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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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J. C. G.
Pactos por la Educación, Educación por la Ciudadanía, LOE, LOGSE, Bolonia... La enseñanza española se pierde en un mar de tecnicismos, eufemismos y disquisiciones. En un mejunje que, a ojos del ciudadano de a pie, no son más que galimatías. Se pierde, con frecuencia, la perspectiva del asunto. Caen en el olvido los auténticos pilares de la educación, los que cincelan a diario un edificio que puede presentar mejor o peor factura, pero que permanece eternamente inacabado. La inspiración y transpiración de docentes y alumnos no caben en la nomenclatura estándar de la enseñanza española. Existe, no obstante, un género de trabajadores a destajo que nunca figuran en ningún plan de estudios, aunque sea esencial para el día a día de la educación. Personajes que hacen el trabajo sucio, que conocen al dedillo a cada alumno y que son confidentes de mil y una trastadas de los estudiantes. Los conserjes mantienen el equilibrio educativo.
Conchita Marqués se acogió a la jubilación ayer, justo el día en el que cumplía 66 años. Durante 35 años fue, junto a su esposo, Manolo López, ya fallecido, el alma del Colegio Palacio Valdés. El 9 de octubre de 1974 su marido alcanzó una plaza de bedel en el centro y Marqués, natural de Cudillero, lo acompañó. Comenzó a ejercer de limpiadora. En realidad, de multiusos. «Aquel año el Palacio Valdés pasaba de ser un instituto a un colegio y había que adecuar las aulas. Recuerdo que había unas tarimas enormes que había que quitar y luego adecentar una aula gigantesca de dibujo que había, todo para que al día siguiente estuviera lista para dar clase», rememora Conchita Marqués sus primeras labores en el colegio avilesino.
Aquel 9 de octubre de 1974, a Manolo López y a Conchita Marqués les cambió la vida de manera radical. Ambos dejaron su Cudillero natal para instalarse, no ya en Avilés, sino en las instalaciones del Palacio Valdés. La conserjería era su imperio. A través de una portezuela se accedía a la vivienda, ubicada sobre el aula de mayores dimensiones del centro.
Con la pareja se trasladaron sus hijos Inmaculada y José Manuel, que se convirtieron en dos de los 1.500 alumnos que llegó a albergar el Palacio Valdés en pleno «baby boom» avilesino. Conchita y Manolo optaron por respirar hondo y apelar a la paciencia para dominar a aquella auténtica «jauría». «Manolo era muy estricto, le gustaba la disciplina, aunque era un hombre muy bueno. Entre él y la directora traían a los críos al hilo, sobre todo a la hora de ponerse en la fila para entrar en clase», recuerda Conchita Marqués, que ejercía de contrapunto de su esposo. «Primero ejercí de madre y luego de abuela», señala, jocosa. Ella era la encargada de endulzar los recreos a los alumnos. Cada día, montaba un improvisado tenderete en pleno patio y vendía chucherías a módicos precios. También hacía de enfermera. «Más de una y de dos heridas habré curado yo. De aquella los críos eran más rebeldes que ahora. En los recreos había batallas campales», recuerda Conchita Marqués con una sonrisa en los labios.
Marqués y su marido vivieron la transición de la educación en plena «dictablanda» a la estrictamente democrática. «Cuando empezábamos, era otra educación. Los críos venían más enseñados de casa. Todo era más ordenado. Ahora los agobian con tantas asignaturas y tantos libros... Yo creo que antes los chavales salían más preparados del colegio: leer y escribir era algo esencial e indispensable para pasar de curso», señala la trabajadora del Palacio Valdés.
De su trayectoria laboral, Conchita Marqués se queda con los buenos momentos, «los más felices de mi vida», según señala. «En el Palacio Valdés siempre hubo un profesorado excelente y fuimos tratados como iguales. Recuerdo a Consuelo, que me traía flores todos los lunes, o a otro profesor que le regalaba a mi marido arroz con leche. Había otro gallego que hacía unas queimadas...», rememora Marqués.
Todo el espectro educativo del Palacio Valdés quiso rendir homenaje a una institución del centro. Una misa y una comida para celebrar toda una vida.
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