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Las truchas del cura

n Los párrocos no se enteran de lo que el pueblo espera de sus representantes

 
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Las truchas del cura
Las truchas del cura  

JAVIER GANCEDO De nuestro corresponsal,

Falcatrúas.

Una mañana de hace sesenta años, en el pueblo de Silutién, no muy lejos de Bildeo, un pescador furtivo aleccionaba a su sobrino Pepín, de catorce años:

-Llevas de mi parte estas truchas a don Aníbal, el cura de Bildeo, que se muere por ellas y que seguramente te dará una buena propina; no sacudas la cesta, para que no lleguen machacadas.

El chaval emprendió el camino con la cesta, donde yacían cerca de veinte truchas sobre un lecho de berzas. Las casi dos horas de marcha fueron transformando el ligero peso inicial en veinte o treinta kilos de esfuerzo. Acogido en Bildeo por los ladridos escalonados de los perros, se dirigió a la casa rectoral, cansado y deseando recibir una bien ganada recompensa.

Aquella mañana, don Aníbal se sentía satisfecho de sí mismo: había hecho la carrera que se había propuesto, tenía en el banco una cuenta respetable para su vejez, manejaba bastante bien sus obligaciones, incluso hacía favores a los vecinos, tenía un ama en casa que miraba por él y cocinaba bastante bien; en fin, no le iba mal.

Se puso a comer en la mesa de la galería, en compañía de una jarra de vino fresco recién sacado del pellejo. Los ventanales, de par en par, daban vista a las antojanas de la casa, abundantes en flores. Ensartaba un cacho de «carne de chigre» con el tenedor cuando entró un chaval con una cesta.

-¡Que aproveche, señor cura! Soy Pepín, de Silutién, de Casa'l Moreno, y vengo a traerle unas truchas de parte de mi tío Manuel.

Masticando y sin levantarse, alargó la mano, observó el contenido de la cesta, dio su aprobación asintiendo y pasó el presente al ama, que estaba al quite. Una vez tragado el bocado, habló muy circunspecto, sin dejar de atender a las viandas:

-¡Bueno, hombre, bueno! ¡Vaya, hombre, vaya! ¿Con que te llamas Pepe? ¿Y vienes a traerme las truchas de parte de tu tío Manuel?

El rapaz iba diciendo «sí, señor» cuando lo escuchado le sonaba a pregunta. El párroco atacó una de las patatinas redondinas de la guarnición y metiola por la boca p'adentro, como se mete por el boqueirón del pajar una palada de hierba.

El guaje aguantaba a pie firme, bastante decepcionado, pensaba ser recibido con alegría, la propina asegurada, lo invitarían a comer manjares, los curas siempre comían pollo y cosas ricas, nada que ver con el cuecho y las papas que él comía a diario. Pero allí nadie se explicaba.

-¿Con que te llamas Pepe? ¿Y viniste a traerme esas truchas de parte de tu tío Manuel?

-Sí, señor.

-¡Bueno, hombre, bueno! ¡Vaya, hombre, vaya!

Acabáronse la carne y las patatinas, mientras Pepín guliaba (*); las dos horas de caminata y la espera le hacían temblar las canillas.

Apartado el plato vacío, pasó a lugar preferente el requesón con miel. El sacerdote empuñó la cucharilla. Pepín miraba como un perro viendo al amo comer, babeando, y su mirada iba entristeciéndose con oscuros presagios en cuanto a probar algo comestible, olvidando los manjares. Si por lo menos hubiese propina, habría merecido la pena. Recordó a su tío:

-Don Aníbal seguramente te invitará a merendar y no te dejará marchar sin darte un billete y devolverte la cesta con algo dentro.

El requesón fue pasando de la taza de bola a la boca del religioso, que lo saboreaba con fruición. Pepín basculaba el peso del cuerpo de una pierna a la otra. Ni siquiera le habían dicho que se sentara, o se marchara, algo. Unos nubarrones le fueron oscureciendo los pensamientos: allí no iba a haber merienda, ni propina, ni la madre que lo parió.

El cura empujó la taza vacía, se echó para atrás en la silla, satisfecho, ahogó un eructo y volvió a las andadas:

-¿Con que te llamas Pepe? ¿Y viniste a traerme las truchas de parte de tu tío Manuel?

El chaval ni respondió. El ama trajo el café, acercó la botella de orujo y retiró lo demás. El cura echó dos cucharadas colmadas de azúcar y removió lentamente, lamiendo la cucharilla al final. Luego, vertió un chorro de agua de fuego y viendo que la infusión alcoholizada desbordaba la taza, se inclinó y sorbió el exceso metiendo el morro y parte de la nariz en el café, costumbre transmitida entre curas, de padres a hijos. Ya con la taza en el aire, prosiguió:

-¿Así que te llamas Pepe...?

-¡¡Llámome cojones!!

El muchacho escupió aquellas dos palabras con toda la rabia contenida y escapó al galope. El párroco no entendió nada, siguiendo la costumbre de la Iglesia de la época, de no enterarse de lo que el pueblo esperaba de sus representantes en este mundo.

(*): Guliar, de gula, hacerse la boca agua.

Seguiremos informando.

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