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Un rodeo

¿Qué crisis, qué ministro de Deportes?

n La recesión en España no tiene el aspecto populoso que debería

 
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¿Qué crisis, qué ministro de Deportes?
¿Qué crisis, qué ministro de Deportes?  

EUGENIO SUÁREZ No sé ustedes, pero yo ando bastante desconcertado ante la situación que vivimos cada día, cada veinticuatro horas, de semana en semana, desde hace más de un año. Todo el mundo habla de ella y hay que aceptar un criterio tan unánime. Pero no tiene el aspecto populoso que debería. No vemos por las calles bandadas de argentinos famélicos piando por su corralito; ni aquellas, en verdad, famélicas legiones que perecían de hambre entre las dos guerras europeas con una moneda que se devaluaba cada cinco minutos, ni se suicida la gente en racimos. Tiendas y supermercados parecen suficientemente abastecidos e incluso algunos productos de primera necesidad se han abaratado, con la inevitable protesta de los agricultores y pescadores, que se ven tan lejos aún del precio justo por su esfuerzo.

Vemos por la tele a los orondos funcionarios sindicales compartir mesa en la Moncloa, sin que parezcan concernidos por las noticias de que hay más de tres millones y medio de parados y de que el Gobierno ha resuelto continuar en la misma línea de no hacer nada por remediar la situación. En la calle, salvo algunas manifestaciones abortistas o antiabortistas, poca cosa se mueve. Ni siquiera las adolescentes se arremolinan por la píldora del día siguiente sobre la que poseen escasísima información. Algunas creen que hay que tomarla en ayunas y otras se desentienden, porque el debate no les ha llegado y porque son lo suficientemente caras para pensar que esa jornada, precisamente, necesitan los euros para otras cosas más apremiantes. Incluso una precursora pidió al boticario «la píldora del día de mañana».

El mundo del espectáculo anda cariacontecido, sin protagonismo, con subvenciones que no llegan a resolver la situación laboral de la mayoría de los miembros, sin el activo trajín de la pancarta. La nueva ministra, con un par, ha dispuesto que se remunere mejor a las guionistas y otras trabajadoras femeninas por el hecho de serlo. A la hora de leer la letra pequeña descubrieron la trampa: «Pero que trabajar. ¡Así cualquiera!».

La venta de coches, otro indicio, resulta que ha subido un 18 por ciento y no parecen haberse acortado los spots anunciando automóviles de las primeras marcas. Sólo tapándonos los oídos con cera y bien amarrados al palo mayor, podemos aguantar sin cambiar el modelo del coche. Los bancos siguen dando créditos, no a todo el mundo, no en grandes cantidades, quizá tampoco a las personas que más lo necesitan, pero en cualquier oficina seguimos viendo al empleado o empleada en animada charla con la persona o la pareja que se supone que está comentándola última moda en ropa, joyas o pieles.

Como dato reseñable, que a muchos llena de seguridad, el anuncio de que la economía sumergida ha vuelto, si es que alguna vez se fue. La gente sigue en las colas de Inem, pero sabe que de allí sólo se saca cansancio y ganas de comer. De vez en cuando dejan la vez y se van a esas factorías subterráneas donde surten, imagino que con imparcialidad, tanto a las grandes superficies acreditadas como al viejo intermediario del «top manta». En alguna covachuela hacendística se busca la manera de tundir a impuestos a esos escurridizos comerciantes, que recogen el «escaparate» y se lo echan al hombro cuando asoman, cansinos y poco incentivados los guardias municipales.

Creo que la economía sumergida fue rasgo de la inventiva italiana. Comenzaron por robar las enormes pirámides que se acumulaban en los muelles, donde acababan de desembarcar cientos de toneladas de mercancías de primer necesidad. Con una limpia técnica de zapadores cuidadosos, vaciaban la montaña, dejando su apariencia exterior, pero totalmente vacía. Al ir a quitar, irreflexivamente un lata de cualquier esquina, el caparazón se venía al suelo y rodaban las tres o cuatro docenas que amparaban la totalidad. Aquellos bienes, que la Administración militar hubiera tardado en clasificar, ordenar y distribuir, no enriquecían a nadie, pero daban de comer a cientos de italianos que lo llevaban allí donde hacía falta y posiblemente al fiado. En los tinglados portuarios ya no hay víveres ni ropa sino carbón polaco o de sabe dios dónde. A veces pienso que se lleva a la Cuenca, se echa a paletadas en las minas exhaustas y se vuelve a sacar. El círculo se perfeccionará el día que ese carbón sea reexportado a Polonia. Habrá quien gane mucho dinero en ese tráfico.

La política exterior nos muestra lo desequilibrado que va el mundo. Alemanes, franceses, ingleses, americanos, circulan a buena velocidad por la autopista del futuro. Pero lo hacen, todos, en sentido contrario. Nosotros hemos definido la buena dirección, donde, con los pies firmemente asentado ante el timón y las manos, supuestamente en los bolsillos, el capitán Rodríguez conduce impertérrito la nave a destinos ignotos.

Lo importante no es el paro, porque nadie se ha muerto de hambre, hasta la fecha. Ni el despilfarro faraónico de obran innecesarias, ministerios inútiles. Una Administración desmesurada y costosísima, unos sindicatos suntuosos, desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores cuando parecen estar en juego, como ahora. El Gobierno parece instalado en un noria de circo de la que no quisiera salir jamás. Hemos vivido unos días sueño infantil: los Juegos Olímpicos. En esas alturas cuentan tejemanejes cósmicos. En el juego administrativo del Comité Olímpico era muy probable que la balanza se inclinara por un continente que nunca los ha vivido. Y de toda Latinoamérica probablemente la de Lula es la única en condiciones de afrontar un evento donde sí que serán decisivos el encanto carioca y la alegría de sus habitantes.

Lo que no tuvieron en cuenta los gestores españoles -que han hecho una más que meritoria tarea- es que el ministro de Deportes del Reino de España es don José Luis Rodríguez Zapatero y contra eso sí que no se puede luchar. En tiempos se llamaba estar bajo la sombra del manzanillo.

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