EVA ROJO
Hoy pasé junto a su banco, pero no estaba allí. Sobre los listones sucios de madera blanca saltaban las gotas de lluvia, brillantes y frías en la tarde. Faltaba Claudine, sentada de medio lado, con las piernas cruzadas sobre su falda de vuelo, con la frente alta y la mirada seria concentrada en el vacío.
Claudine es todo elegancia, y tiene un algo de coquetería austera que raya lo artístico. Envidio sus zapatos de tacón, su pose de manos, los ramos de flores que algún día de primavera abraza contra su pecho. En el trasiego diario sólo ella permanece serena, sólo ella mantiene la compostura ante el paso del tiempo, sentada sobre los listones sucios de aquel banco.
A Claudine le gusta sentir el sol sobre su piel y que el aire agite su pelo cano, pero hace muchos años que ella ya no es de este mundo. No, ella no sabe de hipotecas, de reuniones familiares, ni de cine en las tardes de domingo. No tiene nietos a quienes buscar a la salida del colegio, ni hijos, ni perros. Tenía, sí, pero todo eso se escurrió de su vida con la sutileza de un hilo que se quiebra, cuando las telarañas entraron en su cabeza.
Alguien me contó un día la historia de Claudine. En realidad no se llama así, pero prefiero olvidar su nombre auténtico. Para mí, es Claudine, por esa elegancia francesa que no pierde ni cuando escurre sus cabellos húmedos ante los espejos de algún baño público, ni cuando inicia una interminable conversación con algún interlocutor invisible sentado a su vera.
Quién era Claudine tampoco importa. Los que supieron un día de ella dejaron de conocerla hace mucho, y ella se olvidó de sus rostros. Y en eso pienso mientras paso junto el banco ahora vacío donde Claudine vive cuando yo la veo.