JAIME LUIS MARTÍN
Si veinte años no es nada para volver junto al primer amor, como decía la canción, sí que representan una experiencia excepcional cuando hablamos de la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias. Su vigésimo cumpleaños supone celebrar y reconocer que nos hallamos ante un proyecto singular y con continuidad en el tiempo, aspecto básico para que funcionen este tipo de iniciativas culturales. Durante estas dos últimas décadas se ha logrado cartografiar el arte joven asturiano con la mirada abierta y, aunque en ocasiones, errante en las sombras, siempre buscando aquellos signos que dotaban de contenido y densidad la experiencia artística. El balance resulta, ciertamente, positivo, pues, más allá de la posición y gesto de cada artista, se ha conseguido trazar un discurso comunitario sobre la historia del arte joven asturiano.
Seis años antes de la primera edición de la Muestra (1990) Arthur C. Danto publicaba «La muerte del arte» (1984), donde señala como característica de esta nueva era la existencia de múltiples direcciones que conducían a una época poshistórica, un arte situado en los lindes, «sin ninguna forma de arte mandatada históricamente», que abre paso al todo vale. Liberados del peso de la historia, se presenta un panorama muy interesante y, si bien se encuentra sometido al furor mercantilista, a los discursos demagógicos que reclaman una vuelta a la tradición y a la proliferación de propuestas vacías de contenido, algunas respuestas elaboradas desde posturas críticas desbrozan el camino, asumiendo que no hay un estilo que dure mil años y que resulta impensable en la actualidad imponer un nuevo orden estético. Debemos aceptar que vivimos en el caos y que, desterrada la certeza del vocabulario artístico, conscientes de los agotamientos de neos y pos, sin un claro en el bosque que nos permita disfrutar de un momento de luz, todo parece a punto de derrumbarse. Sólo algunos conceptos relacionados con el consumo, el «marketing» y el mercado apuntalan las ruinas de una sociedad que rinde culto a lo efímero y a lo intranscendente.
Y la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias no hace más que reflejar este tiempo de rutinas y reciclajes, pero, también, apuesta por trayectos que puedan romper el aislamiento del arte contemporáneo, sacándolo del ensimismamiento en que se encuentra sumido y devolviéndole toda su potencialidad y sentido. Los artistas seleccionados participan de este empeño por evitar los lugares comunes y, sin llegar al filo de lo cortante, sus reflexiones nos permiten adentrarnos en la complejidad del momento actual. Moviéndose en esta dirección se encuentra Sara García, premio «Asturias Joven» de Artes Plásticas en la presente edición, que recorre las páginas de los libros de contabilidad trazando una caligrafía icónica, ácida y visceral. Su propuesta «Debe y haber» revuelve en lo textual, flirtea con lo conceptual y logra que sus microhistorias y dibujos se muevan entre la poética y una desgarradora frialdad en la expresión. También Manuel Griñón se desvía de los repertorios convencionales armonizando diferentes subculturas con una personal y lúcida mirada, contaminada de registros expresionistas y oníricos. Un trabajo centrado en el dibujo, próximo al mundo del cómic y muy vinculado al retrato.
El colectivo Rubenimichi -integrado por Luis José Suárez Álvarez, Miguel Ángel Cabrerizo Laiz y Rubén Bartolo García- ha venido desarrollando su trabajo a través de una variedad de registros que van desde la pintura a la cerámica, la fotografía o la ilustración. Maneja un lenguaje influido por la iconografía pop que se nutre de imágenes de la cultura de masas. Las escenas pictóricas de Lorena Álvarez se encuentran inmersas en una tupida red de relaciones, que dan como resultado composiciones abigarradas de intenso y llamativo colorido. Carlos López Traviesa recrea diversas narraciones en sus pinturas, historias extraídas de la prensa diaria que modifica, quedándose con aquellos elementos más esenciales y simbólicos. Las estampaciones litográficas de Carlos F. Pérez se centran en el viaje, acentuando los aspectos emotivos y los anhelos que acompañan cada recorrido. Su obra aspira a una delicadeza y sensibilidad asociada con el color y a unos trazos figurativos con pronunciados desvíos hacia la ilustración.
Rebeca Menéndez, que utiliza indistintamente la fotografía, la pintura y la serigrafía, reflexiona en su trabajo sobre la identidad y la individualidad, pero también explora los lugares domésticos, a los que adhiere un halo de misterio e irracionalidad. Los escenarios de sus fotografías son habitaciones abandonadas o apartamentos con paredes empapeladas, espacios que modifica y reconstruye, dotándolos de un simbolismo pictórico. Las instalaciones de Adrián Cuervo se encuentran relacionadas con el tiempo, la velocidad y una intensa levedad poética, con la pantalla como soporte de estas vivencias. En «La vitesse» («La velocidad») una imagen real manipulada digitalmente se transforma en formas abstractas y fluctuantes que fluyen por tres pantallas sincronizadas con un retardo de dos segundos, creando una falsa sensación de movimiento. La propuesta relaciona, de manera promiscua, pintura, escultura e imagen en movimiento, cuestionando y diluyendo los límites entre las diferentes disciplinas.
Así, la creación actual emergente le debe mucho a la forma de trabajar del DJ, quien, atento al momento que le ha tocado vivir, sensible a cuanto le rodea, remezcla y manipula los diferentes signos sin renunciar a la retórica, pero transgrediéndola al mismo tiempo; reconociendo la pérdida de originalidad, pero afirmando una personalidad basada en la recombinación; cuestionando lo establecido, pero haciendo suya la historia y hurtando los lenguajes para reescribir nuevos discursos.