Amaya P. GIÓN
Varios cientos de trofeos conforman el palmarés del avilesino Pedro Acevedo Suárez. Muchos de estos premios tienen cuatro patas, vistosas plumas, cornamentas voluminosas o colmillos cuyo marfil podría abastecer a una docena de joyerías. Aficionado y apasionado de la caza, tanto la mayor como la menor, Acevedo ha recorrido medio mundo en busca de las más variadas especies cinegéticas. Este cazador, gerente de una agencia inmobiliaria de la ciudad, ha buscado presas en países tan dispares como Austria, Mongolia, Sudáfrica, Canadá o Rumanía. Su próximo destino serán las Montañas Rocosas estadounidenses de donde confía regresar con un argalí blanco.
La afición de Acevedo a la caza surgió hace ya 35 años. «Comenzó como una diversión que se ha convertido en pasión. La caza es convivencia en grupo, pasar tiempo con los amigos, en contacto con la naturaleza», explica. Entre sus trofeos destaca un argalí del Altai, una especie de carnero que sólo puede encontrarse en Mongolia y el de mayor tamaño de su especie. «Tuve que prepararme físicamente durante unos ochos meses antes del viaje porque el campamento se encontraba a más de 2.000 metros de altitud y la temperatura era de treinta grados bajo cero». En su «museo» particular pueden encontrarse desde ñus hasta cabras o cebras, entre un largo etcétera de especies, muchas de ellas africanas.
El avilesino intenta desmontar las voces de aquellos que dicen que la caza es una deporte para ricos y que los cazadores son la lacra para la proliferación de algunas especies. «El cazador es quien pone el equilibrio en el medio natural», subraya. Y argumenta: «La afición a la caza se puede equiparar a la del motor. Hay posibilidades para todos los bolsillos, como ocurre con los coches. Se puede cazar una temporada por 150 euros. En cuanto a los críticos, la mayoría no conoce ni el mundo de la caza ni cómo se mantiene el equilibrio de una especie. La prueba está en que desde que se impulsó este deporte han crecido en número todas las especies cinegéticas». ¿Un ejemplo? «Apenas había corzos en Asturias cuando su densidad es ahora considerable».
Acevedo recalca que «el furtivismo es cada día menor y la sensibilización mayor» y que «ningún cazador que se precie abate un animal que no cumpla una serie de características». Ilustra su afirmación con un nuevo ejemplo: «Jamás mataría a una hembra». Explica que en el mundo cinegético se encuentran ahora de moda los países del Este. Allí se pueden abatir animales que en España se encuentran sujetos a una protección especial dado su peligro de extinción, como el urogallo o el oso pardo, dos de las joyas de la fauna asturiana que el avilesino exhibe en su domicilio. «Son de Rumanía», aclara.
Aunque ha recorrido medio mundo guiado por su afición, Pedro Acevedo dice quedarse con el campo ibérico. «La montería española, la del jabalí, es una delicia. Si compaginamos caza con entorno, soy un enamorado de Asturias. Todos aquellos a los que invito a cazar aquí se van encantados», prosigue.
Dice que el amor por la caza no le viene de familia aunque, casualidades de la vida, la hija del que fue su maestro en este deporte, Gustavo Piñán, se convirtió en su mujer. Quien sí ha heredado la vena cinegética es el menor de sus dos hijos, Miguel Acevedo, de 22 años. A pesar de su juventud, lleva más de media vida siguiendo a los animales a través de la mirilla. «Cuando cumplió los 11 años nos pidió como regalo matar a un animal. Fuimos a una finca de Ciudad Real y el primer día ya mató un venado», relata orgulloso el gerente inmobiliario que también presume de uno de sus compañeros inseparables, su perro «Yanko».
Acevedo descarga sus rifles y escopetas durante los meses de julio y agosto por vacaciones, pero prepara ya el calendario de la próxima temporada. «En septiembre, a Toledo a la perdiz; en octubre, caza mayor (jabalíes, venados, gamos, muflones) por diferentes zonas, desde Galicia, Extremadura, Andalucía...», enumera el cazador avilesino más internacional.