectura, también dijo que le gustaría dejar su sello en la hipotética Isla.
Las palabras con las que el consejero Francisco González Buendía reconoció que no existía aún una línea de trabajo para lograr atraer inversores privados desataron las dudas del PP. «Existen dudas sobre la financiación y parece que las directrices de Metrópoli se adaptarán en función del dinero», dijo el portavoz de los populares, Constantino Álvarez.
La portavoz socialista, Ana Concejo, se apresuró a contestar que «es fundamental estudiar el interés que puede generar la Isla de la Innovación sobre la inversión privada» y que, en cualquier caso, el compromiso de la Administración pública quedaba plasmado con el Niemeyer y la futura Escuela de Arte. Sin embargo, de aquel bosquejo fabuloso que hizo la Fundación Metrópoli ambos edificios no eran más que dos piezas de un gran puzle.
Ahora, con los bolsillos de la inversión pública y privada vacíos por la crisis, las sombras se alargan más en la Isla.