JAVIER GANCEDO
De nuestro corresponsal,
Falcatrúas
En Bildeo, en los pueblos asturianos, los medios de vida tardaron mucho en ser tasados en rendimiento económico, vivían de las pérdidas. No merecía la pena matarse a criar xatos, andar tirado por el monte buscando fayas pa madreñas, trabajar aquellas tierras tan duras y empinadas para sacar unas patatas, algo de escanda y poco más, pero era lo que había. A veces aparecía un listo:
-Si pa criar un xato gastáis en hierba, en farina, en veterinario, en horas de trabajo, lo que vos paga el tratante no cubre, tais palmando perres.
-Coño, otro que descubrió la pólvora. Claro que no da, pero qué podemos hacer.
Lo que hicieron fue garrar la puerta y largar en cuanto hubo trabajo en Alemania, en Francia y otros países, otros quedaron en Avilés. La historia de estos pueblos puede resumirse en unos cuantos siglos de subsistencia, olvidados de toda administración civil, militar o religiosa, excepto para recaudar impuestos, seguidos de décadas de abandono progresivo, liquidación y cierre que estamos disfrutando ahora.
Don Luis fue maestro en Bildeo muchos años. El día de su jubilación y clausura de la escuela por la concentración escolar se despidió tan discretamente que algunos vecinos no se enteraron hasta notar su ausencia en casa de Francisco el Taberneiro, donde mantenía largos debates con el cantinero y con un joven Ramonín, actualmente Ramón el Tumbao. Don Luis fue a vivir con una hermana suya en Oviedo.
Años después apareció de nuevo por Bildeo con la misma maleta de cuando la guerra, el mismo aire sereno y tímido, un poco triste. Fue a ver al Alcalde, para ver si podía alojarse en la vivienda de la cerrada escuela, ya que el edificio era propiedad del pueblo, había sido construido por los vecinos.
-Hombre, don Luis, la casa no está en condiciones, quédese en la mía una temporada, si quiere.
Educadamente, el maestro fue negando cualquier posibilidad que no fuese la de vivir en la escuela.
-Fue mi casa durante muchos años, estaré perfectamente.
No valieron razonamientos de que era fría, había goteras, cristales rotos, etcétera.
-Otros están en peores condiciones -decía a cada inconveniente planteado.
Al Alcalde, a solas, le argumentó que la alternativa era irse a un asilo. La gente echó en seguida la culpa a la hermana, aunque el maestro nunca soltó prenda. Arreglaron un poco la vivienda, dos habitaciones pequeñas, cocina y un baño minúsculo, y el pueblo recobró la figura del maestro, por lo menos, su sombra. Volvieron las tertulias con Francisco y con Ramón en la cantina, pero ahora don Luis bebía más. En sus tiempos de maestro a veces se pasaba un pelín, pero ahora era Francisco el que tenía que tasarle el vino, cosa que hacía con el mayor respeto.
En los años siguientes se empeñó en escribir la historia del pueblo. Iba de casa en casa, escuchaba los relatos de los mayores, dibujaba árboles genealógicos, retrataba a todos los vecinos, uno por uno, valiéndose de su vieja cámara fotográfica. Transcribió algunas de las romanzas de José Bruno, las coplas que cantaban mozos y mozas, los cuentos de Francisco Colasa?
Pepe Torazo era el que más estaba pendiente de don Luis, verificaba que cada mañana saliese humo de su chimenea, mantenía su leñera bien abastecida de astillas cortadas a medida y el depósito de agua siempre lleno; la traída llegó tarde para don Luis.
-Pepe, no te molestes tanto por mí -le reconvenía, agradecido.
-Yo le pago con la misma moneda. Usted me daba leña a mí antes y ahora se la doy yo a usted.
Un día el viejo maestro llevó un sobre con dinero a la cantina de Francisco y se lo entregó con el encargo de que era para pagar su entierro y que no lo pregonara.
-Quiero que me entierren aquí, en Bildeo. Pasados unos días, envías esta carta, que ya está sellada, es para mi hermana.
Una mañana Pepe Torazo no vio tirar la chimenea de la escuela. Terminó de vestirse, fue para allá, pegó un par de voces, mirando para la ventana de la habitación del maestro. Al no tener respuesta, entró y subió:
-¿Cómo está, don Luis?
-Esto se acaba, Pepín -respondió con poco aliento-. Mira, en ese cajón está todo lo que escribí, es la historia de Bildeo y unos carretes de fotos sin revelar. Dáselo a Ramón.
El médico llegó a tiempo de certificar su defunción por causas naturales. Camino del cementerio, tras la caja y el cura, Pilín el Turuta tocaba valses al acordeón, seguido por todos los vecinos, que miraban hacia atrás, asombrados: se habían incorporado a la procesión todos los animales de Bildeo que no estaban amarrados: algunas vacas, burros y caballos, cerdos, pitas, los perros y los gatos, todos juntos, sin reñir.
Seguiremos informando.